[El Negro Metal] Disco del mes – ABRIL: No Living Man is Innocent (2020)

Necrophiliac – No Living Man is Innocent (Xtreem Music, 2020)

Nuestra primera reseña de 2020 está dedicada a un disco muy especial, ya que marca el retorno de los sevillanos Necrophiliac, cuya última publicación original apareció hace la friolera de 28 años (!). Tras su temprana disolución a principios de los noventa, el grupo volvió a juntarse en 2016, año en que vio la luz un recopilatorio con todas sus grabaciones, bajo el título Maze of Forking Paths, y desde entonces ha tocado en directo en varias ocasiones. A la vista está que la reunión también ha dado sus frutos en forma de nuevo material, que ha dado de sí lo suficiente como para llenar un álbum completo. Lo publica Xtreem Music, un sello cuya encarnación anterior, Drowned Productions, ya se encargó de sacar su legendario debut en 1992, Chaopula: Citadel of Mirrors, tal vez el mejor disco de death metal grabado en la piel de toro. Ante la eterna disyuntiva entre hacer más de lo mismo o cambiar radicalmente de estilo, el grupo ha optado por una actualización depurada y sistemática que a todas luces brinda fantásticos resultados. […]

Necrophiliac – No Living Man is Innocent (2020)

Escuchando: Funeral Bitch – 2020 – The 80’s Demos

Hernández Sánchez-Barba, Mario – Hernán Cortés

Hernández Sánchez-Barba, Mario – Hernán Cortés, Colección Protagonistas de América, Historia 16, Quorum, Madrid, 1987

Hacía tiempo que tenía ganas de leer algo sobre Hernán Cortés, y la ocasión se planteó cuando, en mi última visita a la antigua sede del Instituto Iberoamericano de Finlandia en 2018, encontré este libro, junto a otro de la misma colección sobre Simón Bolívar, dentro de uno de los cajones de libros viejos que no iban a ser trasladados a la nueva sede y por ello se regalaban a quien se los quisiera llevar. Me vino bien que cayera en mis manos sin tener que pagar un duro ni tampoco buscarlo por mi cuenta, pero el hecho de ser un tomo publicado en 1987, justo antes de las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento de América, tiene marcadas implicaciones en el tono con el que está redactado. En aquellos años de exaltación civilizatoria pre-Expo y pre-Olimpiadas se estaba muy lejos de la visión más crítica, menos glorificadora y más matizada que se ha ido imponiendo en los últimos años. Por otra parte, quizá por pertenecer a una colección publicada por un diario, la edición no está tan cuidada como debería, y son numerosas las faltas de ortografía que ensombrecen las virtudes de un texto excesivamente laudatorio y hagiográfico, aunque correcto por lo demás. No obstante, los datos históricos contrastados no mienten, pese a que las interpretaciones puedan variar, y las andanzas de Hernán Cortés están lo suficientemente bien documentadas, empezando por las crónicas de la época, como para poder tener un conocimiento relativamente objetivo de las acciones del protagonista. Además de narrar su historia, el autor traza varios perfiles complementarios del personaje que sirven para ilustrar sus distintas facetas: más allá del héroe y el aventurero, se presenta a Cortés como excepcional estadista, humanista en su pensamiento (estudió letras y leyes en Salamanca en su juventud) y como individuo dotado de una personalidad arrolladora.

Como cabía prever, el libro obvia una cuestión que de un tiempo a esta parte ha cobrado importancia creciente, a saber, la dimensión moral de la Conquista. ¿Fue “buena” o “mala” la conquista de México? El tono de la obra se inclina más hacia lo primero, mientras que el lector moderno empatizaría más con lo segundo, pero realmente este enfoque, por común que resulte, no deja de ser inadecuado para abordar un fenómeno complejo que tuvo lugar en una época y dentro de unas sociedades muy alejadas de las actuales. Los hechos históricos deberían analizarse en sus causas y consecuencias, no en el significado moral que queramos extraer de ellos cinco siglos después. Quienes, sobre todo desde la Península Ibérica, siguen viendo en la Conquista de América un hito civilizatorio e incluso religioso están aferrándose a una concepción arcaica y eurocentrista, con una visión demasiado limitada. Pero también quienes, sobre todo desde los países hispanoamericanos, idealizan el estado azteca anterior a la llegada de Cortés, como si se tratara de una Arcadia de paz y hermandad entre los hombres, están faltando a la verdad por omisión y simplificación. A estos últimos se oponen los más leídos de entre los primeros, comparando el imperio de Moctezuma poco menos que con la Alemania nazi, introduciendo así una connotación genocida y totalitaria que es incorrecta además de anacrónica. En realidad, el símil más apropiado que podría hacerse es con el Imperio Asirio, ya que ambos fueron entidades militaristas en conflicto permanente que dominaron en un corto espacio de tiempo a numerosos pueblos vecinos. La victoria de Cortés se explica en buena parte precisamente gracias a la alianza con muchos de esos pueblos sometidos y obligados a pagar tributo, como el de Cempoala, o en conflicto abierto con el soberano de Tenochtitlán, como el de Tlaxcala. Las visiones extremas al gusto contemporáneo que esto último pueda suscitar, como la idea del libertador de los oprimidos frente a la del manipulador sin escrúpulos, caen por su propio peso al contraponerlas con dos rasgos evidentes del biografiado: sus dotes excepcionales para la diplomacia y su indudable don de la oportunidad.

Junto a las virtudes ya mencionadas del personaje, quizá la más importante sea su visión estratégica, unida a un elevado grado de audacia que se emplea con astucia y pragmatismo. Cortés es un brillante estratega capaz de superar las peores adversidades, desde el enfrentamiento con la expedición de Pánfilo de Narváez, salida desde Cuba para apresarlo por insubordinación, y cuyas tropas superaban a las suyas en proporción de tres a uno, hasta el desastre de la llamada Noche Triste, en la que, tras haber enfurecido a los aztecas en ausencia de Cortés, los españoles se vieron obligados a abandonar Tenochtitlán, sufriendo terribles bajas durante la retirada. Todas estas situaciones acabaron resolviéndose a la postre con victorias absolutas para Cortés, lo que hace que a día de hoy la Conquista de México nos parezca casi un paseo militar cuando en realidad fue todo lo contrario. El extremeño supo hacer de su arrojo una de sus mejores bazas, inspirando siempre a sus hombres al luchar en primera línea en todas las batallas, y tomando decisiones arriesgadas pero ambiciosas que le garantizaron siempre la iniciativa y terminaron por conducirle hasta el éxito. No hay que olvidar que, de hecho, la propia expedición a México fue fruto de la desobediencia de Cortés, que al ver cómo se le negaba el derecho a dirigirla, optó por adelantarse, organizar su propia tropa y echarse a la mar por su cuenta. Por otra parte, Cortés se muestra muy alejado de la clásica visión peyorativa del conquistador sanguinario y sediento de oro. Todos los testimonios señalan que sentía un gran respeto por su adversario Moctezuma, un gran rey con un estatus similar al de su propio señor Carlos V, y su idea de anexión de la Nueva España (término acuñado por él mismo) era, al menos inicialmente, una transferencia de soberanía de los nuevos territorios a la persona de un nuevo monarca de una forma similar a la operación por la cual el rey Carlos había llegado a ser Emperador de Alemania, lo que da fe de un sentido de estado que Cortés tuvo desde el primer momento.

