Bouet, Pierre – Guillaume le Conquérant et les Normands au XIème siècle (2003)

Bouet, Pierre – Guillaume le Conquérant et les Normands au XIème siècle (CRDP Basse Normandie, 2003)

Uno siente que casi debería pedir disculpas por ponerse a escribir sobre un jefe guerrero que, como la mayoría, cimentó gran parte de su fama en el mero hecho de masacrar a sus semejantes. La sensibilidad actual ya no es tan proclive a las alabanzas a los grandes líderes militares del pasado, y es bueno que así sea, porque eso significa que se valoran otras cosas más allá de la sed de gloria que a menudo ha marcado, generalmente para mal, la historia de los pueblos. Pero tampoco me convence la argumentación del cínico según el cual la guerra es algo natural porque las cosas siempre han sido así, una lógica tan sencilla como engañosa que puede servir para justificar sin pestañear las peores absurdeces o atrocidades. Por mucho que algunos se empeñen en negarlo, la historia de la humanidad muestra que muchas cosas grandes y sobre todo duraderas se consiguen mejor mediante la cooperación que a través del conflicto.

Entonces, ¿qué sentido tiene leerse un libro sobre Guillermo el Conquistador y su época y después escribir sobre él? Más allá del juicio moral, que va perdiendo su relevancia o al menos su carácter inamovible conforme uno se aleja temporalmente de los hechos a considerar, existen muchas más dimensiones que pueden ser tenidas en cuenta. La primera, en mi caso, es que sencillamente me gustan las buenas historias, las que incluyen aventuras y hazañas únicas que no se han producido en ninguna otra época. La segunda es lo fascinante del personaje en cuestión, alguien verdaderamente excepcional que logró marcar profundamente el mundo en el que vivió. También su trayectoria es digna de admiración: de bastardo de la nobleza y heredero en apuros pasó a jefe militar, duque y finalmente rey, en gran parte en virtud de sus propios méritos. Fue un hombre que llegó claramente mucho más lejos de lo que su nacimiento habría permitido sospechar, de un modo similar a Hernán Cortés, de quien hablamos hace un tiempo en estas mismas páginas.

En tercer lugar, me interesa la repercusión de sus actos en la historia mundial. Guillermo llegó a estar al mando de un ducado (el de Normandía) y desde allí se hizo con el trono de todo un reino (Inglaterra), con una astuta mezcla de audacia y cálculo político-militar. Este hecho supuso un cambio de gran relevancia en el contexto de la Edad Media, que tuvo gran influencia en los siglos posteriores y hasta nuestros días, desde las características de la arquitectura medieval inglesa y el origen de la Guerra de los Cien Años hasta la importancia del léxico de origen francés en la lengua que más tarde usaron Charles Dickens o Henry James. Hay que puntualizar, eso sí, que en la hazaña de Guillermo el azar tuvo un papel nada desdeñable. Si escasos veinte días antes de su victoria en Hastings el ejército sajón del rey Harold no hubiera resultado seriamente debilitado en la batalla de Stamford Bridge contra los noruegos, tal vez el resultado de la invasión normanda del año 1066 habría sido distinto. No obstante, en la historia de Guillermo, como la de cualquier conquistador, lo importante no es tanto la propia victoria, sino la capacidad para mantener lo conquistado, administrarlo y gobernarlo.

Es en esta última consideración donde se engrandece la figura de Guillermo, que además de guerrero capaz y estratega de talento demostró en los años siguientes sus dotes de político hábil, buen organizador e impulsor de grandes obras en distintos campos que incluyeron la agricultura, la economía y la construcción, y también la cultura. Realmente ese es el legado relevante que puede dejar un gobernante, el que hace que sus logros se afiancen y perduren en lugar de disiparse al poco de su muerte. El largo reinado de Guillermo, con el notable desarrollo económico y cultural que propició, podría incluso leerse positivamente en clave moderna por la mejora de la vida de sus súbditos gracias a la paz y la estabilidad conseguidas, lo mismo que el de todos aquellos soberanos, conquistadores o no, que son principalmente recordados por la posteridad como constructores, legisladores o reformadores, desde Sargón de Acad hasta Carlos III de España. Todas las demás hazañas bélicas son efímeras y estériles, como las conquistas de los mongoles u otros pueblos bárbaros, que siembran la destrucción sin crear nada después, y despiertan bastante menos admiración e interés a día de hoy.

