Septicflesh + Krisiun @ Caracol, Madrid, 14.03.2019

Como suele ser habitual, diversas circunstancias hicieron que nos perdiéramos a los dos primeros teloneros, llegando en mitad del concierto de Krisiun, por fortuna con tiempo suficiente para hacernos una idea de cómo es el grupo en directo. Los brasileños practican un death metal tan básico y primitivo que suena más a Slayer que a cualquiera de los clásicos del género, pero resulta lo suficientemente potente como para garantizar un concierto enérgico. Los miembros estuvieron simpáticos y habladores, chapurreando un portuñol bastante fluido que ayudó a conectar con el público. Al igual que me ocurre con su música de estudio (hablo por Black Force Domain), su directo no me pareció demasiado sobresaliente, pero sí una digna introducción al cabeza de cartel.

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Krisiun

Hasta la fecha, parecía que teníamos gafe con Septicflesh. Cuando intentamos verlos en su gira con Amon Amarth en Oporto (¿2011?), justo acababan de tocar cuando entrábamos en la sala, y tuvimos que sufrir en exclusiva a los suecos, ya por aquel entonces musicalmente insulsos. Al tratar de pillarlos en su actuación en el Brutal Assault de 2016, la distancia de un escenario a otro hizo que sólo viéramos la mitad del espectáculo, veinte minutos escasos bajo un sol vespertino de agosto que no les hicieron justicia. Por suerte esta vez no se torció nada y pudimos ver el concierto entero, en versión extendida y con la oscuridad y atmósfera apropiadas. Ni siquiera la gran cantidad de partes pregrabadas (todo el componente orquestal y hasta algunas voces limpias) mermó el impacto de una puesta en escena potente y llamativa que hizo honor al sonido sombrío y majestuoso del grupo. Pese a las chaquetas futuristas que les hacen parecer una especie de “Iron Manes” del metal, su presencia escénica es indudable, y un sonido aplastante pero no atronador terminó de redondear un fantástico espectáculo. La proverbial simpatía de los griegos contribuyó también no poco a la recepción favorable por parte del público. Se echó de menos algo de material antiguo, que brilló por su ausencia, pero por suerte el más nuevo no decepciona del todo, y la presentación en directo menos aún.

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Septicflesh

Los días anteriores al concierto estuve repasando la discografía más reciente de Septicflesh, que es la que tengo menos estudiada, y me llamó la atención comprobar cómo su último álbum (Codex Omega) es mejor que algún otro más antiguo (The Great Mass) e incluso que el último antes de su disolución temporal (Sumerian Daemons), aunque sin estar a la altura de su producción inicial en los noventa, que es la más imaginativa y lograda. Sin embargo, no estamos ante la clásica formación que se va degradando con el tiempo hasta derivar en una versión más simple y accesible de sí misma. Los elementos sinfónicos y heterogéneos estaban ahí desde un principio, aunque su empleo fuera distinto y menos predominante. Su música actual es más convencional y encasillable, menos interesante en términos generales, pero sigue presentando una fusión similar de los géneros metálico y clásico en pie de igualdad, con marcados elementos de rock, conseguida por gente que sabe cómo introducir partes orquestales con criterio, a diferencia de la gran mayoría de grupos de metal que lo han intentado en algún momento. Los Septicflesh de hoy no pueden catalogarse bajo la etiqueta death metal o incluso metal a secas, pero tampoco los de ayer encajaban del todo en dichas categorías, lo cual, a fin de cuentas, no tiene por qué ser algo negativo per se. Lo que sí queda claro es que, a día de hoy, su directo merece mucho la pena.

Escuchando: Mamá Ladilla – 2018 – Quién Pudriera

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Mazower, Mark – The Balkans (2000)

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Mazower, Mark – The Balkans, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000

La historiografía inglesa tiene fama de saber combinar erudición y amenidad en obras centradas y fáciles de abordar que consiguen deleitar a públicos muy amplios, y este libro no es ninguna excepción. Tras haber leído otro más o menos parecido en versión traducida hace unos años, esta vez me he atrevido con el original en inglés, y salvo algunos términos muy concretos y palabras antiguas o exóticas, que probablemente hubieran resultado igual de impenetrables en mi propio idioma, no he tenido demasiados problemas para seguir el texto. La historia de por qué acabé leyendo este y no otro merece ser contada. Lo encontré en una librería del centro de Atenas durante mi reciente viaje a Grecia, mientras buscaba algún tomo que tratara la historia moderna y contemporánea de Grecia que, hasta hace poco, era prácticamente desconocida para mí. En la sección de libros históricos no tenían nada tan específico, así que opté por un enfoque más amplio, los Balcanes, pero centrado en la misma época. No puedo sino regocijarme por mi elección, ya que no solamente he aprendido mucho sobre la Grecia de los últimos siglos, sino también acerca de la historia reciente de los países que la rodean, con los que está estrechamente relacionada en un todo unitario que conviene analizar en su conjunto.