Resulta o debería resultar obvio que no es posible defender la grandeza de la Conquista en los mismos términos gloriosos que se emplearon durante los siglos pasados, pero también es preciso distinguir, en la crítica demoledora de ayer y de hoy, la propaganda contemporánea y posterior que respondía a los intereses de las potencias enemigas, entre las que se contaban Francia y, más tarde, Inglaterra y los Países Bajos, que no solamente codiciaban las inmensas riquezas que el Imperio Español extrajo de América sino que, en cuanto pudieron, desarrollaron su propio colonialismo tanto o más cruento y despiadado. Esto no quiere decir que la colonización española no fuera explotadora e inhumana, que lo fue, pero no más que otras, es decir, que a diferencia de lo que en ocasiones se afirma, su razón de ser principal y motivación exclusiva no eran producir sufrimiento. Además del afán de enriquecerse, los conquistadores estaban impulsados por un genuino sentimiento religioso que desde la perspectiva actual no cabe interpretar como una postura hipócrita ni un ornamento puramente teórico. En la visión de la época, el beneficio económico, la propagación de la fe y el servicio a la monarquía eran tres pilares de una misma concepción del mundo que, lejos de servir de excusa unos para otros, eran perfectamente complementarios. Esto queda patente en las misivas de Cortés a su soberano, a quien hace entrega de todo lo conquistado con la devoción de un fiel vasallo. Todo lo enumerado anteriormente produce una enorme fascinación al lector, pero probablemente lo que más impresiona a quien suscribe es la magnitud de la hazaña, la conquista de todo un imperio con unos pocos cientos de soldados, no porque estos fueran muy superiores a todos los niveles, como se ha dicho con frecuencia, sino sobre todo porque su líder fue capaz de mover los hilos con suma habilidad para propiciar esa conquista en un lapso temporal increíblemente breve. Además de su personalidad, sus múltiples talentos y su fructífera audacia, Hernán Cortés es el máximo paradigma del aventurero que surca medio mundo para buscar fortuna en tierras lejanas y desconocidas, y por ese motivo no dejará nunca de suscitar interés y admiración atemporales.

Escuchando: Necrophiliac – 2020 – No Living Man is Innocent

Ortega y Gasset, José – España invertebrada

Ortega y Gasset, José – España invertebrada, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1968 (1921)

Llegué a este libro a través del programa En la Frontera de Público TV, en uno de cuyos episodios el presentador, Juan Carlos Monedero, citaba varias de las ideas principales aplicándolas a consideraciones actuales. Me apunté el título para una búsqueda futura, sin sospechar que, poco después, el azar querría que me encontrara una vieja edición del mismo en un punto de libros donados para compartir, justo al lado de mi casa, lo que propició que pudiera hacerme con él mucho antes de lo esperado. Inicialmente me sorprendió su bella prosa, erudita y cuidada pero también fluida y muy comprensible, una lengua más propia de un esteta que de un filósofo o sociólogo al uso. Pero pronto me dejé cautivar también por el planteamiento en sí, que no solamente resulta de gran interés y originalidad, sino que admite no pocos paralelismos insospechados con la situación sociopolítica de hoy en día.

En sus primeras páginas, esta obra breve trata de esclarecer los orígenes de la decadencia de España, que para su autor se remontan al instante mismo de su constitución como entidad, el momento en que Castilla y Aragón se unieron para configurar un ente político de nuevo cuño. A diferencia de la construcción paulatina y cohesionada del Imperio Romano, o del progresivo surgimiento de los estados nacionales compactos que son Francia e Inglaterra, para Ortega y Gasset nunca hubo una España unitaria, sino una suma de cuerpos distintos que aguantaron juntos mientras duró el ímpetu expansionista y colonizador, y comenzaron a disgregarse en cuanto ese hálito empezó a flaquear. Eso es lo que explica el progresivo desmembramiento del Imperio Español y, a la postre, la aparición de nacionalismos y separatismos dentro de la propia península, una vez perdidos los territorios de ultramar. Esta es una idea que no solamente resulta plausible y novedosa, sino que además tiene la virtud de englobar un lapso temporal suficientemente amplio como para extraer conclusiones de gran calado, a diferencia de las visiones más cortoplacistas que abordan la larga decadencia española en sus últimos dos o tres siglos sin indagar en posibles causas anteriores.

Este fenómeno de lenta descomposición tiene su reflejo en el aumento de lo que Ortega llama el “particularismo” de las clases y grupos profesionales, que es lo que sucede cuando cada uno de los distintos colectivos que conforman la sociedad deja de mirar por el bien común y el funcionamiento global y pasan a pensar exclusivamente en sus propios intereses, operando como compartimentos estancos. Al intensificarse con el tiempo, el resultado de este particularismo es lo que se denomina “acción directa”, que consiste en la renuncia a la vía política y la conciliación para lograr los objetivos, optando en su lugar por actuar en solitario y en contra de los demás. El ejemplo más claro de particularismo y acción directa, al que el autor dedica un capítulo entero, es el del estamento militar. Desprovisto de guerras coloniales y empresas de envergadura que le den razón de ser, incomprendido y mal visto por el resto de grupos sociales debido a las derrotas sufridas en los traumáticos conflictos de finales del siglo XIX, Ortega pronostica que si las cosas siguen el mismo rumbo para el ejército, los militares llegarán a tal punto de desconexión y alejamiento del resto de la sociedad que terminarán por volverse contra ella y tratar de tomar su control por la fuerza, una afirmación que resulta casi profética en un libro publicado originalmente en una fecha tan temprana como 1921.

