Hernández Sánchez-Barba, Mario – Hernán Cortés

Hernández Sánchez-Barba, Mario – Hernán Cortés, Colección Protagonistas de América, Historia 16, Quorum, Madrid, 1987

Hacía tiempo que tenía ganas de leer algo sobre Hernán Cortés, y la ocasión se planteó cuando, en mi última visita a la antigua sede del Instituto Iberoamericano de Finlandia en 2018, encontré este libro, junto a otro de la misma colección sobre Simón Bolívar, dentro de uno de los cajones de libros viejos que no iban a ser trasladados a la nueva sede y por ello se regalaban a quien se los quisiera llevar. Me vino bien que cayera en mis manos sin tener que pagar un duro ni tampoco buscarlo por mi cuenta, pero el hecho de ser un tomo publicado en 1987, justo antes de las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento de América, tiene marcadas implicaciones en el tono con el que está redactado. En aquellos años de exaltación civilizatoria pre-Expo y pre-Olimpiadas se estaba muy lejos de la visión más crítica, menos glorificadora y más matizada que se ha ido imponiendo en los últimos años. Por otra parte, quizá por pertenecer a una colección publicada por un diario, la edición no está tan cuidada como debería, y son numerosas las faltas de ortografía que ensombrecen las virtudes de un texto excesivamente laudatorio y hagiográfico, aunque correcto por lo demás. No obstante, los datos históricos contrastados no mienten, pese a que las interpretaciones puedan variar, y las andanzas de Hernán Cortés están lo suficientemente bien documentadas, empezando por las crónicas de la época, como para poder tener un conocimiento relativamente objetivo de las acciones del protagonista. Además de narrar su historia, el autor traza varios perfiles complementarios del personaje que sirven para ilustrar sus distintas facetas: más allá del héroe y el aventurero, se presenta a Cortés como excepcional estadista, humanista en su pensamiento (estudió letras y leyes en Salamanca en su juventud) y como individuo dotado de una personalidad arrolladora.

Como cabía prever, el libro obvia una cuestión que de un tiempo a esta parte ha cobrado importancia creciente, a saber, la dimensión moral de la Conquista. ¿Fue “buena” o “mala” la conquista de México? El tono de la obra se inclina más hacia lo primero, mientras que el lector moderno empatizaría más con lo segundo, pero realmente este enfoque, por común que resulte, no deja de ser inadecuado para abordar un fenómeno complejo que tuvo lugar en una época y dentro de unas sociedades muy alejadas de las actuales. Los hechos históricos deberían analizarse en sus causas y consecuencias, no en el significado moral que queramos extraer de ellos cinco siglos después. Quienes, sobre todo desde la Península Ibérica, siguen viendo en la Conquista de América un hito civilizatorio e incluso religioso están aferrándose a una concepción arcaica y eurocentrista, con una visión demasiado limitada. Pero también quienes, sobre todo desde los países hispanoamericanos, idealizan el estado azteca anterior a la llegada de Cortés, como si se tratara de una Arcadia de paz y hermandad entre los hombres, están faltando a la verdad por omisión y simplificación. A estos últimos se oponen los más leídos de entre los primeros, comparando el imperio de Moctezuma poco menos que con la Alemania nazi, introduciendo así una connotación genocida y totalitaria que es incorrecta además de anacrónica. En realidad, el símil más apropiado que podría hacerse es con el Imperio Asirio, ya que ambos fueron entidades militaristas en conflicto permanente que dominaron en un corto espacio de tiempo a numerosos pueblos vecinos. La victoria de Cortés se explica en buena parte precisamente gracias a la alianza con muchos de esos pueblos sometidos y obligados a pagar tributo, como el de Cempoala, o en conflicto abierto con el soberano de Tenochtitlán, como el de Tlaxcala. Las visiones extremas al gusto contemporáneo que esto último pueda suscitar, como la idea del libertador de los oprimidos frente a la del manipulador sin escrúpulos, caen por su propio peso al contraponerlas con dos rasgos evidentes del biografiado: sus dotes excepcionales para la diplomacia y su indudable don de la oportunidad.