A diferencia de lo habitual en este tipo de obras, el libro no presenta una organización cronológica, al menos no en sentido estricto, ya que los capítulos se centran formalmente en aspectos temáticos, aunque pasado el primero, que aborda la geografía de la región, los temas siguientes sí se adscriben a las sucesivas etapas históricas, tratando primero la organización social bajo el Imperio Otomano, seguida de la disgregación del mismo y el posterior auge de los estados-nación. Una extensa introducción que ahonda en los orígenes de conceptos y topónimos y una conclusión que explora la idea de violencia en sus acepciones más modernas rematan una obra de capítulos largos y densos que articulan amplias reflexiones más allá de los límites temporales y geográficos para facilitar una exposición completa y global. La mayoría de párrafos elude de forma velada a las distintas referencias, que pueden encontrarse en el apartado final dedicado a las notas y de esa manera no obstaculizan la fluidez de la lectura. La prosa es solemne pero ligera, y en ella hay sitio para cierto grado de exotismo, que es más fascinación consciente que construcción mental, así como para una pequeña dosis de ironía muy inglesa que consigue que el lector se divierta mientras aprende, paradigma de la ilustración bien entendida.

Además de facilitar el conocimiento de esta zona del mundo, familiar y desconocida a un tiempo, y explicar con claridad los vaivenes de su convulso pasado, el propósito de este libro es reflexionar acerca de los clichés que suelen atribuirse a los Balcanes, y medir hasta qué punto está justificada su fama de región violenta, fanática, atrasada y anclada en el pasado (spoiler: más bien poco). Analizar el porqué de nuestra visión occidental predominantemente negativa de esta parte del mundo nos dice tanto sobre nosotros mismos como sobre la realidad de los pueblos y colectivos que viven en ella, máxime cuando el lector proviene de otro país del sur de Europa que comparte buena parte de los estereotipos mencionados. El autor logra exponer de forma clara y sintética la complejidad de factores que hacen que los países balcánicos sean como son actualmente, mostrándolos como resultado de su larga y agitada historia antes que de supuestos rasgos étnicos o culturales determinantes. Si a esto le añadimos que el volumen no pasa de un centenar y medio de páginas, quedará patente que estamos ante un esfuerzo sucinto y preciso, pero no por ello menos informativo y evocador, por narrar la historia de una región que es tan interesante como importante conocer más a fondo.

Escuchando: Death SS – 1991 – Heavy Demons

Viaje a Grecia (23 de octubre a 1 de noviembre de 2018)

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Viajar a Grecia no solamente es descubrir los famosos enclaves de la Antigüedad que uno conoce a través de los libros de Historia, también es sumergirse en una cultura mediterránea tan calurosa y acogedora como la nuestra y, cosa no menos importante, acercarse a una gastronomía que comparte muchos de sus ingredientes con la ibérica, pero preparados de formas distintas y originales. Pese a la gran expectación previa, procuramos ir sin ninguna idea preconcebida y dejarnos sorprender por lo que encontraríamos sobre el terreno.

Lo que más nos agradó probablemente fue la simpatía de la gente, que no por estar acostumbrada a ver turistas recorriendo sus playas y ciudades deja de ser extremadamente amable y servicial. Como en muchas otras zonas del planeta, los españoles caemos muy bien, tal vez por solidaridad sureuropea, por la empatía que genera la relevancia de nuestro fútbol y demás clichés nacionales o incluso porque somos de los pocos países europeos que llevan un par de siglos sin invadir a sus vecinos, vaya usted a saber. El caso es que nos sentimos muy acogidos, y eso hizo que nuestro deambular por tierras helénicas fuera aún más agradable si cabe.

En esta primera aproximación, exploramos las dos ciudades principales, Atenas y Tesalónica, y pudimos hacer una excursión de un día al yacimiento de Delfos, a casi doscientos kilómetros de la capital. Lo que viene a continuación es un resumen de mis impresiones en cada uno de esos lugares.