Pese a los indudables y clarividentes aciertos del autor al señalar la falta de homogeneidad de España como origen primordial de su tensión centrífuga y al destacar la relevancia del particularismo en la disgregación social de su tiempo, en el libro encontramos también algunos sesgos que a día de hoy se leen con una mirada algo diferente. En primer lugar su manifiesta adoración por Inglaterra, Francia e incluso Alemania, países que, al menos en los dos primeros casos, se encontraban en el punto álgido de su hegemonía en los tiempos en los que escribía Ortega, y de los cuales se tiene actualmente una visión algo menos idílica y más contrastada. Al mismo tiempo, se muestra un patente desprecio por casi todo lo hecho en España, incluida la época de Carlos III, probablemente la más brillante después del cénit imperial de Felipe II, y que el autor despacha como una mera excepción prácticamente desprovista de importancia. Cabe suponer que en su tiempo la mayoría de intelectuales españoles estaba fuertemente influida por el pesimismo de la generación del 98, el peso de la leyenda negra y la mala reputación de España en el extranjero debido a una Historia escrita tradicionalmente por los enemigos del Imperio que, a partir de finales del siglo XIX, tras las derrotas definitivas, se empezó a asumir como única versión, canónica y verdadera. Ha tenido que pasar casi un siglo para que una nueva generación de historiadores, esta vez autóctonos, comience a poner en entredicho esa versión maniquea e interesada a través de una bibliografía sólida y bien documentada, con obras recientes como Imperiofobia (María Elvira Roca Barea), España, Un relato de grandeza y odio (José Varela Ortega), La guerra del inglés (Manuel Moreno Alonso) o Hablamos la misma lengua (Santiago Muñoz Machado).

Si la primera parte de este “ensayo de ensayo”, como lo llama su autor, se ocupa de historia y sociología, la segunda se centra exclusivamente en ese último ámbito para introducir la idea de la “rebelión de las masas”, un concepto que sería retomado más adelante en otro libro con ese mismo título, que vio la luz en 1926. En España invertebrada, esta expresión se emplea para describir el problema fundamental de España como país compuesto por masas que carecen de un estamento que las dirija, y sienten un hondo desprecio por cualquier tipo de élite. El sentido de este último término, no obstante, no debe confundirse con ningún tipo de aristocracia o minoría con poder político, ya que el propio autor se cuida bien de precisar que la política no es más que una capa superficial de la vida de una nación, mientras que la cultura y las mentalidades operan a niveles mucho más profundos y esenciales. A este respecto, Ortega señala claramente que no aboga por un clasismo convencional que situaría a una clase burguesa o aristocrática en la parte superior, pero vista desde los ojos del siglo XXI, su postura no deja de resultar de un elitismo exacerbado al considerar que únicamente una clase intelectual superior puede desarrollar, dirigir y “salvar” el país, insinuando, a través de sus duras críticas al comunismo incipiente de su época, que el pueblo llano es ignorante y torpe por naturaleza, una idea profundamente conservadora y contraria a las sensibilidades más progresistas surgidas con posterioridad.

Al defender la preeminencia de quienes denomina como “los mejores”, es decir, los individuos más inteligentes y mejor preparados, e insistir en la importancia de que sean tenidos en cuenta y seguidos como ejemplo en una sociedad que se caracteriza por detestarlos y rehuirlos, el autor parece asentar un axioma irrefutable que nadie se atrevería a contradecir en el plano teórico. Sin embargo, esta dicotomía plantea algunos problemas cuando se lleva al terreno práctico, porque establece una división más bien simplista entre una minoría con talento y preparación y una mayoría ignorante y zafia, que se resiste conscientemente a dejarse influir por la primera. ¿Pero dónde empieza una y acaba la otra? ¿Es adecuada la capacidad o el rendimiento intelectual como único criterio para definir al colectivo de los mejores? ¿Acaso las condiciones materiales, la estructura de la sociedad y las distintas expectativas realistas de mejora de la vida de cada uno no tienen también cabida en una consideración tan drástica? El autor parece plenamente imbuido por la idea clásica del espíritu autóctono e inmutable de los pueblos como factor determinante para su devenir y sus vicisitudes, sin tener demasiado en cuenta las circunstancias históricas, sociales y económicas de los mismos a lo largo de las distintas etapas de su historia.

El último periodo democrático de la España reciente, sin ir más lejos, constituye un claro ejemplo de rapidísima evolución, gracias a una coyuntura favorable, desde unos marcados rasgos tradicionales hasta una sociedad mucho más abierta, diversa y plural que habría sido inimaginable décadas atrás, aunque está claro que Ortega no podía prever el futuro a tan largo plazo. Pese a los problemas y las rémoras actuales, los españoles de hoy somos conscientes de que los países del Norte de Europa que antes tanto admirábamos no son tan distintos del nuestro y albergan también sus propios vicios y carencias, que se deben, como los nuestros, a la complejidad de las circunstancias y su desarrollo histórico más que a un genio nacional único e intransferible. No obstante, a pesar de las reservas expresadas en los párrafos anteriores, las ideas originales y aún vigentes que exponíamos al principio justifican plenamente la lectura de este libro y, salvando la distancia temporal, siguen siendo útiles para entender no pocos fenómenos de candente actualidad.

Escuchando: Remedios Amaya – 1983 – Luna Nueva

Excursión a Ávila (29 de febrero de 2020)

Entrada de la muralla

Iglesia de San Vicente

Cenotafio románico de los santos Vicente, Sabina y Cristeta

Catedral de Ávila desde las murallas

Paseando por el adarve

Vista del crucero en el interior de la catedral

Sepulcro renacentista de Alonso Fernández de Madrigal, “El Tostado”

Vista de Ávila desde el Mirador de los Cuatro Postes

Escuchando: Apocalypse Command – 2011 – Damnation Scythes of Invincible Abomination

Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019)

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Decía José Luis Cuerda, probablemente medio en broma, medio en serio, que le daban ganas de pegar un guantazo a todos aquellos, muy numerosos, que afirman que en el cine español hay demasiadas películas sobre la Guerra Civil. El célebre director señalaba que, aunque sí es cierto que en muchas aparece de fondo el conflicto, aquellas en las que es el protagonista se cuentan con los dedos de una mano. Las que más se acercan tal vez sean La Vaquilla, que no es un filme bélico sino una comedia agridulce, o quizá Tierra y Libertad, que tampoco es estrictamente una película de guerra y de hecho ni siquiera es española. En las demás, la guerra sirve como telón de fondo para centrarse en puntos muy concretos o historias que no suelen estar relacionadas directamente con ella. Esta nueva obra de Amenábar, a pesar de su título, tampoco trata directamente sobre la guerra (no se ve ningún combate y tan solo aparecen muertos en un instante furtivo), sino sobre las consecuencias que tuvo la sublevación de julio de 1936 sobre, por una parte, el entorno salmantino de Miguel de Unamuno y, por otra, la cúpula militar de los golpistas, con Francisco Franco como figura destacada.

