[Panfleto electoral] La repetición de elecciones y los límites de lo posible

Fuente: Diario El País, 04/11/2019

– Property monopolized or in the possession of the few is a curse to mankind.
– John Adams

Coincido con el diagnóstico de muchos de mis conciudadanos que opinan que unas segundas elecciones son algo que habría que haber evitado. Comparto también la impresión de que los partidos deberían haberse esforzado mucho más por encontrar un acuerdo, y que su reiterado fracaso a la hora de intentarlo ha sido lo que ha propiciado que la ciudadanía tenga que votar por cuarta vez en un espacio de tan sólo cuatro años. Sin embargo, no soy de la opinión de que todos ellos hayan tenido el mismo nivel de responsabilidad, como se suele escuchar. No quiero entrar a valorar quién ha tenido más culpa y quién menos, porque me parece un enfoque demasiado subjetivo y que a estas alturas ya no aporta mucho. En su lugar, me parece más interesante y significativo pararse a pensar en quién sale beneficiado de la repetición electoral. Según muchos de los sondeos, el bipartidismo, PSOE incluido, saldría reforzado de la cita con las urnas, mientras que otros partidos, entre los que figura Unidas Podemos, perderían votos irremediablemente. Este panorama es el que explica, a mi modo de ver, que el PSOE no haya hecho verdaderos esfuerzos para entenderse con Unidas Podemos desde las elecciones de abril, mientras que desde el campo morado las cesiones e intentos de acercamiento han sido más destacados. Pero lo que más me llama la atención de todo el asunto no es que las negociaciones en pos de un hipotético gobierno rojimorado hayan sido tensas y difíciles, cosa que era bastante predecible, sino el hecho de que en la recta final se haya dejado entrever, por parte del PSOE, que un acuerdo con Unidas Podemos era algo imposible por principio, un escenario que ni siquiera cabía plantearse seriamente porque no encajaba de ninguna manera dentro de sus planes.

Las desavenencias entre PSOE y Unidas Podemos a la hora de buscar un pacto han sido una constante desde las primeras elecciones en las que la formación morada obtuvo representación parlamentaria. Más allá de la presunción de ideología izquierdista que teóricamente une a ambos partidos, las diferencias en las concepciones económicas, políticas y sociales son muy marcadas. No obstante, a quien suscribe no deja de llamarle la atención que frente al notable cambio de tono entre el discurso arrogante y agresivo de Podemos a principios de 2016 y el estilo mucho más dialogante y pragmático de 2019, la postura del PSOE ha sido igualmente distante, manteniéndose por lo general contraria a cualquier tipo de acuerdo y sin dudar en hacer guiños ocasionales a PP y Cs para buscar su abstención. Debo puntualizar que no creo que esta conducta se deba tanto a algún tipo de odio o sed de venganza irreconciliable como a algo mucho más profundo y fundamental: la idea, compartida con el resto de partidos mayoritarios y con la élite económica, mediática y financiera, de que queda fuera de los límites de lo posible que Unidas Podemos entre algún día a formar parte del Gobierno de España. Esto tampoco se debe principalmente a ningún tipo de rivalidad partidista, diferencias personales o teorías de la conspiración, sino al simple hecho de que, pese a haber moderado en gran medida sus planteamientos desde su aparición en 2014, Unidas Podemos cuestiona aún muchos de los fundamentos económicos, sociales y organizativos del sistema neoliberal imperante, que la derecha española abraza sin matices y el PSOE acepta tácitamente desde hace al menos varios lustros. Esta posición más allá de los límites de lo posible explica que Podemos siga siendo una formación definida como radical y antisistema, mientras que un partido de extrema derecha como Vox ha sido integrado sin problemas dentro del panorama político desde el día siguiente a haber obtenido representación en el Congreso.