Escuchando: Desecresy – 2022 – Unveil in the Abyss

Kapuściński, Ryszard – Ébène (2000)

Kapuściński, Ryszard – Ébène, Plon, Paris, 2000 (original de 1998)

Tenía muchas ganas de leer algo de Kapuściński, a ser posible en un idioma que manejo bien, para poder ir un poco más allá en la comprensión de lo que me quedé con el muy interesante pero bastante impenetrable compendio de entrevistas (Nie ogarniam świata) que compré en lengua original en un quiosco de la estación de tren de Cracovia hace ya casi quince años, poco después de la muerte del autor. No se me ha ocurrido mejor punto de partida que este título, tal vez su obra más famosa, que además de ser lo suficientemente representativa aborda la historia y la idiosincrasia de un continente entero que me es prácticamente desconocido. Encontré el libro en versión francesa en Bécherel, un hermoso pueblecito bretón famoso por sus librerías de viejo, en el marco de una gran feria del libro, creo que en 2015. A veces las historias de cómo llega uno a un libro físico determinado son casi tan interesantes como las que lo llevan hasta un autor concreto.

Se podría definir a Kapuściński como aquel periodista que viajaba a donde otros no se atrevían a ir. Empleado de la agencia polaca de noticias bajo el comunismo, hizo de la escasez virtud, y al tratar siempre de minimizar los gastos acabó asimilándose a las clases populares de los lugares a los que viajaba, accediendo a entornos, conocimientos y amistades que habrían estado vedadas a cualquier otro corresponsal europeo, más o menos lo mismo que hacen los periodistas freelance más intrépidos de hoy. Este libro bastante extenso trata de sus viajes por el continente africano, por lo general del Sáhara para abajo, de ahí el título, que remite al África Negra. Kapuściński fue testigo de un amplio arco temporal que abarca desde la era de la esperanza con las independencias de los años 50 y 60 hasta las décadas oscuras de hambre y guerra que fueron los 80 y 90. Los numerosos capítulos breves están dedicados a distintos episodios de épocas y países muy diversos.

Si creemos en la honestidad de Kapuściński, podemos ver en él a una especie de Heródoto que cuenta lo que ve con sus propios ojos, y refiere siempre aquello que solamente ha oído contar a otros con un sano escepticismo no desprovisto de curiosidad. Hablo de honestidad porque al parecer la obra de Kapuściński ha recibido ciertas críticas recientes que señalan su exceso de exotismo y una forma de adornar la realidad impropia de los estándares del periodismo. Sin ser experto en el tema, mi impresión es que no hay rastro de esos presuntos defectos, al menos en el libro que nos ocupa. Lo que sí hay es una vibrante y también contagiosa fascinación por el continente abordado, que compensa en gran medida la imagen por lo general bastante cruda de la vida de la mayoría de sus habitantes, y sobre todo una voluntad de plasmar la vitalidad y creatividad de aquellas gentes a pesar de sus difíciles condiciones de vida.

El estilo del libro es fluido y sencillo, aunque nunca exento de un afán por explicar e instruir al lector, un propósito en el que se ve magníficamente respaldado por la traducción siempre precisa y a la vez inspiradora de Véronique Patte, traductora al francés de muchas de las obras del autor. Ébano está escrito para el público que leería cosas parecidas en un diario o una revista, de hecho se compone de lo que en origen fueron crónicas periodísticas, temáticas y relativamente breves, que hacen que la lectura sea ligera y variada. Con pocas palabras, Kapuściński logra transmitir su honda emoción e impresión ante todo lo que ve y aprende, haciendo gala de una verdadera pasión por su oficio. Ante todo, muestra siempre un respeto máximo por las personas con las que se encuentra, aunque sean pobres e iletradas, y empatiza con ellas tratando de buscar sus rasgos más humanos, con una mirada que es aventurera y humanista a un tiempo.