Confieso que no tenía muy claro que la película me fuera a gustar, y de hecho fui a verla con unas expectativas más bien bajas, que contribuyeron a que mi impresión final fuera bastante positiva. Ello se debe a que recientemente había vuelto a ver Ágora, que no me gustó nada cuando me la puse por primera vez hace cosa de nueve años, y aunque en el segundo visionado le saqué algunos puntos positivos en los que no había reparado inicialmente, no dejó de parecerme una película con buenas intenciones y un planteamiento bastante interesante que acababa viéndose lastrada por ese defecto compartido por tantos directores (anglosajones principalmente) que se ven en la obligación de señalar de forma meridiana las conclusiones a las que apuntan en su historia, sin permitir que sea el espectador quien las encuentre o quien decida por su cuenta cuáles son las suyas. En Mientras dure la guerra también hay algo de eso, aunque sus virtudes positivas compensan la sobredosis explicativa a la que Amenábar no parece capaz de resistir. Hay que señalar que no estamos ante una cinta realmente única ni excepcional, pero sí ante algo que, además de recrear con minucioso rigor y llamativa vitalidad una época histórica clave de nuestra historia reciente, la aborda desde un punto de vista distinto del habitual.

Por un lado, la figura de Unamuno, el protagonista, aparece con sus luces y sombras, sus virtudes y contradicciones, y pese a su famosa intervención en la escena de su enfrentamiento con Millán-Astray (cuya enérgica interpretación por parte de Eduard Fernández es una de las mejores cosas que tiene la película), lo cierto es que no sale demasiado bien parado. La República, por otro lado, tampoco se presenta con su habitual imagen idealizada, y además de ilustrarse la maraña de ideologías que se disputaban la hegemonía durante aquellos tiempos, se incide en la idea de que, inicialmente, ambas facciones reivindicaban que su intención era “salvar la República”, en lugar de destruirla o defenderla, respectivamente. Pero sin duda lo más acertado es presentar a los sublevados como personas de carne y hueso, no como monstruos sanguinarios (El laberinto del fauno), fanáticos insensibles (¡Ay, Carmela!) o tiranos sin escrúpulos (Pájaros de papel), como se ha hecho tan a menudo anteriormente. Al retratarlos como seres humanos normales, con sus vicios, sus trivialidades pero también sus rasgos más amables, se puede intentar entender por qué hicieron lo que hicieron y cómo el intento de golpe de Estado del 36 no es sino el capítulo final de la larga y progresiva evolución de lo que, en su libro España invertebrada, Ortega y Gasset denominaba el “particularismo” del estamento militar, cada vez más ensimismado y desconectado del resto de la sociedad, especialmente desde el trauma de la Guerra de Cuba. Se exponen los motivos y argumentos de los militares expresados por ellos mismos, sin que ello evite que uno se horrorice al ver que todos ellos, con Franco a la cabeza, estaban dispuestos y ansiosos por imponerlos por encima del cadáver de todos los españoles que no pensaban como ellos.

A pesar de su aproximación a la humanidad de los “villanos”, Mientras dure la guerra no supone un lavado de cara de la imagen de Franco y los franquistas, como he oído decir a algunos comentaristas simpatizantes de la Segunda República, sino un bienvenido intento de comprender las motivaciones de “los otros” en ese conflicto que suele explicarse como una lucha entre buenos y malos en la que los malos ganaron, y siguen ganando. El hecho de que desde la otra trinchera, la de la prensa de derechas, la respuesta al estreno haya sido disparar salva tras salva de puntualizaciones de errores históricos e imprecisiones, que no son ni de lejos lo más importante (por la sencilla razón de que las películas son ficción, no documentales), deja claro que la presunta simpatía por Franco se limita al intento de evitar un enfoque maniqueísta. La intención manifiesta de reflejar con la necesaria distancia el ambiente intelectual y moral de una época tan convulsa es de por sí algo loable, pero el mensaje principal que Amenábar parece querer transmitir es que si todos, izquierdistas como derechistas, estamos condenados a vivir en un mismo país, más vale que intentemos entender los motivos del otro, por diametralmente opuestos que sean, para poder llegar a acuerdos y sellar un nuevo contrato social que facilite la convivencia a medio y largo plazo, sin tratar de mejorar la posición propia a base de destruir la del otro. Si una idea tan sencilla y razonable parece ingenua y utópica es porque nos encontramos en una situación política e histórica en la que parecemos incapaces de convivir, no ya entre bandos ideológicos, sino incluso entre Comunidades Autónomas. Por esa razón, los productos culturales que nos hagan franquear esa distancia, aunque sólo sea por un momento, son cualquier cosa menos superfluos.

Escuchando: Estampie – 1994 – Ludus Danielis

[Panfleto electoral] La repetición de elecciones y los límites de lo posible

Fuente: Diario El País, 04/11/2019

– Property monopolized or in the possession of the few is a curse to mankind.
– John Adams

Coincido con el diagnóstico de muchos de mis conciudadanos que opinan que unas segundas elecciones son algo que habría que haber evitado. Comparto también la impresión de que los partidos deberían haberse esforzado mucho más por encontrar un acuerdo, y que su reiterado fracaso a la hora de intentarlo ha sido lo que ha propiciado que la ciudadanía tenga que votar por cuarta vez en un espacio de tan sólo cuatro años. Sin embargo, no soy de la opinión de que todos ellos hayan tenido el mismo nivel de responsabilidad, como se suele escuchar. No quiero entrar a valorar quién ha tenido más culpa y quién menos, porque me parece un enfoque demasiado subjetivo y que a estas alturas ya no aporta mucho. En su lugar, me parece más interesante y significativo pararse a pensar en quién sale beneficiado de la repetición electoral. Según muchos de los sondeos, el bipartidismo, PSOE incluido, saldría reforzado de la cita con las urnas, mientras que otros partidos, entre los que figura Unidas Podemos, perderían votos irremediablemente. Este panorama es el que explica, a mi modo de ver, que el PSOE no haya hecho verdaderos esfuerzos para entenderse con Unidas Podemos desde las elecciones de abril, mientras que desde el campo morado las cesiones e intentos de acercamiento han sido más destacados. Pero lo que más me llama la atención de todo el asunto no es que las negociaciones en pos de un hipotético gobierno rojimorado hayan sido tensas y difíciles, cosa que era bastante predecible, sino el hecho de que en la recta final se haya dejado entrever, por parte del PSOE, que un acuerdo con Unidas Podemos era algo imposible por principio, un escenario que ni siquiera cabía plantearse seriamente porque no encajaba de ninguna manera dentro de sus planes.