Pero los límites de lo posible no solamente existen en el terreno puramente político, sino que trascienden también a la sociedad y la mentalidad de las personas. Para muchos españoles, Podemos y Unidas Podemos siguen siendo gente que nunca podría gobernar el país, por una larguísima serie de razones que van desde su presunta naturaleza de comunistas, revolucionarios o individuos sin experiencia política ni gestora hasta el hecho de que lleven pelo largo o rastas, no usen corbata o no crean en Dios o en las tradiciones. Acostumbrados a una élite política de personas de aspecto cuidado, con estudios de Derecho y Administración de Empresas o carrera en el funcionariado, larga trayectoria de pertenencia a un partido y sólidos vínculos con el mundo de la empresa y las finanzas, a muchos parece resultarnos inverosímil que una panda de desarrapados con pintas pueda pretender dirigir un Estado moderno. Obviando las evidentes diferencias temporales e incluso estéticas, sin duda a la Izquierda Unida de Julio Anguita le ocurrió algo parecido cuando se enfrentó al PSOE de Felipe González por la hegemonía de la izquierda, esgrimiendo verdades tan incómodas y por aquel entonces aún desconocidas como eran las repercusiones negativas para España del Tratado de Maastricht. Se podría argumentar que la sociedad española es mayoritariamente conservadora en lo político y tiende a preferir lo malo conocido, pero en realidad eso es algo que podría aplicarse a casi todos los países. Cualquier nación tendría que verse en una situación verdaderamente nefasta como para optar por un cambio radical, como cuando en 2015 Grecia llevó al poder a un partido outsider como Syriza. En España, Podemos ha obtenido un gran porcentaje de votos en los sucesivos comicios, pero el bipartidismo sigue teniendo arraigo suficiente, entre otros motivos, porque todavía hay mucha gente que considera que un partido corrupto pero previsible como el PP o neoliberal en lo económico pero vagamente progresista en lo social como el PSOE son preferibles a las ideas, juzgadas utópicas o irrealizables, de redistribución de la riqueza, revitalización de lo público, reivindicación de los de abajo frente a la élite o protección de derechos, cuidados y libertades que defiende Unidas Podemos, situándose de esa forma al margen de las tendencias normativas en materia política y económica en la mayor parte del mundo y, por ello, fuera de los límites de lo posible para la mentalidad convencional.

Hablando con distintas personas e incluso a la hora de reflexionar antes de redactar estos panfletos políticos que tanto me gusta escribir, me he topado con multitud de argumentos que confirman esta teoría de la percepción mayoritaria. Cuando se intentan explicar los cambios sociales, económicos y administrativos que pretende poner en práctica Unidas Podemos, la respuesta habitual es señalar que es imposible implementarlos y/o que no hay dinero para ello, sin entrar a evaluar si se trata o no de propuestas positivas y beneficiosas para el bien común. Cuando se discuten los motivos por los que PSOE y Unidas Podemos no consiguen ponerse de acuerdo, en lugar de señalar diferencias programáticas, propuestas concretas o razones ideológicas, se invocan invariablemente las desavenencias personales entre los líderes, las distintas expectativas de cara a la configuración de un hipotético gobierno de coalición o la cuestión catalana. Este último punto, que desde el PSOE se asume como línea roja infranqueable, es un tema digno de estudio y muy revelador a la luz de lo que estamos analizando. Cuando se critica que la posición de Unidas Podemos es ambigua, poco clara o incluso proindependentista, se olvida que durante más de 30 años los nacionalismos periféricos crecieron al calor de sus reiterados pactos con el partido nacional de turno, y que en los últimos 10 años la rigidez e intransigencia a ambos lados del Ebro ha caldeado los ánimos y aumentado la tensión en las dos partes, azuzando al independentismo y dando alas a un españolismo exacerbado que ya ni siquiera siente la obligación de disimular. Teniendo esto último en cuenta, no parece tan descabellado pensar que unas posturas más abiertas y dialogantes, incluyendo la posible realización de un futuro referéndum pactado y con supervisión internacional, puedan hacer más por la unidad de España que perpetuar las mismas políticas de los últimos años, con los pobres resultados que estas han dado y siguen dando hasta la fecha. A pesar de ello, un viraje en el conflicto catalán es algo que para muchos está más allá de los límites de lo posible, aunque haya claras evidencias de que el enfoque que se ha seguido hasta ahora deja bastante que desear.