Leyendo este libro se aprende mucho sobre un montón de países y regiones a los que uno probablemente nunca va a viajar (y casi mejor que así sea). Ébano es un deleite para quien guste de leer historia, y más particularmente para quien quiera conocer el origen de conflictos de los que todos hemos oído hablar sin saber muy bien en qué consisten o por qué surgieron, como las hambrunas de Etiopía o el genocidio ruandés. En la pluma de Kapuściński, África es un continente muy diverso, joven y dinámico, que ha experimentado una tremenda evolución a lo largo del siglo XX que desde Occidente no siempre hemos sabido ver, y aún a día de hoy sigue mutando a una velocidad vertiginosa. La visión que queda ante el lector se puede resumir con el título de uno de los capítulos del libro de entrevistas mencionado más arriba, que reza lo siguiente: “Afryka, czyli Trzeci Świat nie jest czarno-biały”, o sea, “África, o El Tercer Mundo no está en blanco y negro”. A pesar de que hayan pasado más de veinte años desde su publicación, el libro mantiene su vigencia, frescura y, cómo no, color.

Escuchando: Pensées Nocturnes – 2022 – Douce Fange

Selva Almada – No es un río (2021)

Selva Almada – No es un río (Literatura Random House, Barcelona, 2021)

De un tiempo a esta parte me he propuesto leer más novelas actuales, en español al menos, con el objetivo de ampliar un poco mis horizontes, más allá de los siempre fiables pero también inamovibles clásicos. Una de las elegidas ha sido este libro de la argentina Selva Almada, que al parecer ha causado una buena impresión a este lado del Océano, a juzgar por las elogiosas críticas que pude leer al respecto en la prensa cultural escrita. Para apoyar un poco a las librerías locales (no todo en la vida es Proyecto Gutenberg), me decidí a pedirlo en la que se ha convertido en mi fuente de aprovisionamiento literario en León (El guardián de los libros) y el veredicto, una vez concluida la lectura, es bastante positivo, pese a esa portada llamativa e inquietante pero un tanto feúcha que no le hace justicia.

La historia está ambientada en una de las islas ubicadas dentro del río Paraná, en el norte de Argentina, un lugar recóndito y agreste que debe de ser remoto y extraño hasta para los propios argentinos, pero que la autora sin duda conoce bien, siendo como es oriunda de la región. En ella viven gentes muy apegadas al terruño, que no reciben con excesivo agrado a los visitantes de «tierra firme», también provincianos como ellos, pero con una mentalidad claramente distinta. Tres de estos últimos, varones todos ellos, son los protagonistas principales de la trama, aunque también los secundarios tienen un protagonismo destacado, e incluso el paraje y el propio río tienen una entidad tan marcada y característica que podrían considerarse personajes en pie de igualdad.

El rasgo más distintivo de la autora probablemente sea su lenguaje parco pero siempre suficiente, que con muy pocas palabras sugiere sentimientos y realidades mucho más profundos de lo que parecen traslucir las apariencias. El narrador va desgranando poquito a poco los hechos y el trasfondo de quienes transitan por las páginas, desvelando una tras otra las piezas de un puzle que acaba encajando sin que falte ningún elemento. Por otra parte, el vocabulario resulta fascinante, no sólo por la abundancia de bellos argentinismos empleados, sino también por las escuetas descripciones de una fauna y flora exóticas que tejen con embrujo irresistible un entorno tan sombrío como evocador.

El estilo es principalmente realista, pero con bastante de realismo mágico a lo Juan Rulfo que hace que realidad y sueño, vida y muerte se mezclen sin que quede nunca muy clara cuál es la frontera exacta entre ambas cosas. Lo mismo sucede con el tiempo, ya que pasado y presente se entremezclan continuamente dando en ocasiones la impresión de ser la misma cosa, especialmente en la mente de los distintos personajes, de una psicología aparentemente sencilla que la autora aborda con una exquisita sutileza disfrazada de calculada distancia. A esta indeterminación contribuye el aspecto atemporal del momento de la narración, que no se sabe si es actual o sucedió en los años sesenta o setenta, pero queda claramente enmarcado por medio de recursos indirectos, como la alternancia entre los tiempos pretéritos y el presente.