Las desavenencias entre PSOE y Unidas Podemos a la hora de buscar un pacto han sido una constante desde las primeras elecciones en las que la formación morada obtuvo representación parlamentaria. Más allá de la presunción de ideología izquierdista que teóricamente une a ambos partidos, las diferencias en las concepciones económicas, políticas y sociales son muy marcadas. No obstante, a quien suscribe no deja de llamarle la atención que frente al notable cambio de tono entre el discurso arrogante y agresivo de Podemos a principios de 2016 y el estilo mucho más dialogante y pragmático de 2019, la postura del PSOE ha sido igualmente distante, manteniéndose por lo general contraria a cualquier tipo de acuerdo y sin dudar en hacer guiños ocasionales a PP y Cs para buscar su abstención. Debo puntualizar que no creo que esta conducta se deba tanto a algún tipo de odio o sed de venganza irreconciliable como a algo mucho más profundo y fundamental: la idea, compartida con el resto de partidos mayoritarios y con la élite económica, mediática y financiera, de que queda fuera de los límites de lo posible que Unidas Podemos entre algún día a formar parte del Gobierno de España. Esto tampoco se debe principalmente a ningún tipo de rivalidad partidista, diferencias personales o teorías de la conspiración, sino al simple hecho de que, pese a haber moderado en gran medida sus planteamientos desde su aparición en 2014, Unidas Podemos cuestiona aún muchos de los fundamentos económicos, sociales y organizativos del sistema neoliberal imperante, que la derecha española abraza sin matices y el PSOE acepta tácitamente desde hace al menos varios lustros. Esta posición más allá de los límites de lo posible explica que Podemos siga siendo una formación definida como radical y antisistema, mientras que un partido de extrema derecha como Vox ha sido integrado sin problemas dentro del panorama político desde el día siguiente a haber obtenido representación en el Congreso.

Pero los límites de lo posible no solamente existen en el terreno puramente político, sino que trascienden también a la sociedad y la mentalidad de las personas. Para muchos españoles, Podemos y Unidas Podemos siguen siendo gente que nunca podría gobernar el país, por una larguísima serie de razones que van desde su presunta naturaleza de comunistas, revolucionarios o individuos sin experiencia política ni gestora hasta el hecho de que lleven pelo largo o rastas, no usen corbata o no crean en Dios o en las tradiciones. Acostumbrados a una élite política de personas de aspecto cuidado, con estudios de Derecho y Administración de Empresas o carrera en el funcionariado, larga trayectoria de pertenencia a un partido y sólidos vínculos con el mundo de la empresa y las finanzas, a muchos parece resultarnos inverosímil que una panda de desarrapados con pintas pueda pretender dirigir un Estado moderno. Obviando las evidentes diferencias temporales e incluso estéticas, sin duda a la Izquierda Unida de Julio Anguita le ocurrió algo parecido cuando se enfrentó al PSOE de Felipe González por la hegemonía de la izquierda, esgrimiendo verdades tan incómodas y por aquel entonces aún desconocidas como eran las repercusiones negativas para España del Tratado de Maastricht. Se podría argumentar que la sociedad española es mayoritariamente conservadora en lo político y tiende a preferir lo malo conocido, pero en realidad eso es algo que podría aplicarse a casi todos los países. Cualquier nación tendría que verse en una situación verdaderamente nefasta como para optar por un cambio radical, como cuando en 2015 Grecia llevó al poder a un partido outsider como Syriza. En España, Podemos ha obtenido un gran porcentaje de votos en los sucesivos comicios, pero el bipartidismo sigue teniendo arraigo suficiente, entre otros motivos, porque todavía hay mucha gente que considera que un partido corrupto pero previsible como el PP o neoliberal en lo económico pero vagamente progresista en lo social como el PSOE son preferibles a las ideas, juzgadas utópicas o irrealizables, de redistribución de la riqueza, revitalización de lo público, reivindicación de los de abajo frente a la élite o protección de derechos, cuidados y libertades que defiende Unidas Podemos, situándose de esa forma al margen de las tendencias normativas en materia política y económica en la mayor parte del mundo y, por ello, fuera de los límites de lo posible para la mentalidad convencional.

Hablando con distintas personas e incluso a la hora de reflexionar antes de redactar estos panfletos políticos que tanto me gusta escribir, me he topado con multitud de argumentos que confirman esta teoría de la percepción mayoritaria. Cuando se intentan explicar los cambios sociales, económicos y administrativos que pretende poner en práctica Unidas Podemos, la respuesta habitual es señalar que es imposible implementarlos y/o que no hay dinero para ello, sin entrar a evaluar si se trata o no de propuestas positivas y beneficiosas para el bien común. Cuando se discuten los motivos por los que PSOE y Unidas Podemos no consiguen ponerse de acuerdo, en lugar de señalar diferencias programáticas, propuestas concretas o razones ideológicas, se invocan invariablemente las desavenencias personales entre los líderes, las distintas expectativas de cara a la configuración de un hipotético gobierno de coalición o la cuestión catalana. Este último punto, que desde el PSOE se asume como línea roja infranqueable, es un tema digno de estudio y muy revelador a la luz de lo que estamos analizando. Cuando se critica que la posición de Unidas Podemos es ambigua, poco clara o incluso proindependentista, se olvida que durante más de 30 años los nacionalismos periféricos crecieron al calor de sus reiterados pactos con el partido nacional de turno, y que en los últimos 10 años la rigidez e intransigencia a ambos lados del Ebro ha caldeado los ánimos y aumentado la tensión en las dos partes, azuzando al independentismo y dando alas a un españolismo exacerbado que ya ni siquiera siente la obligación de disimular. Teniendo esto último en cuenta, no parece tan descabellado pensar que unas posturas más abiertas y dialogantes, incluyendo la posible realización de un futuro referéndum pactado y con supervisión internacional, puedan hacer más por la unidad de España que perpetuar las mismas políticas de los últimos años, con los pobres resultados que estas han dado y siguen dando hasta la fecha. A pesar de ello, un viraje en el conflicto catalán es algo que para muchos está más allá de los límites de lo posible, aunque haya claras evidencias de que el enfoque que se ha seguido hasta ahora deja bastante que desear.