Por todo lo dicho, considero que la idea de los límites de lo posible funciona bastante bien para explicar tanto las dificultades de formar un gobierno en el que figure Unidas Podemos como las reticencias que alberga buena parte de la población, incluida la que se define como progresista o de izquierdas, a la hora de votar a una formación a la izquierda del PSOE. Cierto es que la ley electoral vigente o, mejor dicho, la configuración de las circunscripciones electorales no ayuda, pero Unidas Podemos ya demostró que hasta eso no es escollo suficiente para obtener un buen resultado electoral. El hecho de que en abril de 2019 el PSOE sacara más del doble de votos que Unidas Podemos apelando a un espíritu de izquierdas, que suele brillar en sus campañas electorales y desaparecer en cuanto se constituye el Congreso, es buena muestra de que, para mucha gente, no existe voto de izquierda que no sea al PSOE. Pese a todo lo expuesto anteriormente, me gustaría terminar este escrito con una nota de optimismo, porque si bien es verdad que las inercias y las ideas establecidas son difíciles de cambiar, sobre todo en un país resignado, envejecido y dócil con el poder como es el nuestro, no es menos cierto que las mentalidades evolucionan, las percepciones varían y la gente se moviliza en ocasiones, como ha ocurrido en distintas ocasiones desde el restablecimiento de la democracia. Con ello se modifican también los límites de lo posible, y cosas que ayer eran impensables para la mayoría acaban pasando a ser de sentido común. Igual que se aprobaron y aceptaron socialmente medidas como el matrimonio gay o la ley antitabaco, a las que muchos auguraban un fracaso seguro, la intención manifiesta de Unidas Podemos de enfrentarse a las eléctricas, los alquileres abusivos, los recortes, las privatizaciones, los desahucios o la desigualdad podría pasar con el tiempo del terreno de la entelequia y lo inviable o imposible a ser asumida como algo fundamental por una clara mayoría. Esa es la tarea que el partido/movimiento tiene enfrente, más allá de la dinámica electoral e incluso con preferencia sobre esta. La posibilidad de que lo consiga al menos en parte, más pronto o más tarde, dependerá de la firmeza y convicción con que se examinen y pongan en cuestión esos límites de lo posible que nos constriñen, como sociedad y como Estado, dentro de un sistema profundamente injusto y desigual que admitiría una multitud de reformas con las que algunos nos atrevemos a soñar.

Escuchando: Pandelis Thalassinos – 1999 – Ap tin tilo os tin Thraki

Selfie (Víctor García León, 2017)

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Un equipo de grabación sigue a un joven de buena familia para documentar su vida, por alguna razón que no llegamos a conocer. Debido a la repentina encarcelación por delitos de corrupción de su padre, ministro del Gobierno, su existencia se convierte de pronto en un descenso a los infiernos, a medida que se queda sin dinero y sin plaza en la universidad, se ve obligado a mudarse de La Moraleja a Lavapiés, a buscar trabajo y compartir piso como hacen los hijos de la clase trabajadora con la que él nunca ha tenido nada que ver, mientras su familia y supuestos amigos se desentienden por completo de él.

La historia se narra sin marcados dramatismos y con carcajadas que nunca son completas, en un conseguido tono neutral que logra que nos compadezcamos de las vicisitudes del protagonista sin dejar por ello de odiarlo por cómo es y cómo se comporta. No obstante, las personas del otro lado del espectro social con las que interactúa tampoco salen demasiado bien paradas, al ver expuestos sus defectos ante el mismo espejo omnisciente de la cámara, que hace las veces de reflejo nivelador de la convulsa situación político-social en torno a las Elecciones Generales de 2015, cuyas campañas previas también aparecen retratadas en la película.

El cuadro esbozado es el de una España ensimismada, ilusa y desnortada, sin importar la posición ideológica, que se ilustra con fina ironía, emotividad muy contenida y un lejano aunque palpable atisbo de esperanza, ingredientes en apariencia totalmente contrarios entre sí que sin embargo encajan en un equilibro tan delicado como magistral. Por si esto fuera poco, este falso documental se produjo con cuatro pesetas, pero está tan conseguido que parece real. Si hubiera que señalar una película que dé cuenta con imaginación y exactitud de la agitación política de la década de 2010 y sus contradicciones, bien podría ser esta.

Escuchando: Xantotol – 2004 – Liber Diabolus 1991-1996

Elecciones 2019

Aquí va otro panfleto preelectoral, a la atención de quienes todavía tengan dudas.