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Atenas (Αθήνα)

La mayor ciudad de Grecia es una capital atípica, ya que a principios del siglo XIX era un municipio provinciano de menos de 50.000 residentes y hoy en día engloba a la tercera parte de los casi 11 millones de habitantes del país. Las ruinas de la época clásica son lo más vistoso y sin duda el reclamo principal, junto con los impresionantes museos que albergan valiosas piezas, conocidas por cualquier aficionado al arte y la historia. Uno no puede evitar quedar sobrecogido al contemplar en persona lugares tan señalados, cargados del peso majestuoso de los siglos. No obstante, para quien suscribe, la visita a la urbe quedaría incompleta si no incluyera largos paseos por los barrios más modernos y populares, donde circulan, trabajan y se divierten los nativos, esas zonas en las que es posible hacerse una vaga idea de cómo es vivir allí, plagadas todas ellas por centenares de gatos y con la omnipresencia invariable de los popes ortodoxos.

Sin esa contraposición entre lo típico y lo trivial no hay posibilidad de atisbar, lejanamente al menos, la verdadera realidad de un país. Además de subir a la Acrópolis, a la colina de Likavetto y de recorrer a fondo las salas del Museo Arqueológico, la plaza Sintagma o las calles pintorescas del barrio de Plaka, nos gustó tanto o más explorar el barrio anarquista de Exarjía, la zona de fiesta juvenil de Gazí o las variopintas callejuelas de Keramikós. Muchos de estos últimos lugares no son realmente bonitos ni turísticos, pero presentan un indudable interés para quien quiera ver también cómo es el país real, más allá de los monumentos. Gracias a la gran cantidad de recomendaciones que llevábamos apuntadas, cada día pudimos descubrir varios sitios fabulosos para comer o tomar algo, lo cual además de ofrecer un merecido descanso contribuyó a hacer más disfrutable la experiencia.

Naturalmente, nos quedaron muchas cosas por visitar o volver a examinar en detalle, aunque somos de la opinión de que cuanto más se deje uno por ver, más motivos tendrá para regresar, y eso es siempre algo positivo. Nos marchamos de allí con pena, porque a pesar de los problemas que atraviesa el país desde hace varios años, y cuyas secuelas resultan visibles hasta para el viajero de paso, la vida en Atenas, y en Grecia en general, es tranquila y amena, y ni tan siquiera las peores perspectivas de presente y futuro son capaces de amedrentar a un pueblo que sabe disfrutar del buen tiempo y los placeres de la vida cotidiana.

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Delfos (Δελφοί)

Nuestra única excursión fuera de los grandes núcleos de población fue al antiguo santuario de Apolo en Delfos, situado a casi tres horas de autobús de la capital del país. Al llegar allí, el paisaje sorprende y asombra por sí solo: un escarpado valle que desciende lentamente, en un despliegue de verdor, hasta el horizonte plateado de la costa, bajo el sol fastuoso del suave otoño mediterráneo. No es de extrañar que fuera en una de las laderas más elevadas, con vistas al mar, donde se erigió el lugar sagrado más importante de la Hélade, el “ombligo del mundo”. De aquello tan sólo quedan ruinas, bien cuidadas, eso sí, y como es práctica habitual, parcialmente reconstruidas para dar una idea de su antiguo esplendor, aunque la información y las piezas atesoradas en el museo de interpretación contiguo permiten imaginar con profusión de detalles la opulencia de aquel sitio durante la Antigüedad. Nuestra visita fue breve pero intensa, y nos llevamos un recuerdo mágico impregnado de sensaciones de atemporalidad.

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Tesalónica (Θεσσαλονίκη)

La segunda ciudad de Grecia en población e importancia no tiene grandes monumentos que destaquen por encima de un urbanismo gravemente maltratado durante su historia más reciente, sino que sus encantos deben buscarse en sus antiquísimas iglesias de tamaño generalmente muy modesto, ocultas y cercadas por edificios de viviendas de construcción más reciente y por el bullicio de la vida diaria. Enclave portuario desde la Antigüedad, el contraste no podría ser mayor entre el concurrido paseo marítimo de la ciudad baja, lleno de bares y animación, y los serenos barrios tradicionales de las zonas más viejas, en torno a la antigua fortaleza que desde una colina situada al norte domina el resto de la urbe. El ambiente es mucho más relajado que en la capital, y sus habitantes parecen acostumbrados a un modo de vida donde el estrés y el mal humor tienen menos cabida, lo que por allí se denomina jalará.