Por todo lo dicho, considero que la idea de los límites de lo posible funciona bastante bien para explicar tanto las dificultades de formar un gobierno en el que figure Unidas Podemos como las reticencias que alberga buena parte de la población, incluida la que se define como progresista o de izquierdas, a la hora de votar a una formación a la izquierda del PSOE. Cierto es que la ley electoral vigente o, mejor dicho, la configuración de las circunscripciones electorales no ayuda, pero Unidas Podemos ya demostró que hasta eso no es escollo suficiente para obtener un buen resultado electoral. El hecho de que en abril de 2019 el PSOE sacara más del doble de votos que Unidas Podemos apelando a un espíritu de izquierdas, que suele brillar en sus campañas electorales y desaparecer en cuanto se constituye el Congreso, es buena muestra de que, para mucha gente, no existe voto de izquierda que no sea al PSOE. Pese a todo lo expuesto anteriormente, me gustaría terminar este escrito con una nota de optimismo, porque si bien es verdad que las inercias y las ideas establecidas son difíciles de cambiar, sobre todo en un país resignado, envejecido y dócil con el poder como es el nuestro, no es menos cierto que las mentalidades evolucionan, las percepciones varían y la gente se moviliza en ocasiones, como ha ocurrido en distintas ocasiones desde el restablecimiento de la democracia. Con ello se modifican también los límites de lo posible, y cosas que ayer eran impensables para la mayoría acaban pasando a ser de sentido común. Igual que se aprobaron y aceptaron socialmente medidas como el matrimonio gay o la ley antitabaco, a las que muchos auguraban un fracaso seguro, la intención manifiesta de Unidas Podemos de enfrentarse a las eléctricas, los alquileres abusivos, los recortes, las privatizaciones, los desahucios o la desigualdad podría pasar con el tiempo del terreno de la entelequia y lo inviable o imposible a ser asumida como algo fundamental por una clara mayoría. Esa es la tarea que el partido/movimiento tiene enfrente, más allá de la dinámica electoral e incluso con preferencia sobre esta. La posibilidad de que lo consiga al menos en parte, más pronto o más tarde, dependerá de la firmeza y convicción con que se examinen y pongan en cuestión esos límites de lo posible que nos constriñen, como sociedad y como Estado, dentro de un sistema profundamente injusto y desigual que admitiría una multitud de reformas con las que algunos nos atrevemos a soñar.

Escuchando: Pandelis Thalassinos – 1999 – Ap tin tilo os tin Thraki

Selfie (Víctor García León, 2017)

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Un equipo de grabación sigue a un joven de buena familia para documentar su vida, por alguna razón que no llegamos a conocer. Debido a la repentina encarcelación por delitos de corrupción de su padre, ministro del Gobierno, su existencia se convierte de pronto en un descenso a los infiernos, a medida que se queda sin dinero y sin plaza en la universidad, se ve obligado a mudarse de La Moraleja a Lavapiés, a buscar trabajo y compartir piso como hacen los hijos de la clase trabajadora con la que él nunca ha tenido nada que ver, mientras su familia y supuestos amigos se desentienden por completo de él.

La historia se narra sin marcados dramatismos y con carcajadas que nunca son completas, en un conseguido tono neutral que logra que nos compadezcamos de las vicisitudes del protagonista sin dejar por ello de odiarlo por cómo es y cómo se comporta. No obstante, las personas del otro lado del espectro social con las que interactúa tampoco salen demasiado bien paradas, al ver expuestos sus defectos ante el mismo espejo omnisciente de la cámara, que hace las veces de reflejo nivelador de la convulsa situación político-social en torno a las Elecciones Generales de 2015, cuyas campañas previas también aparecen retratadas en la película.

El cuadro esbozado es el de una España ensimismada, ilusa y desnortada, sin importar la posición ideológica, que se ilustra con fina ironía, emotividad muy contenida y un lejano aunque palpable atisbo de esperanza, ingredientes en apariencia totalmente contrarios entre sí que sin embargo encajan en un equilibro tan delicado como magistral. Por si esto fuera poco, este falso documental se produjo con cuatro pesetas, pero está tan conseguido que parece real. Si hubiera que señalar una película que dé cuenta con imaginación y exactitud de la agitación política de la década de 2010 y sus contradicciones, bien podría ser esta.

Escuchando: Xantotol – 2004 – Liber Diabolus 1991-1996

[El Negro Metal] Disco del mes – JULIO: Calyx – Vientos arcaicos (2019)

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Calyx – Vientos arcaicos (Iron Bonehead, 2019)

Ahora que el año está bien avanzado es posible observar con perspectiva lo publicado hasta la fecha y distinguir más títulos que merecen la pena. Ese es el caso del debut de un nuevo grupo zaragozano llamado Calyx, que vio la luz hace apenas dos meses. Lo publica un sello tan destacado como Iron Bonehead, que de un tiempo a esta parte apuesta más por grupos noveles y/o underground, lo cual es ciertamente loable. Los maños han hecho los deberes, con seis años de actividad y tres maquetas a sus espaldas antes de lanzar su primer disco completo, algo que empieza a ser raro en la era digital y que se nota en la solidez de las composiciones y la seguridad en la ejecución. Puede que no suponga ningún terremoto que socave los cimientos del metal extremo tal y como lo conocemos, pero lo que sí caracteriza a Vientos arcaicos es su manifiesta autenticidad y la claridad de la visión de sus creadores hábilmente transformada en música. […]

Calyx – Vientos arcaicos (2019)

Escuchando: Desecresy – 2019 – Towards Nebulae

Vila-Matas, Enrique – Bartleby y compañía (2000)

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Vila-Matas, Enrique – Bartleby y compañía, Seix Barral, Planeta, 2000 (Reed. 2015)

Lo primero que cabe decir sobre este libro es que es cuanto menos atípico. Su narrador es un aficionado a la literatura que desde el primer momento confiesa su incapacidad para escribir, y su estructura responde a una serie de notas al pie a un texto que no existe. Algunas de las notas son de carácter personal, pero la mayoría de ellas son glosas acerca de algún escritor más o menos conocido de la literatura universal que, en determinado momento de su vida y por circunstancias dispares, decidió no volver a escribir. Este compendio de creadores voluntariamente mudos va engrosando una creciente lista de lo que el narrador denomina “escritores del No” y a la cual dedica todo su tiempo y energías tras haber abandonado su oficina indefinidamente con la excusa de una enfermedad. A través de las peripecias y elucubraciones de su malhadado y torpe pero también asombrosamente culto autor, el lector va descubriendo la vida, peculiaridades y contradicciones de distintos creadores, unos más famosos, otros bastante menos, pero todos ellos de indudable interés para quien tenga curiosidad por la historia de la literatura más heterogénea.