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Pasados ya cinco años desde el nacimiento del partido y a las puertas de unas nuevas elecciones, es buen momento para recapitular sobre la andadura reciente de Podemos. A diferencia de aquellas primeras citas electorales en las que todo era novedad e ilusión, a estas alturas existen no pocas sombras y dudas sobre la evolución del partido y sus últimas maniobras, y soy partidario de hacer un ejercicio de crítica tan sincera como sea posible. A nivel de simpatizante, he podido comprobar cómo las últimas primarias (hablo por la Comunidad de Madrid) han sido más un plebiscito que unas verdaderas elecciones, ya que tan sólo se presentó una lista, junto a un puñado de candidatos sueltos. No sé si es un caso que se repite en muchas más Autonomías, pero me parece un síntoma preocupante de la creciente falta de pluralidad en la formación. También el relativo fracaso hasta la fecha a la hora de reeditar las exitosas confluencias de 2015 y 2016 agita el viejo fantasma del peligro de fragmentación de la izquierda por cuestiones ideológicas de segundo rango o, peor aún, luchas de egos y pugnas por sillones. La postura de Podemos en la cuestión catalana, uno de los temas más relevantes de esta campaña electoral, también ha resultado claramente perjudicial para sus intenciones de voto. En este caso, no obstante, cabe señalar que dicha postura, a favor de la negociación y de un referéndum pactado, es la misma que el partido defiende desde sus orígenes, y si últimamente se ha visto relegada ha sido más por el envenenamiento del debate público que porque haya sido descartada por sus potenciales votantes. Algunos señalan también como error el no haber capitalizado el éxito de la moción de censura de Sánchez para ocupar varios ministerios y desempeñar verdaderas funciones de responsabilidad estatal, pero esa aparente debilidad se debe, a mis ojos, a la voluntad de no poner ninguna traba para que Sánchez pudiera ser presidente en lugar de Rajoy, y en ese gesto debe verse más generosidad que torpeza. Por último pero no menos importante, la gestión de un asunto tan nimio como el del chalé de Pablo Iglesias, al ser objeto de una desafortunada consulta a las bases, convirtió en cuestión de Estado lo que no debía haber salido del ámbito personal, regalándole a la prensa más motivos de difamación gratuita. Independientemente de que el fondo del asunto fuera una hipoteca por una cuantía que dista mucho de ser desmesurada, el impacto simbólico fue mayúsculo, porque supuso la transformación del joven idealista de Vallecas en un señor propietario de Galapagar, y no hay que olvidar que en política los símbolos, y no sólo los discursos, son fundamentales.

Todos los puntos enumerados y algunos más los tengo en cuenta al escribir estas líneas, pero lo cierto es que no soy ningún desencantado. Desconozco si los más acérrimos partidarios de Podemos hace unos años se cuentan ahora entre sus mayores detractores, pero en lo que a mí respecta ni he sido un incondicional en los primeros tiempos ni tampoco ahora echo pestes de lo que pudo ser y no ha sido. Cuando uno se mete en el fango de la política, enfrentándose a cuestiones prácticas, se ve obligado a aceptar compromisos e incurre en contradicciones de todo tipo. En el caso de Podemos, tal vez el escollo más importante al que se ha enfrentado durante la última legislatura haya sido la dificultad de conjugar su representación en el Congreso con su naturaleza originaria de movimiento extraparlamentario, aunque incluso en este aspecto el balance ha sido positivo. La coalición Unidos Podemos no solamente ha traído a la Cámara nuevos aires y discursos, además de perfiles más coloridos y distintos de lo habitual, sino que también ha llevado a cabo una intensa actividad parlamentaria, transmitida en el mejor de los casos con gran discreción por la mayor parte de los medios, y parcialmente frustrada por el propio funcionamiento del Congreso. Junto a numerosas iniciativas que no lograron prosperar, sus dos éxitos más señalados son sin duda la histórica subida del salario mínimo, cuyo cuantía final cabe atribuir más a Podemos que al PSOE, y los malogrados Presupuestos Generales pactados para 2019, los más sociales de toda la historia de la democracia en España, que habrían sido refrendados si no fuera porque ERC decidió que su afán independentista primaba sobre cualquier otra consideración estratégica o ideológica. Estos dos hitos son buena muestra de lo que ha podido conseguir una fuerza progresista tratando con un PSOE sin mayoría absoluta que no pudo permitirse, como en otras ocasiones no muy lejanas, olvidar lo prometido a las bases y los votantes durante la campaña electoral para dejarse guiar por la cúpula del partido, visiblemente más afín a las directrices de los consejos de administración.