Junto a las virtudes ya mencionadas del personaje, quizá la más importante sea su visión estratégica, unida a un elevado grado de audacia que se emplea con astucia y pragmatismo. Cortés es un brillante estratega capaz de superar las peores adversidades, desde el enfrentamiento con la expedición de Pánfilo de Narváez, salida desde Cuba para apresarlo por insubordinación, y cuyas tropas superaban a las suyas en proporción de tres a uno, hasta el desastre de la llamada Noche Triste, en la que, tras haber enfurecido a los aztecas en ausencia de Cortés, los españoles se vieron obligados a abandonar Tenochtitlán, sufriendo terribles bajas durante la retirada. Todas estas situaciones acabaron resolviéndose a la postre con victorias absolutas para Cortés, lo que hace que a día de hoy la Conquista de México nos parezca casi un paseo militar cuando en realidad fue todo lo contrario. El extremeño supo hacer de su arrojo una de sus mejores bazas, inspirando siempre a sus hombres al luchar en primera línea en todas las batallas, y tomando decisiones arriesgadas pero ambiciosas que le garantizaron siempre la iniciativa y terminaron por conducirle hasta el éxito. No hay que olvidar que, de hecho, la propia expedición a México fue fruto de la desobediencia de Cortés, que al ver cómo se le negaba el derecho a dirigirla, optó por adelantarse, organizar su propia tropa y echarse a la mar por su cuenta. Por otra parte, Cortés se muestra muy alejado de la clásica visión peyorativa del conquistador sanguinario y sediento de oro. Todos los testimonios señalan que sentía un gran respeto por su adversario Moctezuma, un gran rey con un estatus similar al de su propio señor Carlos V, y su idea de anexión de la Nueva España (término acuñado por él mismo) era, al menos inicialmente, una transferencia de soberanía de los nuevos territorios a la persona de un nuevo monarca de una forma similar a la operación por la cual el rey Carlos había llegado a ser Emperador de Alemania, lo que da fe de un sentido de estado que Cortés tuvo desde el primer momento.

Resulta o debería resultar obvio que no es posible defender la grandeza de la Conquista en los mismos términos gloriosos que se emplearon durante los siglos pasados, pero también es preciso distinguir, en la crítica demoledora de ayer y de hoy, la propaganda contemporánea y posterior que respondía a los intereses de las potencias enemigas, entre las que se contaban Francia y, más tarde, Inglaterra y los Países Bajos, que no solamente codiciaban las inmensas riquezas que el Imperio Español extrajo de América sino que, en cuanto pudieron, desarrollaron su propio colonialismo tanto o más cruento y despiadado. Esto no quiere decir que la colonización española no fuera explotadora e inhumana, que lo fue, pero no más que otras, es decir, que a diferencia de lo que en ocasiones se afirma, su razón de ser principal y motivación exclusiva no eran producir sufrimiento. Además del afán de enriquecerse, los conquistadores estaban impulsados por un genuino sentimiento religioso que desde la perspectiva actual no cabe interpretar como una postura hipócrita ni un ornamento puramente teórico. En la visión de la época, el beneficio económico, la propagación de la fe y el servicio a la monarquía eran tres pilares de una misma concepción del mundo que, lejos de servir de excusa unos para otros, eran perfectamente complementarios. Esto queda patente en las misivas de Cortés a su soberano, a quien hace entrega de todo lo conquistado con la devoción de un fiel vasallo. Todo lo enumerado anteriormente produce una enorme fascinación al lector, pero probablemente lo que más impresiona a quien suscribe es la magnitud de la hazaña, la conquista de todo un imperio con unos pocos cientos de soldados, no porque estos fueran muy superiores a todos los niveles, como se ha dicho con frecuencia, sino sobre todo porque su líder fue capaz de mover los hilos con suma habilidad para propiciar esa conquista en un lapso temporal increíblemente breve. Además de su personalidad, sus múltiples talentos y su fructífera audacia, Hernán Cortés es el máximo paradigma del aventurero que surca medio mundo para buscar fortuna en tierras lejanas y desconocidas, y por ese motivo no dejará nunca de suscitar interés y admiración atemporales.

