Saint Vitus @ Copérnico, Madrid, 26.04.2019

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Después de casi diez años volví a toparme con Saint Vitus, que pasaron por Madrid presentando disco nuevo de ese doom metal primigenio imbuido de blues y rock que ellos mismos contribuyeron como nadie a definir, con permiso, claro está, de Black Sabbath. En aquella ocasión se trataba de la gira de reunión tras muchos años de inactividad, esta vez, el grupo traía nuevo material bajo el brazo, en su onda clásica pero sin resultar del todo repetitivo, probablemente el mejor piropo que pueda hacerse a la nueva publicación de una agrupación tan longeva. Desde aquel concierto que recuerdo en el Turock de Essen en los primeros meses de 2010, la formación ha cambiado ligeramente: ya no está su cantante característico, “Wino” Weinrich, y el bajista también ha sido sustituido, en su caso, debido a una enfermedad. En un grupo que prácticamente no ha tenido reemplazos a lo largo de su dilatada historia y tan sólo fichó a un nuevo batería cuando el primero estaba ya con un pie en la tumba, no sorprende demasiado que la vacante de bajista haya sido cubierta por otro músico no menos veterano, y la de la voz nada menos que por el cantante original, que pese a tener un estilo sensiblemente diferente se maneja bastante bien con el repertorio posterior.

El concierto fue tan animado como variado, con temas que supieron sonar alternativamente cañeros, profundos o desgarrados, demostrando un sempiterno vigor creativo que hizo parecer totalmente genéricos y casi caricaturescos a los teloneros, los stoners polacos Dopelord. Saint Vitus siempre ha sido una rara avis a todos los efectos, empezando por ser los primeros en reivindicar el sonido original de Black Sabbath cuando todo el mundo parecía haberlos olvidado, sin dejar de mencionar que sean un grupo independiente y casi atemporal surgido nada menos que de Los Ángeles, la capital por antonomasia del horterismo y las modas musicales en EE. UU., o que hayan seguido siempre fieles a sus principios sin que ello suponga una limitación, sino todo lo contrario, un camino coherente y productivo que seguir. Lo mejor del directo de esta formación, que cumple ya su cuarta década de existencia, es que sus músicos lo viven como si fuera la primera vez que suben a un escenario, a diferencia de lo apagados y ensimismados que suelen mostrarse otros grupos más recientes que gustan también de tocar “lento”. No soy gran fan del doom metal, al menos no como estilo rígido y encorsetado, pero sí de Saint Vitus, sobre todo tras haber comprobado una vez más que, después de tantos años, siguen sabiendo cómo deleitar al personal.

Escuchando: Grateful Dead – 1967 – The Grateful Dead

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