Tiempo después (José Luis Cuerda, 2018)

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Había oído críticas bastante desfavorables de esta película, pero aun así me animé a verla, convencido de que algo positivo se podría sacar. Ahora puedo decir que muchos de aquellos comentarios probablemente provenían de personas que, o bien no habían visto las obras de la trilogía clásica de Cuerda, o sí las vieron pero nunca llegaron a entenderlas y/o apreciarlas. El inicio del filme presenta un mundo futurista que bien podría confundirse con el universo de Amanece que no es poco o Así en el cielo como en la tierra, si no fuera porque, aunque las formas y la narración sean similares, el tono es marcadamente distinto. Mientras aquellas películas eran de un costumbrismo alegre y surrealista, esta tiende a una visión pesimista más cercana a la crudeza del esperpento que a los experimentos derivados del movimiento dadá. Tiempo después también es una historia política, no sólo en su enfoque descarnado de una rígida sociedad de estamentos, sino también en su voluntad de contar lo que no es otra cosa que una fábula social de tintes desenfadados pero final amargo.

Al elenco clásico se suman caras nuevas que en nada desmerecen a las conocidas, y abundan los diálogos de un glorioso absurdo, de amplia carga cultural específicamente ibérica y a la altura de las mejores expectativas, con una tendencia quizá excesivamente marcada hacia el chiste verde que tal vez quepa atribuir a la venerable edad del director. No obstante, esto último no empaña la importancia y gravedad del mensaje que Cuerda reviste de risas y deformaciones para que pueda calar más hondo, y que también puede encontrarse en sus títulos más serios, como La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos: la dignidad del oprimido subsiste, a pesar de que este sea irremediablemente derrotado una y otra vez por el poderoso. En este último punto, antes que en los chistes logrados o las delirantes puestas en escena, que justifican por sí solas el visionado, es donde radica la magia y la fuerza de esta película, a través de la cual el cineasta expresa de una forma tan sencilla como impactante sus sombrías reflexiones sobre las derivas negativas de la humanidad, articuladas también de manera más concreta en distintas entrevistas recientes (como por ejemplo esta). Con ello, da una vuelta de tuerca al concepto del “surruralismo”, que se ve enriquecido y complementado y vuelve a cobrar vigencia, mucho tiempo después.

Escuchando: Fela Kuti – 1972 – Shakara – London Scene

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El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018)

No es lo mismo leer a diario noticias de casos de corrupción con nombres, lugares y cantidades diversas e intercambiables que meterse dentro de uno de esos casos y experimentar directamente, a través de la dramatización, el proceso subyacente a esas realidades que aparentemente nos resultan tan familiares. Creemos que lo sabemos todo sobre los individuos que nos roban cuando deberían estar velando por lo público, pero en general es muy poco lo que conocemos sobre sus motivaciones y su forma de ver el mundo, más allá del manifiesto desprecio por quienes están situados más abajo en la escala de poder. El recientemente elegido Presidente de México, López Obrador, decía hace poco que la corrupción no es un fenómeno cultural, sino el resultado de un régimen político en decadencia. No es que los españoles sean ladrones en potencia, es que el sistema se ha configurado de tal forma que desde una posición de poder es posible mangonear sin que haya consecuencias y, de hecho, nadie dentro del sistema se plantea que la política pueda hacerse de otra forma, o al menos así era hasta que algunos hicieron de la dignidad y la transparencia una bandera distintiva.

Esta película, que cuenta con un elenco de actores todos ellos sobresalientes y un guion trepidante, tiene la virtud de no inventarse nada: todo lo que se ve en ella es real y ha sucedido en alguna de las numerosísimas tramas de las que hemos tenido conocimiento en los últimos años. Sin embargo, cuando se ordenan las piezas y se cuenta la historia desde dentro, esta adquiere una nueva dimensión al ofrecer un retrato vivo y preciso de cómo pueden pensar y funcionar determinados individuos, más allá de los actos que conocemos vagamente a través de fuentes de información siempre incompletas. No sé cómo una película de estas características ha podido salir adelante en un país en el que se secuestran libros por mencionar casos probados de ilegalidades, donde quienes denuncian casos de corrupción sufren una indefensión absoluta y un partido con 1.000 imputados en sus filas sigue siendo la fuerza más votada, pero en mi opinión es algo que demuestra que, de unos años para acá, algo ha cambiado, y España ha pasado de reírle las gracias a los corruptos como en la época de Jesús Gil a intentar no solamente poner coto a sus prácticas ilícitas sino también entender cómo y por qué se producen, para poder limitar su aparición. Por su claridad, concisión y credibilidad, me parece que esta es una obra esencial para cualquier persona que quiera entender el fenómeno de la corrupción sin perderse en el laberinto de noticias, casos y sentencias con el que estamos acostumbrados a convivir, aunque por fortuna cada vez nos resulte menos tolerable.

Escuchando: The KLF – 1991 – The White Room (UK Ed.)

El mundo es nuestro (2012)

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He quedado absolutamente fascinado con este pedazo de película capaz de sintetizar todas las claves que explican el desarrollo económico desmesurado y desigual de la España más reciente, así como las características de la posterior e inevitable crisis, de una forma fluida, concisa, lúcida y, lo más importante, extremadamente divertida. Retazos de Álex de la Iglesia y Fernando León de Aranoa se funden en una historia trepidante, sorprendente y reivindicativa que rebosa de contenido y reflexiones en sus escasos ochenta minutos de duración. Superando de largo los límites de la comedia generalmente inocua y trivial, este es el equivalente ibérico de un drama como “Yo, Daniel Blake” pero en versión graciosa, dinámica y, sobre todo, profundamente española, andaluza y sevillana en su costumbrismo cañí. En los vídeos de Los Compadres ya se intuía que lo que este dúo se traía entre manos era mucho más que mera guasa, pero aquí se confirma que realmente tiene mucho que decir, explícito e implícito, humorístico y no tanto.

Escuchando: Lucas 15 – 2008 – Lucas 15

 

Perceval le Gallois (Éric Rohmer, 1978)

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Abordé esta película no sin cierto temor, por eso de que un título secundario de uno de los titanes de la Nouvelle Vague tenía todas las papeletas de acabar siendo un tostón infumable. Pero nada más lejos de la realidad, mis prejuicios eran totalmente infundados, ya que este filme recrea una de las historias de las leyendas artúricas siguiendo al pie de la letra los textos de Chrétien de Troyes (convenientemente adaptados para resultar inteligibles), con una escenografía teatral de interiores que incluso en retrospectiva produce un adecuado efecto atemporal y una omnipresencia del canto y la música medievales que enriquece enormemente la atmósfera arcaizante. El final (o finales) inusual y el estilo fresco y ligero muy similar al teatro grabado terminan de redondear una película tan sui generis como atractiva que supone todo un descubrimiento. Ahora que ya le he perdido el miedo, estoy listo para ponerme con Pauline à la plage, aunque no tengo muy claro que no vaya a arrepentirme.

Escuchando: Necros Christos – 2018 – Domedon Doxomedon