Escuchando: Necrophiliac – 2020 – No Living Man is Innocent

Ortega y Gasset, José – España invertebrada

Ortega y Gasset, José – España invertebrada, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1968 (1921)

Llegué a este libro a través del programa En la Frontera de Público TV, en uno de cuyos episodios el presentador, Juan Carlos Monedero, citaba varias de las ideas principales aplicándolas a consideraciones actuales. Me apunté el título para una búsqueda futura, sin sospechar que, poco después, el azar querría que me encontrara una vieja edición del mismo en un punto de libros donados para compartir, justo al lado de mi casa, lo que propició que pudiera hacerme con él mucho antes de lo esperado. Inicialmente me sorprendió su bella prosa, erudita y cuidada pero también fluida y muy comprensible, una lengua más propia de un esteta que de un filósofo o sociólogo al uso. Pero pronto me dejé cautivar también por el planteamiento en sí, que no solamente resulta de gran interés y originalidad, sino que admite no pocos paralelismos insospechados con la situación sociopolítica de hoy en día.

En sus primeras páginas, esta obra breve trata de esclarecer los orígenes de la decadencia de España, que para su autor se remontan al instante mismo de su constitución como entidad, el momento en que Castilla y Aragón se unieron para configurar un ente político de nuevo cuño. A diferencia de la construcción paulatina y cohesionada del Imperio Romano, o del progresivo surgimiento de los estados nacionales compactos que son Francia e Inglaterra, para Ortega y Gasset nunca hubo una España unitaria, sino una suma de cuerpos distintos que aguantaron juntos mientras duró el ímpetu expansionista y colonizador, y comenzaron a disgregarse en cuanto ese hálito empezó a flaquear. Eso es lo que explica el progresivo desmembramiento del Imperio Español y, a la postre, la aparición de nacionalismos y separatismos dentro de la propia península, una vez perdidos los territorios de ultramar. Esta es una idea que no solamente resulta plausible y novedosa, sino que además tiene la virtud de englobar un lapso temporal suficientemente amplio como para extraer conclusiones de gran calado, a diferencia de las visiones más cortoplacistas que abordan la larga decadencia española en sus últimos dos o tres siglos sin indagar en posibles causas anteriores.

Este fenómeno de lenta descomposición tiene su reflejo en el aumento de lo que Ortega llama el “particularismo” de las clases y grupos profesionales, que es lo que sucede cuando cada uno de los distintos colectivos que conforman la sociedad deja de mirar por el bien común y el funcionamiento global y pasan a pensar exclusivamente en sus propios intereses, operando como compartimentos estancos. Al intensificarse con el tiempo, el resultado de este particularismo es lo que se denomina “acción directa”, que consiste en la renuncia a la vía política y la conciliación para lograr los objetivos, optando en su lugar por actuar en solitario y en contra de los demás. El ejemplo más claro de particularismo y acción directa, al que el autor dedica un capítulo entero, es el del estamento militar. Desprovisto de guerras coloniales y empresas de envergadura que le den razón de ser, incomprendido y mal visto por el resto de grupos sociales debido a las derrotas sufridas en los traumáticos conflictos de finales del siglo XIX, Ortega pronostica que si las cosas siguen el mismo rumbo para el ejército, los militares llegarán a tal punto de desconexión y alejamiento del resto de la sociedad que terminarán por volverse contra ella y tratar de tomar su control por la fuerza, una afirmación que resulta casi profética en un libro publicado originalmente en una fecha tan temprana como 1921.