La antigua Salónica turca, que todavía conserva algunas mezquitas como muestra de su pasado musulmán, es a día de hoy una ciudad de estudiantes, cuya presencia dinamiza lo que sin ellos quizá sería una población grande pero provinciana. Existe también cierta conciencia de su estatus como capital del norte, dentro de la región que antaño fue la poderosa Macedonia, conquistadora de imperios, y actual vía de acceso a los países balcánicos del norte, con los que Grecia siempre ha tenido una estrecha vinculación histórica. Asimismo es patente el vínculo cultural con Oriente, más intenso que en el resto de Grecia debido al hecho de haber permanecido más tiempo bajo dominio otomano, y que se manifiesta, entre otras cosas, en la presencia de platos turcos entre las especialidades locales, como el fabuloso hünkâr beğendi. Ciudad de contrastes, por tanto, y también ciudad gastronómica y oasis de (relativa) tranquilidad, aunque todo esto bien podría aplicarse a casi cualquier punto de la geografía griega, que volveremos a explorar con gusto en cuanto tengamos ocasión.

Escuchando: Cosmic Atrophy – 2018 – The Void Engineers

Jenofonte – Anábasis

Jenofonte – Anábasis (Anabasis, By Xenophon), traducción de Henry Graham Dakyns (1838-1911), gutenberg.org

Esta es la primera reseña literaria de mi autoría que no viene acompañada por la foto de portada. La razón es muy simple, se trata del primer libro que he leído entero en un soporte digital, el Kindle que me compré hace ya tiempo. Normalmente me gusta adquirir los libros en papel, especialmente si son nuevos y su precio con respecto al ebook no varía demasiado, como suele ser el caso (algo totalmente incomprensible, dicho sea de paso), por lo que utilizo el dispositivo electrónico exclusivamente para hojear las obras libres de derechos que he descargado de las fantásticas páginas que se dedican a almacenar este tipo de documentos, con Project Gutenberg a la cabeza. Esto es totalmente legal, porque los derechos han prescrito, y supone una alternativa más que satisfactoria a las ediciones de clásicos que pueden encontrarse en librerías generalistas y, al menos hasta no hace mucho tiempo, consistían en traducciones que dejaban mucho que desear.

Gracias a un sitio web como Project Gutenberg he podido encontrar una versión de la Anábasis traducida por Henry Graham Dakyns (1838-1911), un profesor de Cambridge conocido precisamente por haber traducido las obras de Jenofonte. Que un libro esté exento de derechos significa que han pasado más de setenta años desde la muerte de su autor (o traductor, en este caso), lo que implica que la obra suele ser bastante antigua. Esta traducción en concreto está plasmada en un inglés decimonónico tan complejo como fascinante, trufado de vocabulario y expresiones francesas ya en desuso, y con una calidad literaria manifiesta que hace de la lectura un deleite a pesar de la dificultad. He tardado bastante tiempo en terminar de leerla, no tanto por lo ambicioso de la empresa como para poder disfrutarla con tranquilidad, y se la recomienda a cualquiera con un buen dominio del inglés que desee conocer esta historia en una versión hermosa y arcaizante.

La Anábasis, también conocida como “Expedición de los Diez Mil”, es el relato de las vicisitudes de algo más de diez mil mercenarios griegos que acompañaron al pretendiente al trono Ciro el Joven en su viaje para derrocar a su hermano Artajerjes II, rey de Persia, en el año 401 antes de nuestra era. La aventura no sale según lo esperado, y los soldados deben abrirse camino por territorio hostil, manteniéndose unidos, para intentar conservar la vida y regresar a su tierra de origen. La palabra griega “anábasis” significa “subida o marcha desde la costa hacia el interior”, en uno de esos excelentes ejemplos de la complejidad semántica que caracterizaba al griego clásico que, como es natural, ha tendido a simplificarse con el paso de los siglos. El autor es el ateniense Jenofonte, uno de los oficiales de la tropa, que resulta elegido, junto a otro general espartano, para tomar el mando de los diez mil después de que los líderes originales fueran ejecutados a traición por los persas con el objetivo de descabezar al ejército. Tras mucho penar y combates sin fin, los helenos consiguen llegar hasta la costa del Mar Negro, territorio colonizado por griegos, desde donde son transportados hasta la parte europea de la actual Turquía (Tracia, en aquella época). Una vez allí, en lugar de regresar a sus lugares de origen, los mercenarios se vuelven a enrolar, esta vez bajo el mando de los espartanos, que tras haberse alzado con el triunfo en la Guerra del Peloponeso pocos años antes eran los amos indiscutibles del mundo helénico. Jenofonte no los acompaña, ya que abandona su cargo y regresa a la Hélade, concluyendo aquí la narración.