Bartleby y compañía es quizá el libro más conocido y reconocido de Enrique Vila-Matas, lo cual resulta un tanto extraño, teniendo en cuenta que la mayoría de escritores de su generación se consagraron como novelistas mucho antes, a lo largo de la década de los ochenta, pero tal vez esto sea una buena muestra del carácter inusual de su obra y de un autor que, en palabras de Manuel Rodríguez Rivero, ha convertido la imposibilidad de escribir en un estilo propio (cito la frase de memoria, no recuerdo en qué Babelia la leí). En ese sentido, el narrador del libro bien podría ser su alter ego, exagerado y casi cómico, pero no por ello menos identificable. Desconozco si el resto de libros de Vila-Matas comparten estas mismas características, pero mi impresión al leer este ha sido muy positiva, no tanto por la propia prosa, muy sencilla y casi sin brillo ni florituras (rasgos quizá deliberados) como por la ventana que abre sobre la historia de la literatura desde una perspectiva distinta y original. Me parece muy recomendable para quien pueda estar interesado en este último punto, para cualquier otra persona el planteamiento tal vez resulte excesivamente específico e impenetrable.

Escuchando: Krypts – 2019 – Cadaver Circulation

Elecciones 2019

Aquí va otro panfleto preelectoral, a la atención de quienes todavía tengan dudas.

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Pasados ya cinco años desde el nacimiento del partido y a las puertas de unas nuevas elecciones, es buen momento para recapitular sobre la andadura reciente de Podemos. A diferencia de aquellas primeras citas electorales en las que todo era novedad e ilusión, a estas alturas existen no pocas sombras y dudas sobre la evolución del partido y sus últimas maniobras, y soy partidario de hacer un ejercicio de crítica tan sincera como sea posible. A nivel de simpatizante, he podido comprobar cómo las últimas primarias (hablo por la Comunidad de Madrid) han sido más un plebiscito que unas verdaderas elecciones, ya que tan sólo se presentó una lista, junto a un puñado de candidatos sueltos. No sé si es un caso que se repite en muchas más Autonomías, pero me parece un síntoma preocupante de la creciente falta de pluralidad en la formación. También el relativo fracaso hasta la fecha a la hora de reeditar las exitosas confluencias de 2015 y 2016 agita el viejo fantasma del peligro de fragmentación de la izquierda por cuestiones ideológicas de segundo rango o, peor aún, luchas de egos y pugnas por sillones. La postura de Podemos en la cuestión catalana, uno de los temas más relevantes de esta campaña electoral, también ha resultado claramente perjudicial para sus intenciones de voto. En este caso, no obstante, cabe señalar que dicha postura, a favor de la negociación y de un referéndum pactado, es la misma que el partido defiende desde sus orígenes, y si últimamente se ha visto relegada ha sido más por el envenenamiento del debate público que porque haya sido descartada por sus potenciales votantes. Algunos señalan también como error el no haber capitalizado el éxito de la moción de censura de Sánchez para ocupar varios ministerios y desempeñar verdaderas funciones de responsabilidad estatal, pero esa aparente debilidad se debe, a mis ojos, a la voluntad de no poner ninguna traba para que Sánchez pudiera ser presidente en lugar de Rajoy, y en ese gesto debe verse más generosidad que torpeza. Por último pero no menos importante, la gestión de un asunto tan nimio como el del chalé de Pablo Iglesias, al ser objeto de una desafortunada consulta a las bases, convirtió en cuestión de Estado lo que no debía haber salido del ámbito personal, regalándole a la prensa más motivos de difamación gratuita. Independientemente de que el fondo del asunto fuera una hipoteca por una cuantía que dista mucho de ser desmesurada, el impacto simbólico fue mayúsculo, porque supuso la transformación del joven idealista de Vallecas en un señor propietario de Galapagar, y no hay que olvidar que en política los símbolos, y no sólo los discursos, son fundamentales.

Todos los puntos enumerados y algunos más los tengo en cuenta al escribir estas líneas, pero lo cierto es que no soy ningún desencantado. Desconozco si los más acérrimos partidarios de Podemos hace unos años se cuentan ahora entre sus mayores detractores, pero en lo que a mí respecta ni he sido un incondicional en los primeros tiempos ni tampoco ahora echo pestes de lo que pudo ser y no ha sido. Cuando uno se mete en el fango de la política, enfrentándose a cuestiones prácticas, se ve obligado a aceptar compromisos e incurre en contradicciones de todo tipo. En el caso de Podemos, tal vez el escollo más importante al que se ha enfrentado durante la última legislatura haya sido la dificultad de conjugar su representación en el Congreso con su naturaleza originaria de movimiento extraparlamentario, aunque incluso en este aspecto el balance ha sido positivo. La coalición Unidos Podemos no solamente ha traído a la Cámara nuevos aires y discursos, además de perfiles más coloridos y distintos de lo habitual, sino que también ha llevado a cabo una intensa actividad parlamentaria, transmitida en el mejor de los casos con gran discreción por la mayor parte de los medios, y parcialmente frustrada por el propio funcionamiento del Congreso. Junto a numerosas iniciativas que no lograron prosperar, sus dos éxitos más señalados son sin duda la histórica subida del salario mínimo, cuyo cuantía final cabe atribuir más a Podemos que al PSOE, y los malogrados Presupuestos Generales pactados para 2019, los más sociales de toda la historia de la democracia en España, que habrían sido refrendados si no fuera porque ERC decidió que su afán independentista primaba sobre cualquier otra consideración estratégica o ideológica. Estos dos hitos son buena muestra de lo que ha podido conseguir una fuerza progresista tratando con un PSOE sin mayoría absoluta que no pudo permitirse, como en otras ocasiones no muy lejanas, olvidar lo prometido a las bases y los votantes durante la campaña electoral para dejarse guiar por la cúpula del partido, visiblemente más afín a las directrices de los consejos de administración.