Pese a los indudables y clarividentes aciertos del autor al señalar la falta de homogeneidad de España como origen primordial de su tensión centrífuga y al destacar la relevancia del particularismo en la disgregación social de su tiempo, en el libro encontramos también algunos sesgos que a día de hoy se leen con una mirada algo diferente. En primer lugar su manifiesta adoración por Inglaterra, Francia e incluso Alemania, países que, al menos en los dos primeros casos, se encontraban en el punto álgido de su hegemonía en los tiempos en los que escribía Ortega, y de los cuales se tiene actualmente una visión algo menos idílica y más contrastada. Al mismo tiempo, se muestra un patente desprecio por casi todo lo hecho en España, incluida la época de Carlos III, probablemente la más brillante después del cénit imperial de Felipe II, y que el autor despacha como una mera excepción prácticamente desprovista de importancia. Cabe suponer que en su tiempo la mayoría de intelectuales españoles estaba fuertemente influida por el pesimismo de la generación del 98, el peso de la leyenda negra y la mala reputación de España en el extranjero debido a una Historia escrita tradicionalmente por los enemigos del Imperio que, a partir de finales del siglo XIX, tras las derrotas definitivas, se empezó a asumir como única versión, canónica y verdadera. Ha tenido que pasar casi un siglo para que una nueva generación de historiadores, esta vez autóctonos, comience a poner en entredicho esa versión maniquea e interesada a través de una bibliografía sólida y bien documentada, con obras recientes como Imperiofobia (María Elvira Roca Barea), España, Un relato de grandeza y odio (José Varela Ortega), La guerra del inglés (Manuel Moreno Alonso) o Hablamos la misma lengua (Santiago Muñoz Machado).

Si la primera parte de este “ensayo de ensayo”, como lo llama su autor, se ocupa de historia y sociología, la segunda se centra exclusivamente en ese último ámbito para introducir la idea de la “rebelión de las masas”, un concepto que sería retomado más adelante en otro libro con ese mismo título, que vio la luz en 1926. En España invertebrada, esta expresión se emplea para describir el problema fundamental de España como país compuesto por masas que carecen de un estamento que las dirija, y sienten un hondo desprecio por cualquier tipo de élite. El sentido de este último término, no obstante, no debe confundirse con ningún tipo de aristocracia o minoría con poder político, ya que el propio autor se cuida bien de precisar que la política no es más que una capa superficial de la vida de una nación, mientras que la cultura y las mentalidades operan a niveles mucho más profundos y esenciales. A este respecto, Ortega señala claramente que no aboga por un clasismo convencional que situaría a una clase burguesa o aristocrática en la parte superior, pero vista desde los ojos del siglo XXI, su postura no deja de resultar de un elitismo exacerbado al considerar que únicamente una clase intelectual superior puede desarrollar, dirigir y “salvar” el país, insinuando, a través de sus duras críticas al comunismo incipiente de su época, que el pueblo llano es ignorante y torpe por naturaleza, una idea profundamente conservadora y contraria a las sensibilidades más progresistas surgidas con posterioridad.

Al defender la preeminencia de quienes denomina como “los mejores”, es decir, los individuos más inteligentes y mejor preparados, e insistir en la importancia de que sean tenidos en cuenta y seguidos como ejemplo en una sociedad que se caracteriza por detestarlos y rehuirlos, el autor parece asentar un axioma irrefutable que nadie se atrevería a contradecir en el plano teórico. Sin embargo, esta dicotomía plantea algunos problemas cuando se lleva al terreno práctico, porque establece una división más bien simplista entre una minoría con talento y preparación y una mayoría ignorante y zafia, que se resiste conscientemente a dejarse influir por la primera. ¿Pero dónde empieza una y acaba la otra? ¿Es adecuada la capacidad o el rendimiento intelectual como único criterio para definir al colectivo de los mejores? ¿Acaso las condiciones materiales, la estructura de la sociedad y las distintas expectativas realistas de mejora de la vida de cada uno no tienen también cabida en una consideración tan drástica? El autor parece plenamente imbuido por la idea clásica del espíritu autóctono e inmutable de los pueblos como factor determinante para su devenir y sus vicisitudes, sin tener demasiado en cuenta las circunstancias históricas, sociales y económicas de los mismos a lo largo de las distintas etapas de su historia.

El último periodo democrático de la España reciente, sin ir más lejos, constituye un claro ejemplo de rapidísima evolución, gracias a una coyuntura favorable, desde unos marcados rasgos tradicionales hasta una sociedad mucho más abierta, diversa y plural que habría sido inimaginable décadas atrás, aunque está claro que Ortega no podía prever el futuro a tan largo plazo. Pese a los problemas y las rémoras actuales, los españoles de hoy somos conscientes de que los países del Norte de Europa que antes tanto admirábamos no son tan distintos del nuestro y albergan también sus propios vicios y carencias, que se deben, como los nuestros, a la complejidad de las circunstancias y su desarrollo histórico más que a un genio nacional único e intransferible. No obstante, a pesar de las reservas expresadas en los párrafos anteriores, las ideas originales y aún vigentes que exponíamos al principio justifican plenamente la lectura de este libro y, salvando la distancia temporal, siguen siendo útiles para entender no pocos fenómenos de candente actualidad.