En esta novela, Selva Almada se revela como una escritora que maneja con gran soltura un estilo propio y depurado que hace un arte del minimalismo y la sencillez. Mediante palabras contadas y frases lacónicas, construye un mundo mezcla de realidad e irrealidad que uno siente que debe existir de verdad en algún rincón de la Hispanoamérica rural, pero a fin de cuentas tal vez sea, ni más ni menos, la idea original de la literatura que tiene esta autora. Por desgracia me faltan los conocimientos y el contexto para juzgar si este proceder es realmente innovador o algo relativamente típico dentro de la producción literaria reciente del Cono Sur, pero lo que sí me ha quedado claro es que es bueno de verdad y merece la pena ser descubierto y disfrutado.

Escuchando: Disharmonic Orchestra – 1992 – Not to Be Undimensional Conscious

Nerval, Gérard de – Voyage en Orient, Volume 1 (1851)

Nerval, Gérard de – Voyage en Orient, Volume 1 (1851) [Project Gutenberg, 2014]

He aquí otro libro antiguo que me he leído gracias al Proyecto Gutenberg, ese catálogo de obras libres de derechos que no solamente permite obtener libros gratis, sino que incluye muchos títulos que son difíciles de encontrar en el idioma de uno o en la mayoría de librerías. Este en concreto lo empecé a leer en Francia hace mucho tiempo, y después lo he buscado sin éxito por las librerías del país vecino y del mío, hasta dar con él por Internet. Me parece que tiene su punto romántico el encontrar libros viejos de esa manera, casi como recuperándolos del olvido. Aunque esta práctica no ayude mucho a las editoriales actuales que lo merecen, en realidad tampoco está reñida con la compra de títulos más o menos nuevos por las vías habituales, ya que ambas cosas pueden coexistir perfectamente.

Voyage en Orient, Volume 1 es la primera parte de las memorias de viaje de su autor, el poeta Gérard de Nerval, por las tierras del Mediterráneo oriental a mediados del siglo XIX. Este primer volumen narra las aventuras del viajero por Egipto y Líbano, que más tarde se completarán con una visita a Constantinopla, recogida en un segundo tomo. Publicadas originalmente en 1851 y posteriormente en versión íntegra en 1884, las experiencias referidas se remontan a la década de 1840, es decir, diez años antes de la fecha de redacción. Pese a la sorprendente cantidad de detalles y la viveza de las descripciones, cabe puntualizar que no todo lo que se cuenta ocurrió como tal: Nerval se tomó muchas licencias, sencillamente porque concebía su historia como un auténtico relato en prosa más que como un mero diario de viaje.

El periplo del poeta se inspiró en los grandes viajes relatados por otros escritores de la época romántica, como sus compatriotas Chateaubriand o Lamartine, en unos años en que estaba de moda viajar a Oriente en busca de los orígenes de la civilización, la fe y la vida. Sin embargo, su itinerario no fue exactamente igual al de ellos: por ejemplo, evitó pasar por Tierra Santa, parada para muchos ineludible que a él le resultaba de menor interés. Pero la diferencia más importante en su manera de concebir el viaje es que, antes que ir en busca de un ideal o una imagen fijada de antemano, la intención de Nerval era explorar las sociedades de los parajes que visitaba, sumergirse en ellas y describirlas tal y como eran. En sus propias palabras, no le interesaban tanto las piedras antiguas como las gentes que iba encontrando.

Aunque por su procedencia y formación no pudiera evitar dejarse llevar por muchos de los prejuicios y lugares comunes propios de la visión del mundo occidental, el autor trata siempre en última instancia de aproximarse al Otro e intentar entenderlo, lo que dota a su narración de un carácter racional y moderno que no está reñido con la manifiesta pasión que muestra el viajero en todo momento. Sus personajes secundarios resultan por ello mucho más vivos y auténticos, y tienen voz propia. Pese a comulgar en no pocos aspectos con la visión orientalista imperante en su época, Nerval sabe tomar sus distancias a través de un punto de vista tan perspicaz como personal, lo que hace que uno se identifique fácilmente con él a pesar de la considerable distancia temporal.

El narrador demuestra poseer una gran cultura, con amplios conocimientos puestos a disposición del lector para instruirlo además de entretenerlo, y entre sus virtudes destaca una enorme curiosidad que le hace interesarse por todo lo que va encontrando, tanto si lo conocía de antemano como si no. Por si esto fuera poco, hace gala de un sentido del humor y una ironía a prueba de bombas, que buscan la comicidad hasta en las situaciones más aciagas, lo que redunda en una lectura mucho más amena y fascinante. El resultado es un libro que es a partes iguales aventura, exotismo y divulgación, con el encanto añadido de describir un mundo que a muchos efectos hace ya tiempo que dejó de existir.