El estilo del libro es sencillo y ameno, caracterizado por el uso de la tercera persona, no tanto por falsa modestia como por un afán de distanciarse de lo contado en un intento por mantener cierta objetividad. Históricamente tiene gran valor, ya que constituye uno de los pocos testimonios de la geografía y los pueblos que habitaban en las antiguas regiones hoy en día ubicadas en Irak, Siria, Armenia y Turquía antes de que aquella zona quedara bajo la influencia del mundo helénico con la llegada de Alejandro Magno. Algunos pasajes son marcadamente dramáticos o emotivos, pero también hay sitio para el humor, incluido algún que otro chiste que resulta extrañamente cercano (como cuando, al organizar una partida para realizar saqueos en territorio enemigo, Jenofonte le dice al otro jefe, espartano, que el líder debería ser lacedemonio, ya que en su educación los jóvenes de Esparta pasan temporadas viviendo en el bosque y alimentándose únicamente de lo que consiguen robar sin que los descubran, a lo que el otro contesta que también podría ser ateniense, porque en Atenas se tiene la costumbre de elegir como líderes a ladrones y corruptos). En conjunto cabe hablar de una lectura apasionante y nada pesada, que pese a la distancia temporal genera empatía y proximidad, tal vez por estar visiblemente imbuida de ese deseo de conocer e indagar personalmente en el verdadero origen de las cosas que ha caracterizado desde tiempos antiguos a lo mejor del pensamiento occidental. Si el lector no se atreve con la versión de Dakyns, seguro que encuentra más de una traducción decente al castellano.

Escuchando: Black Sabbath – 1983 – Born Again

[El Negro Metal] Disco del mes – ABRIL: Varathron – Patriarchs of Evil (2018)

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Varathron – Patriarchs of Evil (Agonia Records, 2018)

Este es desde mi punto de vista el primer disco reseñable de este año, que entra por la puerta grande. Los lectores habituales no necesitarán ninguna introducción a este grupo, del que ya hemos hablado con frecuencia y cuyo último álbum comentamos en los albores de esta misma sección. Casi cuatro años después de aquello, Varathron regresa con un nuevo título que está a la altura de las expectativas y ofrece una magnífica escucha de black metal en el inconfundible estilo griego. Al igual que hicieron en Untrodden Corridors of Hades, los veteranos de Ioánnina han sabido mantener ese complejo equilibrio entre el respeto a su sonido clásico y el desarrollo de nuevas formas ligeramente distintas y más modernas, pero directamente emparentadas con sus discos más antiguos. He esperado a tener el cedé en mis manos, tras pedirlo directamente al sello, antes de lanzarme a escribir mis impresiones sobre él, aunque por fortuna ya lo había escuchado previamente gracias a la buena costumbre que tiene Agonia Records de subir todo lo que publica a YouTube, a su nombre y disponible gratuitamente en buena calidad. Otras discográficas hacen lo mismo en Bandcamp, con un resultado igual de positivo. En un mercado tan limitado como el del metal extremo, esta política tiene más ventajas que inconvenientes, porque permite hacer publicidad directa sin grandes costes en lugar de intentar blindar un producto que, a fin de cuentas, no se va a vender en grandes cantidades. De todas formas, los románticos como un servidor no se resisten a adquirir el objeto físico (incluso cuando viene acompañado por un libreto decepcionantemente escueto que ni siquiera respeta el orden de las canciones), no tanto por un sano fetichismo como por apoyar al grupo de la forma más eficaz; aunque después de más de un desengaño, hace tiempo que dejé de comprar discos sin haberlos oído con anterioridad. Con Varathron, no obstante, no parece haber riesgo: su sólida discografía hasta la fecha es garantía de calidad, y pese a que mi sincera opinión sobre Patriarchs of Evil es que no es tan bueno como su predecesor, no deja de ser un álbum excelente y altamente disfrutable. […]

Varathron – Patriarchs of Evil (2018)

Escuchando: Al Andaluz Project – 2007 – Deus et Diabolus