Escuchando: Remedios Amaya – 1983 – Luna Nueva

Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019)

El mejor fotograma de todo el año pasado con diferencia

Esta es la película con la que ha terminado de despuntar a nivel internacional el cineasta neozelandés Taika Waititi, conocido por muchos como director de la última peli del Thor de los tebeos (Thor: Ragnarok) y valorado por quien suscribe por su espectacular falso documental sobre vampiros What we do in the shadows (2014). Muy alejada de estos dos últimos filmes, la historia de Jojo Rabbit está ambientada en la Segunda Guerra Mundial, y resulta muy original por el tono cómico adoptado, asemejándose a una mezcla de La vida es bella y Malditos bastardos, a lo que se suma un toque gamberro y absurdo. Su planteamiento es abordar los horrores de la guerra y el nazismo desde una perspectiva infantil, concretamente la de un joven miembro de las Juventudes Hitlerianas que ha sido objeto de tal lavado de cerebro que ha acabado por tener al propio Hitler como amigo imaginario.

Tanto el tema de la película como el enfoque adoptado son algo que los alemanes no se atreverían a tocar, y de hecho creo que a nadie se le había ocurrido adentrarse antes en este ámbito, probablemente porque cualquier europeo que lo hiciera sería condenado por falta de empatía y de respeto por las víctimas. Ha tenido que ser un director de la lejana Oceanía quien se atreva a empatizar con determinados aspectos psicológicos que afectaron a personas de todos los bandos, lo que implica empatizar con todas las víctimas, incluidas las que sufrieron el lavado de cerebro masivo que la Alemania nazi operó sobre su población más joven. Hasta las escenas más terribles, que incluyen la muerte de no pocos personajes, se abordan desde el humor, lo cual quita mucho hierro al impacto y permite enfocar el nazismo desde un punto de vista que no suele abundar en el cine: el profundo absurdo de su cosmovisión.

Todos los indicios de la derrota total hacia la que avanzaba Alemania durante la época retratada aparecen atenuados por la inocencia infantil del protagonista que los observa, aunque ello no impide que sean comprendidos claramente por el espectador. Lejos de ser un tratamiento frívolo, esto permite distanciarse de la visión uniformemente sombría que se tiene de aquellos años para, por un lado, intentar entender qué hacía que tantas personas pensaran como pensaban y, por otro, reírse un poco con el amplio componente de ridículo que tenía el nazismo como ideología. El colorido de las escenas, la música alegre y anacrónica, la narración ágil y desenfadada, junto a muchos otros pequeños detalles, logran toda una hazaña: que una película sobre los últimos días de la guerra en suelo alemán pueda ser una comedia de principio a fin, y una muy divertida, pero que también ofrece muchas más cosas más allá de la risa.

Escuchando: Necromaniac – 2015 – Morbid Metal (Demo)

Hugo, Victor – Le dernier jour d’un condamné (1829)

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Hugo, Victor – Le dernier jour d’un condamné, Flammarion Librio, 1995

Este librito breve es una de las obras de juventud del gigante literario que fue Victor Hugo, insigne poeta, destacado dramaturgo y novelista de gran éxito, una de las figuras más señaladas de la literatura francesa de todos los tiempos, y en él se narran en forma de diario los últimos instantes de un condenado a la guillotina por un delito de homicidio. Su modesta extensión y presencia discreta entre títulos tan notorios como Hernani, Los Miserables o Nuestra Señora de París no debe despistarnos sobre la tremenda relevancia que tuvo y sigue teniendo esta obra en el ámbito político y social. Fue publicada originalmente en 1829, cuando el escritor tan sólo contaba con 27 años, primero de forma anónima, y tres años más tarde firmada y con un prefacio del autor. Para entender hasta qué punto el libro pudo ser llamativo en su época hay que imaginar que en la fecha de su publicación la pena de muerte era aún algo perfectamente normal para la mentalidad contemporánea, e incluso la aplicación a través de la guillotina practicada en la Francia de entonces era para muchos el culmen de la eficiencia indolora y el castigo “civilizado”.