En términos de contenido, la obra es muy diversa, ya que intercala pasajes de diario personal con relatos referidos de otras personas y hasta algunos extractos epistolares. En ocasiones, la impresión es de excesiva heterogeneidad, pero en el fondo eso hace que resulte más rica y original. Como poeta que era, Nerval sabe también imprimir una visión entusiasta, simbólica y exaltada de todo lo que cuenta, que contribuye no poco a sumergir al lector en su universo. Estamos pues ante una verdadera maravilla literaria, un libro con una prosa magnífica que aporta gran cantidad de información cultural e histórica (obsoleta o no, pero eso no es realmente un problema) y da cuenta de una fabulosa aventura a través de un mundo que parece lejanísimo y cercano a la vez.

Escuchando: Cambion – 2021 – Conflagrate the Celestial Refugium

Kallifatides, Theodor – El asedio de Troya (2020)

Kallifatides, Theodor – El asedio de Troya, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020

No había pasado demasiado tiempo desde que leí Otra vida por vivir cuando vi entre las novedades de una librería madrileña muy acogedora, que visitaba por primera vez (La Buena Vida, en Ópera), un libro nuevo del mismo autor, que además hablaba de la Guerra de Troya. Me hice con él sin pensarlo y lo leí un tiempo después, y aunque tanto el tema como el tono sean bastante distintos de los del anterior, esta obra más reciente tampoco tiene ningún desperdicio. Es una gran noticia que se haya empezado a leer por estos lares a este escritor greco-sueco, que hasta hace bien poco era un desconocido en el mundo hispánico.

La novela da comienzo en la Grecia ocupada por los alemanes a finales de la Segunda Guerra Mundial. Un chavalito de pueblo, que también es el narrador en primera persona, asiste a clase en ese ambiente enrarecido y peligroso, entre bombardeos y represalias sangrientas. Una nueva profesora recién llegada se hace cargo de la escuela y empieza a contar a los alumnos la historia de la Ilíada, a su manera, para ayudarles a sobrellevar mejor la situación. Los chicos pronto empiezan a ver similitudes entre su situación y la de los griegos y troyanos de antaño, y acaban entendiendo que en cualquier conflicto, más que buenos o malos, sólo hay víctimas o supervivientes.

En esta novela breve y amena, aunque no exenta de pasajes traumáticos, la intención de Kallifatides parece ser ofrecer una versión de la Ilíada más asequible y abordable que la original, aunque del texto en griego antiguo haya, al menos en castellano, versiones sobresalientes (como la rítmica de Agustín García Calvo). Hay que tener en cuenta que el libro está escrito originalmente en sueco, como la mayor parte de la producción literaria del autor (lo que quizá aquí no pegue mucho, habida cuenta del tema), por lo que posiblemente tenga una vocación de difusión de la epopeya que tal vez no sea tan necesaria en el ámbito hispanohablante.

El libro se centra en el lado más humano del sufrimiento y la pérdida en las guerras, realizando una lectura paralela de los hechos que acontecen en los años cuarenta del siglo pasado y en las gestas de la Antigüedad Preclásica. El estilo oscila entre la parquedad de un relato bélico realista y un eco atenuado de la épica arcaica, conscientemente desprovista de la pompa y el heroísmo habituales. En esta Ilíada que se nos presenta no hay intervenciones divinas, tan solo hay seres humanos que se ven atrapados por las circunstancias y tratan de hacer lo que consideran justo, o sencillamente lo que buenamente pueden. Hay mucha psicología en juego, pero se podría argumentar que también la había en la obra de Homero.

Sorprendentemente, la historia no acaba con la destrucción de Troya sino con la muerte de Héctor, que realmente es el verdadero punto de inflexión en el que todo se tuerce. Desaparecida la figura más destacada y capaz, ¿qué esperanza puede restar para los que quedan? Héctor es el ejemplo de cómo las guerras terminan con lo mejor de las sociedades (su capital humano), y quienes sobreviven deben cargar con esa pérdida: una reflexión bastante necesaria en estos tiempos en que parece que volvemos a perderle el miedo al conflicto en Europa, después de mucho tiempo sin ninguna guerra directa, y con la extrema derecha volviendo a la carga, decidida a ir montando la siguiente.