Las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina son singulares porque han dejado al descubierto, por primera vez en mucho tiempo, dos opciones políticas claramente diferenciadas, una de tendencia progresista, más social y dialogante, y otra reaccionaria, de corte neoliberal y autoritario. Las tres derechas de Colón, además de compartir su uso de la bandera para tapar todos los problemas de desigualdad, el desmantelamiento del Estado de bienestar y los servicios públicos y el retroceso progresivo de derechos sociales y libertades individuales, coinciden en apuntar, con buenas palabras y apelando al optimismo, hacia un futuro que enfrente a los pobres con los muy pobres y favorezca únicamente a quienes ya obtienen los máximos beneficios del modelo social predominante. Pero lo más preocupante probablemente sea la aceptación pública del discurso de la más reciente y extrema de esas tres fuerzas, que no es muy distinto del que era hegemónico antes de la implantación del actual régimen democrático. El ideario franquista sobrevivió a la Transición y siempre ha estado ahí, escondido en los recovecos más discretos que le reservaba el Partido Popular, pero en el momento en que la escalada nacionalista se ha vuelto bilateral ha salido a la luz sin disfraces ni medias tintas, en una escalada vertiginosa que se ha convertido en una de las dinámicas más relevantes de la precampaña. A mi modo de ver, la táctica de centrarse en lo disparatado, extremista o intolerable de las propuestas y los exabruptos de Vox es un error, porque lleva a regalar a dicha formación un espacio mediático y una iniciativa que no merecen ni les corresponde. La mejor manera de combatir su aparente auge es contraponer su programa, atávico en lo social y ultraliberal en lo económico, con las medidas enunciadas en el programa electoral elaborado por Podemos, que no solamente incluye medidas sociales, fiscales y educativas de signo claramente progresista, junto a puntos fundamentales que nadie más recoge, como la devolución del rescate bancario, sino también interesantes propuestas económicas relativas a energías renovables, innovación y desarrollo a través de un impulso al sector público y los pequeños emprendedores, que resultarían muy beneficiosas en un país que cada vez se va polarizando más hacia un panorama con un puñado de grandes empresas con beneficios multimillonarios que pagan cada vez menos impuestos y una masa de trabajadores precarios cada vez más empobrecidos. La peor opción para los próximos cuatro años en España sería un gobierno de las tres derechas en coalición, como el que recientemente se hizo con la Junta de Andalucía, donde con el menor número de votos la extrema derecha parece dictar en muchos aspectos la política a seguir, ante la connivencia de las otras dos. La opción que los medios y las grandes empresas defienden como “sensata”, la suma de PSOE y Ciudadanos, tampoco sería deseable por la mencionada tendencia socialista a alejarse de sus posturas de izquierda en cuanto tienen el poder bien asido, por no hablar de los postulados profundamente neoliberales en lo económico y absolutamente difusos en lo social de la formación naranja. Si algo ha demostrado esta última y breve legislatura es que en la coyuntura actual es necesario un gobierno progresista que recupere los años perdidos en políticas de austeridad contraproducentes, ponga coto a los excesos más salvajes del capital y permita a la gente humilde ganarse la vida dignamente y prosperar para beneficio del bien común, y un gobierno así solamente se conseguirá si en él figura Unidas Podemos.