Al abordar el librito lo más sorprendente tal vez sea el encontrarse con un lenguaje que, salvo las referencias a los objetos y costumbres de la época, podría ser casi actual en su parquedad y llaneza. Esto quizá se deba sencillamente a que la prosa francesa tiende desde hace varios siglos al conservadurismo y evoluciona muy lentamente, pero hace que uno se sienta mucho más cercano a la voz del narrador a pesar de la considerable distancia temporal que nos separa de la fecha de publicación. El estilo es fluido y preciso, rasgos también habituales de la literatura francesa, y consigue resultar muy vivo y dramático sin caer en lo lacrimógeno, lo cual, dada la gravedad del tema abordado, no deja de ser digno de elogio. La idea de fondo, el rechazo de la pena de muerte, está clara en todo momento, pero se explica con sutileza a través de las reflexiones y padecimientos de un narrador que no recurre a argumentos más racionales o ponderados, lo cual no sólo desentonaría con su angustioso estado de ánimo, sino que mermaría la fuerza expresiva y sentimental que tanto contribuyen a la identificación del lector. Pese a no llegar a ser del todo explícito, el punto de vista es progresista y humano, y aunque sorprende por su modernidad, encaja perfectamente con muchas otras facetas del pensamiento de Hugo, que se opuso a la monarquía y la esclavitud y se posicionó a favor de los derechos de las mujeres, los desfavorecidos y hasta la creación de unos Estados Unidos de Europa.

El personaje escogido para contar su propia historia resulta muy apropiado, ya que es alguien relativamente culto y con el conocimiento necesario como para darse cuenta de todo lo que le ocurre y poder explicarlo con claridad. Al mismo tiempo, es una persona lo suficientemente sincera y directa como para generar casi de inmediato empatía y compasión. Lo curioso de su trasfondo es que nunca se llega a detallar exactamente el crimen que cometió, pero en el fondo eso no es tan importante, porque lo que aquí se aborda es la forma de tratar al condenado, no el fundamento de la propia condena en sí. Esto último contribuye a que la reflexión que suscita el libro sea más general por ser impersonal, ya que tampoco se dan más datos acerca del narrador de los que él mismo aporta de manera dispersa. Se podría añadir que dicha reflexión consigue también ser atemporal, no sólo debido al hecho de que siga habiendo pena de muerte en muchos lugares en la actualidad, sino porque en la obra se rebaten muchos argumentos que aún a día de hoy siguen esgrimiéndose, como el de la necesidad de eliminar físicamente a determinados malhechores, la posibilidad de una muerte “limpia e indolora” o el arrebatar la vida a modo de castigo ejemplar. Más que reflejar la firmeza del Estado o la inflexibilidad de las leyes, este tipo de sentencias, convertidas en espectáculo público y fuente de crueldad gratuita, demostraban la banalidad de la muerte y la falta de sensibilidad de una sociedad que no era tan distinta ni estaba tan alejada de la nuestra. Quien crea en la posibilidad de una sociedad más justa y más humana puede mirarse en el espejo que constituye la obra más comprometida de Victor Hugo, empezando por este opúsculo tan breve como esencial.

Escuchando: Pensées Nocturnes – 2019 – Grand Guignol Orchestra

Mazower, Mark – The Balkans (2000)

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Mazower, Mark – The Balkans, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000