Escuchando: Kaeck – 2021 – Het Zwarte Dictaat

Borges, Jorge Luis – Ficciones (1944)

Borges, Jorge Luis – Ficciones (1944), Bibliotex, Alianza Editorial, 2001

He vuelto a Borges con alegría, recordando lo mucho que me gustó El Aleph cuando lo leí, hace ya unos cuantos años. Este libro es anterior en el tiempo y también en un sentido conceptual, porque aunque los mismos temas y fijaciones estén presentes en ambos, en El Aleph se lleva más allá aquello que en Ficciones aparece en una forma algo menos compleja y desarrollada. La obra se compone de dos partes distintas, con un núcleo inicial de ocho relatos, titulado El jardín de senderos que se bifurcan y fechado en 1941, que fue ampliado tres años más tarde con otros nueve cuentos, bajo el nombre de Artificios. Inicia el volumen un breve prólogo del expresidente Zapatero, al parecer gran aficionado a la obra borgiana, otro detalle simpático del que probablemente ha sido el menos peor de entre los gobernantes que ha tenido España desde que regresó la democracia.

Que las referencias a “lo borgiano” sean moneda común en cualquier discusión sobre literatura hispanoamericana es algo que no le resta atractivo a la perpetua obsesión del escritor por los mundos infinitos, la multiplicidad de los hechos y los objetos y el poder creador de los libros y la palabra. El lector corriente se siente subyugado al leer estos relatos que, en su asombrosa brevedad, son pequeños ojos de buey que permiten echar un fugaz vistazo a la inmensidad del universo y sus interminables componentes y recombinaciones, una visión que maravilla y sobrecoge a un tiempo, si se observa desde el habitual tedio de la existencia cotidiana. Merced a una erudición apabullante, lo histórico y lo fantástico se confunden sin que sea posible distinguir entre ambas cosas, que acaso en la literatura sean lo mismo, a fin de cuentas.

Algunos de los relatos son muy teóricos, sin apenas acción, cosa que no pasa en El Aleph, pero en todos ellos está presente el esfuerzo de concisión que hizo famoso a su autor, que prefería condensar sus argumentos en unas cuantas páginas en lugar de estirarlos inútilmente para crear con ellos novelas completas que, en el fondo, no tendrían un mayor grado de contenido. También hay un cuidado minucioso puesto en la construcción de cada frase, en la elección de cada palabra, que nos hace sentirnos frente a una estructura impoluta en la que todo está perfectamente colocado y encajado, y no sobra ni falta un solo detalle. Ese control absoluto del lenguaje es lo que permite al autor, como a los demás grandes, hacer suya la lengua castellana y emplearla a su antojo, de una forma tan precisa como inconfundible.

Los cuentos de este volumen son muy distintos entre sí y algunos tienen giros sorprendentes, en contraste con los que presentan una temática mucho más rígida y formal. Las fábulas atemporales se codean con una temprana ciencia ficción, además de otros géneros como la novela policíaca o incluso la de aventuras, que sirven de excusa para abordar situaciones o planteamientos que van mucho más allá de la mera acción, introduciendo reflexiones sobre motivos literarios arquetípicos a los que Borges da una nueva dimensión al multiplicar las posibilidades potenciales hasta el infinito. A veces las extrapolaciones y complejidades llegan a dar vértigo, pero siempre fascinan y lo imbuyen a uno de la infinita potencialidad creativa que tiene la literatura.