Las encuestas y los pronósticos pintan bastante negros de cara a la inminente cita electoral, ¿pero cuándo han sido realmente positivos? No tiene ningún misterio que Podemos, independiente desde un principio gracias a la autonomía que le otorga el hecho de financiarse a través de microcréditos y préstamos de pequeñas cantidades (sistema de cuya efectividad un servidor puede dar fe personalmente), y que sacó a la izquierda combativa del cómodo e inofensivo margen inferior al 10% en el que llevaba décadas recluida, haya sido y siga siendo blanco de todas las iras de las altas esferas mediáticas, políticas y económicas. Se remueve cielo y tierra para atacar a la formación morada y a sus aliados de todas las formas imaginables, mediante mentiras y manipulaciones de las que hemos tenido constancia a cuentagotas, principalmente a través de las revelaciones acerca del funcionamiento de las cloacas del Estado, de cuya gravedad no somos ni remotamente conscientes. Pero si nos olvidamos de toda esa ponzoña que se trata de verter sobre ellos y acudimos directamente a sus fuentes y propuestas, lo que queda es un partido-movimiento que trata de aplicar políticas de izquierda y progresistas en un contexto europeo y global que cada vez gira más hacia la derecha, en el que cada cita electoral de calado se ilustra mediante la falsa dicotomía entre la vieja socialdemocracia vendida al neoliberalismo y el austericidio pero aún “civilizada” y la nueva extrema derecha cuyo auge augura futuras guerras y desastres. Esta disyuntiva es falsa, ya que existe otro camino distinto que pasa por poner a las personas, los servicios públicos y los cuidados en el centro y orientar hacia ellos las políticas de los Estados. Esta perspectiva podría parecer utópica, pero a la luz de lo acontecido durante la última legislatura, está más al alcance que nunca. Ya no se trata de que Unidas Podemos se haga con la mayoría en el Congreso como en los primeros tiempos, ni tampoco de que logre el tan ansiado sorpasso al PSOE en las elecciones. Vistos los precedentes, basta con que tengan un margen suficiente dentro de un gobierno de coalición para poder ejercer una influencia progresista y marcar el rumbo de la política nacional. Que lleguen a poner en práctica tan sólo una pequeña parte de lo expuesto en su programa electoral ya sería una buena noticia para quienes tratamos de medrar careciendo de los apellidos adecuados o de determinados padrinos en las esferas más altas. En ese sentido, no hay mejor voto útil que el que se destine a Unidas Podemos, y conviene recordar que, como suele suceder, la abstención beneficiará únicamente a la derecha y a sus planes inmovilistas y reaccionarios. Con el fragmentado panorama actual, por primera vez en muchos años unos pocos miles de votos pueden decidir mucho, así que es hora de animarse, movilizarse y contribuir a que las cosas cambien para el bien de la mayoría, porque, a diferencia de numerosas citas electorales no muy lejanas, esta vez sí hay alternativa.

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Escuchando: Форум – 1984 – Белая ночь

El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018)

No es lo mismo leer a diario noticias de casos de corrupción con nombres, lugares y cantidades diversas e intercambiables que meterse dentro de uno de esos casos y experimentar directamente, a través de la dramatización, el proceso subyacente a esas realidades que aparentemente nos resultan tan familiares. Creemos que lo sabemos todo sobre los individuos que nos roban cuando deberían estar velando por lo público, pero en general es muy poco lo que conocemos sobre sus motivaciones y su forma de ver el mundo, más allá del manifiesto desprecio por quienes están situados más abajo en la escala de poder. El recientemente elegido Presidente de México, López Obrador, decía hace poco que la corrupción no es un fenómeno cultural, sino el resultado de un régimen político en decadencia. No es que los españoles sean ladrones en potencia, es que el sistema se ha configurado de tal forma que desde una posición de poder es posible mangonear sin que haya consecuencias y, de hecho, nadie dentro del sistema se plantea que la política pueda hacerse de otra forma, o al menos así era hasta que algunos hicieron de la dignidad y la transparencia una bandera distintiva.

Esta película, que cuenta con un elenco de actores todos ellos sobresalientes y un guion trepidante, tiene la virtud de no inventarse nada: todo lo que se ve en ella es real y ha sucedido en alguna de las numerosísimas tramas de las que hemos tenido conocimiento en los últimos años. Sin embargo, cuando se ordenan las piezas y se cuenta la historia desde dentro, esta adquiere una nueva dimensión al ofrecer un retrato vivo y preciso de cómo pueden pensar y funcionar determinados individuos, más allá de los actos que conocemos vagamente a través de fuentes de información siempre incompletas. No sé cómo una película de estas características ha podido salir adelante en un país en el que se secuestran libros por mencionar casos probados de ilegalidades, donde quienes denuncian casos de corrupción sufren una indefensión absoluta y un partido con 1.000 imputados en sus filas sigue siendo la fuerza más votada, pero en mi opinión es algo que demuestra que, de unos años para acá, algo ha cambiado, y España ha pasado de reírle las gracias a los corruptos como en la época de Jesús Gil a intentar no solamente poner coto a sus prácticas ilícitas sino también entender cómo y por qué se producen, para poder limitar su aparición. Por su claridad, concisión y credibilidad, me parece que esta es una obra esencial para cualquier persona que quiera entender el fenómeno de la corrupción sin perderse en el laberinto de noticias, casos y sentencias con el que estamos acostumbrados a convivir, aunque por fortuna cada vez nos resulte menos tolerable.

Escuchando: The KLF – 1991 – The White Room (UK Ed.)