La historiografía inglesa tiene fama de saber combinar erudición y amenidad en obras centradas y fáciles de abordar que consiguen deleitar a públicos muy amplios, y este libro no es ninguna excepción. Tras haber leído otro más o menos parecido en versión traducida hace unos años, esta vez me he atrevido con el original en inglés, y salvo algunos términos muy concretos y palabras antiguas o exóticas, que probablemente hubieran resultado igual de impenetrables en mi propio idioma, no he tenido demasiados problemas para seguir el texto. La historia de por qué acabé leyendo este y no otro merece ser contada. Lo encontré en una librería del centro de Atenas durante mi reciente viaje a Grecia, mientras buscaba algún tomo que tratara la historia moderna y contemporánea de Grecia que, hasta hace poco, era prácticamente desconocida para mí. En la sección de libros históricos no tenían nada tan específico, así que opté por un enfoque más amplio, los Balcanes, pero centrado en la misma época. No puedo sino regocijarme por mi elección, ya que no solamente he aprendido mucho sobre la Grecia de los últimos siglos, sino también acerca de la historia reciente de los países que la rodean, con los que está estrechamente relacionada en un todo unitario que conviene analizar en su conjunto.

A diferencia de lo habitual en este tipo de obras, el libro no presenta una organización cronológica, al menos no en sentido estricto, ya que los capítulos se centran formalmente en aspectos temáticos, aunque pasado el primero, que aborda la geografía de la región, los temas siguientes sí se adscriben a las sucesivas etapas históricas, tratando primero la organización social bajo el Imperio Otomano, seguida de la disgregación del mismo y el posterior auge de los estados-nación. Una extensa introducción que ahonda en los orígenes de conceptos y topónimos y una conclusión que explora la idea de violencia en sus acepciones más modernas rematan una obra de capítulos largos y densos que articulan amplias reflexiones más allá de los límites temporales y geográficos para facilitar una exposición completa y global. La mayoría de párrafos elude de forma velada a las distintas referencias, que pueden encontrarse en el apartado final dedicado a las notas y de esa manera no obstaculizan la fluidez de la lectura. La prosa es solemne pero ligera, y en ella hay sitio para cierto grado de exotismo, que es más fascinación consciente que construcción mental, así como para una pequeña dosis de ironía muy inglesa que consigue que el lector se divierta mientras aprende, paradigma de la ilustración bien entendida.

Además de facilitar el conocimiento de esta zona del mundo, familiar y desconocida a un tiempo, y explicar con claridad los vaivenes de su convulso pasado, el propósito de este libro es reflexionar acerca de los clichés que suelen atribuirse a los Balcanes, y medir hasta qué punto está justificada su fama de región violenta, fanática, atrasada y anclada en el pasado (spoiler: más bien poco). Analizar el porqué de nuestra visión occidental predominantemente negativa de esta parte del mundo nos dice tanto sobre nosotros mismos como sobre la realidad de los pueblos y colectivos que viven en ella, máxime cuando el lector proviene de otro país del sur de Europa que comparte buena parte de los estereotipos mencionados. El autor logra exponer de forma clara y sintética la complejidad de factores que hacen que los países balcánicos sean como son actualmente, mostrándolos como resultado de su larga y agitada historia antes que de supuestos rasgos étnicos o culturales determinantes. Si a esto le añadimos que el volumen no pasa de un centenar y medio de páginas, quedará patente que estamos ante un esfuerzo sucinto y preciso, pero no por ello menos informativo y evocador, por narrar la historia de una región que es tan interesante como importante conocer más a fondo.

Escuchando: Death SS – 1991 – Heavy Demons

Jenofonte – Anábasis

Jenofonte – Anábasis (Anabasis, By Xenophon), traducción de Henry Graham Dakyns (1838-1911), gutenberg.org

Esta es la primera reseña literaria de mi autoría que no viene acompañada por la foto de portada. La razón es muy simple, se trata del primer libro que he leído entero en un soporte digital, el Kindle que me compré hace ya tiempo. Normalmente me gusta adquirir los libros en papel, especialmente si son nuevos y su precio con respecto al ebook no varía demasiado, como suele ser el caso (algo totalmente incomprensible, dicho sea de paso), por lo que utilizo el dispositivo electrónico exclusivamente para hojear las obras libres de derechos que he descargado de las fantásticas páginas que se dedican a almacenar este tipo de documentos, con Project Gutenberg a la cabeza. Esto es totalmente legal, porque los derechos han prescrito, y supone una alternativa más que satisfactoria a las ediciones de clásicos que pueden encontrarse en librerías generalistas y, al menos hasta no hace mucho tiempo, consistían en traducciones que dejaban mucho que desear.