Escuchando: Prezir – 2020 – Depredation

Herbert, Zbigniew – El laberinto junto al mar (2013)

Herbert, Zbigniew – El laberinto junto al mar (Acantilado, 2013)

No habría llegado a este libro si no fuera porque un buen amigo me lo regaló, al ver que en él se juntaban dos cosas que son de mi agrado: la literatura polaca y la historia antigua. Al principio se me hizo raro que un escritor polaco escribiera sobre la Grecia antigua, pero pronto pude comprobar que el punto de partida eran unas impresiones de viajes, a las que se suma una notable erudición histórica y una marcada tendencia poética (no en vano, el autor era poeta) que conforman un conjunto muy completo y personal. Pese a no ser demasiado conocido en España, al menos hasta fechas recientes, Zbigniew Herbert (1924-1998) tiene ya por lo menos cuatro de sus libros publicados en castellano, todos ellos en la editorial Acantilado, que como de costumbre es sinónimo de alta calidad. La traducción corre a cargo de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski, que ya han demostrado la excelencia de su arte en otras publicaciones de la misma casa, como Mi siglo de Alexander Wat.

En las páginas del libro, Herbert se revela como un gran apasionado del mundo clásico, del cual alcanzó un grado de conocimiento tan amplio como minucioso, a juzgar por la variedad y la profundidad de los temas abordados. El volumen recopila una serie de siete ensayos escritos en distintos momentos de su vida y publicados fragmentariamente en diversas revistas, que el poeta concibió como obra unitaria pero no llegó a verla editada en su idioma original hasta prácticamente el final de su vida. De hecho, esta edición en español lleva el título del primero de los textos (“El laberinto junto al mar”), lo que a primera vista resulta un tanto limitador e inexacto, pero esto se debe a que el otro nombre, más adecuado y englobador, barajado por el autor (En la patria de los mitos) ya fue empleado para una edición alemana de 1973 cuya contenido era ligeramente diferente, de ahí que para la publicación póstuma en polaco y para esta versión en castellano se haya optado por otro.

El alcance de la obra es bastante amplio, ya que no se limita a la Grecia antigua como podría parecer, sino que también abarca Roma y hasta la civilización etrusca. Algunos de los ensayos, incluyendo los más extensos (“La Acrópolis” o “El laberinto junto al mar”), son tratados de historia pura, aderezados con una narración ligera y vibrante que permite al lector respirar bajo el peso bruto de los datos; otros mezclan la historia con recuerdos propios (“Clase de latín”) o con una reivindicación en clave poética del legado de una civilización (“Sobre los etruscos”), que a este lector le trae a la mente otra reivindicación de tono distinto pero no menos acertada (“Los romanos, ¡una mierda al lado de los etruscos!”); también hay evocaciones de paisajes (“Un intento de describir el paisaje griego”), reflexiones vitales (“La Almita”) y hasta un texto en clave política (“La cuestión de Samos”) que fue parcialmente censurado en su momento por señalar la deriva autoritaria de Atenas hacia sus aliados, que algunos entendieron como crítica indirecta al funcionamiento interno del Pacto de Varsovia.

Es posible que algunos de los datos estén ya anticuados, cosa que quien suscribe, mero aficionado, no sería capaz de detectar, pero la síntesis ofrecida en cada caso sigue siendo muy precisa y lograda, y las reflexiones originales mantienen su vigencia a pesar de la distancia temporal. Acostumbrado a leer libros de historia, uno agradece a veces leer obras de estas características escritas por autores que no son historiadores profesionales, pero suplen la eventual carencia de conocimientos con una escritura mucho más bella, amena y provechosa, aportando un mayor grado de ritmo narrativo y coherencia de estilo, por no mencionar la poesía que rezuman muchas de las páginas. En definitiva, El laberinto junto al mar es una lectura muy recomendable para los amantes de las civilizaciones antiguas, los viajes y la prosa poética.

Escuchando: Sentenced – 1993 – North from Here

Pérez Galdós, Benito – Trafalgar (1873)

Pérez Galdós, Benito – Trafalgar, Biblioteca Básica Salvat, 1969 (1873)

Tras haber logrado esquivarlo en la lista de lecturas obligatorias de Secundaria y Bachillerato, el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós el año pasado me dio ganas de leer alguna de las novelas del autor. Había escuchado cosas terribles acerca de lo deprimentes y pesadas que eran Marianela y Fortunata y Jacinta, sus obras más canónicas, pero al mismo tiempo intuía que un escritor con una producción tan vasta tenía que tener otros títulos que pudieran interesarme más. La respuesta llegó hace unos años, cuando un conocido me comentó que había leído Trafalgar y le gustó mucho, por ser una novela histórica realista pero bastante ligera y bien escrita. Provisto ya de un punto de partida, tan solo necesitaba una excusa para ponerme con la lectura, que llegó hace unos meses con la mencionada efeméride.