Las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina son singulares porque han dejado al descubierto, por primera vez en mucho tiempo, dos opciones políticas claramente diferenciadas, una de tendencia progresista, más social y dialogante, y otra reaccionaria, de corte neoliberal y autoritario. Las tres derechas de Colón, además de compartir su uso de la bandera para tapar todos los problemas de desigualdad, el desmantelamiento del Estado de bienestar y los servicios públicos y el retroceso progresivo de derechos sociales y libertades individuales, coinciden en apuntar, con buenas palabras y apelando al optimismo, hacia un futuro que enfrente a los pobres con los muy pobres y favorezca únicamente a quienes ya obtienen los máximos beneficios del modelo social predominante. Pero lo más preocupante probablemente sea la aceptación pública del discurso de la más reciente y extrema de esas tres fuerzas, que no es muy distinto del que era hegemónico antes de la implantación del actual régimen democrático. El ideario franquista sobrevivió a la Transición y siempre ha estado ahí, escondido en los recovecos más discretos que le reservaba el Partido Popular, pero en el momento en que la escalada nacionalista se ha vuelto bilateral ha salido a la luz sin disfraces ni medias tintas, en una escalada vertiginosa que se ha convertido en una de las dinámicas más relevantes de la precampaña. A mi modo de ver, la táctica de centrarse en lo disparatado, extremista o intolerable de las propuestas y los exabruptos de Vox es un error, porque lleva a regalar a dicha formación un espacio mediático y una iniciativa que no merecen ni les corresponde. La mejor manera de combatir su aparente auge es contraponer su programa, atávico en lo social y ultraliberal en lo económico, con las medidas enunciadas en el programa electoral elaborado por Podemos, que no solamente incluye medidas sociales, fiscales y educativas de signo claramente progresista, junto a puntos fundamentales que nadie más recoge, como la devolución del rescate bancario, sino también interesantes propuestas económicas relativas a energías renovables, innovación y desarrollo a través de un impulso al sector público y los pequeños emprendedores, que resultarían muy beneficiosas en un país que cada vez se va polarizando más hacia un panorama con un puñado de grandes empresas con beneficios multimillonarios que pagan cada vez menos impuestos y una masa de trabajadores precarios cada vez más empobrecidos. La peor opción para los próximos cuatro años en España sería un gobierno de las tres derechas en coalición, como el que recientemente se hizo con la Junta de Andalucía, donde con el menor número de votos la extrema derecha parece dictar en muchos aspectos la política a seguir, ante la connivencia de las otras dos. La opción que los medios y las grandes empresas defienden como “sensata”, la suma de PSOE y Ciudadanos, tampoco sería deseable por la mencionada tendencia socialista a alejarse de sus posturas de izquierda en cuanto tienen el poder bien asido, por no hablar de los postulados profundamente neoliberales en lo económico y absolutamente difusos en lo social de la formación naranja. Si algo ha demostrado esta última y breve legislatura es que en la coyuntura actual es necesario un gobierno progresista que recupere los años perdidos en políticas de austeridad contraproducentes, ponga coto a los excesos más salvajes del capital y permita a la gente humilde ganarse la vida dignamente y prosperar para beneficio del bien común, y un gobierno así solamente se conseguirá si en él figura Unidas Podemos.

Las encuestas y los pronósticos pintan bastante negros de cara a la inminente cita electoral, ¿pero cuándo han sido realmente positivos? No tiene ningún misterio que Podemos, independiente desde un principio gracias a la autonomía que le otorga el hecho de financiarse a través de microcréditos y préstamos de pequeñas cantidades (sistema de cuya efectividad un servidor puede dar fe personalmente), y que sacó a la izquierda combativa del cómodo e inofensivo margen inferior al 10% en el que llevaba décadas recluida, haya sido y siga siendo blanco de todas las iras de las altas esferas mediáticas, políticas y económicas. Se remueve cielo y tierra para atacar a la formación morada y a sus aliados de todas las formas imaginables, mediante mentiras y manipulaciones de las que hemos tenido constancia a cuentagotas, principalmente a través de las revelaciones acerca del funcionamiento de las cloacas del Estado, de cuya gravedad no somos ni remotamente conscientes. Pero si nos olvidamos de toda esa ponzoña que se trata de verter sobre ellos y acudimos directamente a sus fuentes y propuestas, lo que queda es un partido-movimiento que trata de aplicar políticas de izquierda y progresistas en un contexto europeo y global que cada vez gira más hacia la derecha, en el que cada cita electoral de calado se ilustra mediante la falsa dicotomía entre la vieja socialdemocracia vendida al neoliberalismo y el austericidio pero aún “civilizada” y la nueva extrema derecha cuyo auge augura futuras guerras y desastres. Esta disyuntiva es falsa, ya que existe otro camino distinto que pasa por poner a las personas, los servicios públicos y los cuidados en el centro y orientar hacia ellos las políticas de los Estados. Esta perspectiva podría parecer utópica, pero a la luz de lo acontecido durante la última legislatura, está más al alcance que nunca. Ya no se trata de que Unidas Podemos se haga con la mayoría en el Congreso como en los primeros tiempos, ni tampoco de que logre el tan ansiado sorpasso al PSOE en las elecciones. Vistos los precedentes, basta con que tengan un margen suficiente dentro de un gobierno de coalición para poder ejercer una influencia progresista y marcar el rumbo de la política nacional. Que lleguen a poner en práctica tan sólo una pequeña parte de lo expuesto en su programa electoral ya sería una buena noticia para quienes tratamos de medrar careciendo de los apellidos adecuados o de determinados padrinos en las esferas más altas. En ese sentido, no hay mejor voto útil que el que se destine a Unidas Podemos, y conviene recordar que, como suele suceder, la abstención beneficiará únicamente a la derecha y a sus planes inmovilistas y reaccionarios. Con el fragmentado panorama actual, por primera vez en muchos años unos pocos miles de votos pueden decidir mucho, así que es hora de animarse, movilizarse y contribuir a que las cosas cambien para el bien de la mayoría, porque, a diferencia de numerosas citas electorales no muy lejanas, esta vez sí hay alternativa.

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Escuchando: Форум – 1984 – Белая ночь