Gracias a un sitio web como Project Gutenberg he podido encontrar una versión de la Anábasis traducida por Henry Graham Dakyns (1838-1911), un profesor de Cambridge conocido precisamente por haber traducido las obras de Jenofonte. Que un libro esté exento de derechos significa que han pasado más de setenta años desde la muerte de su autor (o traductor, en este caso), lo que implica que la obra suele ser bastante antigua. Esta traducción en concreto está plasmada en un inglés decimonónico tan complejo como fascinante, trufado de vocabulario y expresiones francesas ya en desuso, y con una calidad literaria manifiesta que hace de la lectura un deleite a pesar de la dificultad. He tardado bastante tiempo en terminar de leerla, no tanto por lo ambicioso de la empresa como para poder disfrutarla con tranquilidad, y se la recomienda a cualquiera con un buen dominio del inglés que desee conocer esta historia en una versión hermosa y arcaizante.

La Anábasis, también conocida como “Expedición de los Diez Mil”, es el relato de las vicisitudes de algo más de diez mil mercenarios griegos que acompañaron al pretendiente al trono Ciro el Joven en su viaje para derrocar a su hermano Artajerjes II, rey de Persia, en el año 401 antes de nuestra era. La aventura no sale según lo esperado, y los soldados deben abrirse camino por territorio hostil, manteniéndose unidos, para intentar conservar la vida y regresar a su tierra de origen. La palabra griega “anábasis” significa “subida o marcha desde la costa hacia el interior”, en uno de esos excelentes ejemplos de la complejidad semántica que caracterizaba al griego clásico que, como es natural, ha tendido a simplificarse con el paso de los siglos. El autor es el ateniense Jenofonte, uno de los oficiales de la tropa, que resulta elegido, junto a otro general espartano, para tomar el mando de los diez mil después de que los líderes originales fueran ejecutados a traición por los persas con el objetivo de descabezar al ejército. Tras mucho penar y combates sin fin, los helenos consiguen llegar hasta la costa del Mar Negro, territorio colonizado por griegos, desde donde son transportados hasta la parte europea de la actual Turquía (Tracia, en aquella época). Una vez allí, en lugar de regresar a sus lugares de origen, los mercenarios se vuelven a enrolar, esta vez bajo el mando de los espartanos, que tras haberse alzado con el triunfo en la Guerra del Peloponeso pocos años antes eran los amos indiscutibles del mundo helénico. Jenofonte no los acompaña, ya que abandona su cargo y regresa a la Hélade, concluyendo aquí la narración.

El estilo del libro es sencillo y ameno, caracterizado por el uso de la tercera persona, no tanto por falsa modestia como por un afán de distanciarse de lo contado en un intento por mantener cierta objetividad. Históricamente tiene gran valor, ya que constituye uno de los pocos testimonios de la geografía y los pueblos que habitaban en las antiguas regiones hoy en día ubicadas en Irak, Siria, Armenia y Turquía antes de que aquella zona quedara bajo la influencia del mundo helénico con la llegada de Alejandro Magno. Algunos pasajes son marcadamente dramáticos o emotivos, pero también hay sitio para el humor, incluido algún que otro chiste que resulta extrañamente cercano (como cuando, al organizar una partida para realizar saqueos en territorio enemigo, Jenofonte le dice al otro jefe, espartano, que el líder debería ser lacedemonio, ya que en su educación los jóvenes de Esparta pasan temporadas viviendo en el bosque y alimentándose únicamente de lo que consiguen robar sin que los descubran, a lo que el otro contesta que también podría ser ateniense, porque en Atenas se tiene la costumbre de elegir como líderes a ladrones y corruptos). En conjunto cabe hablar de una lectura apasionante y nada pesada, que pese a la distancia temporal genera empatía y proximidad, tal vez por estar visiblemente imbuida de ese deseo de conocer e indagar personalmente en el verdadero origen de las cosas que ha caracterizado desde tiempos antiguos a lo mejor del pensamiento occidental. Si el lector no se atreve con la versión de Dakyns, seguro que encuentra más de una traducción decente al castellano.

Escuchando: Black Sabbath – 1983 – Born Again