Las manifestaciones que conllevó dicha celebración, lastradas por la omnipresente pandemia, se vieron además ensombrecidas por una polémica servida por algún que otro autor, como el prestigioso Javier Cercas, que esgrimía el carácter pedagógico, moralista y redundante de las obras del canario como rasgos negativos de las mismas. El no menos ilustre Vargas Llosa salió en defensa del escritor canario, como antes habían hecho Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, destacando su incuestionable relevancia dentro de la literatura española de su época, su patente humanidad y su afán de imparcialidad, pero admitiendo que sus novelas carecían de la suficiente profundidad psicológica y no resultaban comparables con las de Balzac o Dickens, por no hablar de las de Flaubert.

No seré yo quien zanje el debate en favor de uno u otro campo, aunque me parezca objetivamente poco elegante expresar semejante parecer precisamente en el centenario del fallecimiento del personaje en cuestión. Entiendo que aquella opinión se debía principalmente a un comprensible rechazo al torrente de literatura hagiográfica barata suscitada por este tipo de celebraciones, pero como le ocurrió a Javier Marías cuando criticó los encendidos elogios recibidos por Gloria Fuertes con motivo del centenario de su nacimiento, hace unos pocos años, la disensión insistente, justificada o no, puede ser más contraproducente que otra cosa. Recordemos además que, en el ámbito de las letras, el hecho de que haya otros autores “mejores” o más destacados dentro de la misma época y/o estilo no resta valor a una obra lo suficientemente original y personal, y la de Pérez Galdós indudablemente es ambas cosas.

Denostado desde finales del primero de los dos siglos entre los cuales le tocó vivir por la corriente dominante de los noventayochistas, la obra de Galdós tardó unas décadas en recuperar el prestigio del que siempre había gozado entre las clases populares, que adoraban su literatura debido a que en ella los protagonistas, más que el propio narrador, era la gente común. No estamos sin embargo ante una obra simple o facilona como las lecturas de tapa blanda que abundan en las papelerías; la de Galdós es literatura ligera pero sólida y bien escrita, con el añadido de, al menos en el caso de los Episodios Nacionales, no seguir el molde gastado de una novela histórica convencional, inventando en su lugar lo que prácticamente fue un género por sí mismo, lo cual debería contar como mérito incontestable.

Como ya he señalado, de la vastísima bibliografía del autor no puedo hablar con propiedad más que del primero de los Episodios Nacionales, que lleva por título Trafalgar, y me ha parecido una lectura provechosa y muy recomendable. La narración es tan fluida y liviana como probablemente lo fue el proceso de escritura, con visible influencia del ritmo periodístico, pero ello no redunda en trivialidades ni simplificaciones, sino que se manifiesta en una acción constante que evita desvíos innecesarios y va directamente a lo que debe ser narrado. El estilo realista empleado está impregnado de pasión patriótica (que no nacionalista) y exhibe una consciente couleur locale que no esartificiosa ni excesiva. Aunque el formato no llegara a crear escuela, al menos hasta los nuevos Episodios de la mencionada Almudena Grandes, la monumentalidad de la empresa consagró al empedernido grafómano canario como una de las máximas figuras literarias de la España decimonónica.

Riguroso y bien documentado, el libro arroja luz sobre un episodio histórico, la batalla de Trafalgar (1805), de un siglo, el XIX, por lo general muy olvidado en la memoria colectiva española, en la cual parece existir un vacío negro y enorme entre la muerte de Felipe II y la Guerra Civil, como si todo lo ocurrido entremedias no mereciera ser abordado y estudiado. Ese siglo en concreto no solamente fue trepidante y lleno de acontecimientos, sino que también explica mucho de lo que aconteció durante el XX. En Trafalgar, la Historia se aborda además con una visión humana vibrante y exenta del pesimismo, la negatividad y el cinismo tan presentes en la novela más contemporánea, lo que me hace recordar la pertinencia de la frase de Pablo Iglesias a Pablo Casado en el Congreso de los Diputados al recomendarle “Más Pérez-Galdós y menos Pérez-Reverte”.

Escuchando: Almafuerte – 1998 – Almafuerte