Elecciones 2019

Aquí va otro panfleto preelectoral, a la atención de quienes todavía tengan dudas.

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Pasados ya cinco años desde el nacimiento del partido y a las puertas de unas nuevas elecciones, es buen momento para recapitular sobre la andadura reciente de Podemos. A diferencia de aquellas primeras citas electorales en las que todo era novedad e ilusión, a estas alturas existen no pocas sombras y dudas sobre la evolución del partido y sus últimas maniobras, y soy partidario de hacer un ejercicio de crítica tan sincera como sea posible. A nivel de simpatizante, he podido comprobar cómo las últimas primarias (hablo por la Comunidad de Madrid) han sido más un plebiscito que unas verdaderas elecciones, ya que tan sólo se presentó una lista, junto a un puñado de candidatos sueltos. No sé si es un caso que se repite en muchas más Autonomías, pero me parece un síntoma preocupante de la creciente falta de pluralidad en la formación. También el relativo fracaso hasta la fecha a la hora de reeditar las exitosas confluencias de 2015 y 2016 agita el viejo fantasma del peligro de fragmentación de la izquierda por cuestiones ideológicas de segundo rango o, peor aún, luchas de egos y pugnas por sillones. La postura de Podemos en la cuestión catalana, uno de los temas más relevantes de esta campaña electoral, también ha resultado claramente perjudicial para sus intenciones de voto. En este caso, no obstante, cabe señalar que dicha postura, a favor de la negociación y de un referéndum pactado, es la misma que el partido defiende desde sus orígenes, y si últimamente se ha visto relegada ha sido más por el envenenamiento del debate público que porque haya sido descartada por sus potenciales votantes. Algunos señalan también como error el no haber capitalizado el éxito de la moción de censura de Sánchez para ocupar varios ministerios y desempeñar verdaderas funciones de responsabilidad estatal, pero esa aparente debilidad se debe, a mis ojos, a la voluntad de no poner ninguna traba para que Sánchez pudiera ser presidente en lugar de Rajoy, y en ese gesto debe verse más generosidad que torpeza. Por último pero no menos importante, la gestión de un asunto tan nimio como el del chalé de Pablo Iglesias, al ser objeto de una desafortunada consulta a las bases, convirtió en cuestión de Estado lo que no debía haber salido del ámbito personal, regalándole a la prensa más motivos de difamación gratuita. Independientemente de que el fondo del asunto fuera una hipoteca por una cuantía que dista mucho de ser desmesurada, el impacto simbólico fue mayúsculo, porque supuso la transformación del joven idealista de Vallecas en un señor propietario de Galapagar, y no hay que olvidar que en política los símbolos, y no sólo los discursos, son fundamentales.

Todos los puntos enumerados y algunos más los tengo en cuenta al escribir estas líneas, pero lo cierto es que no soy ningún desencantado. Desconozco si los más acérrimos partidarios de Podemos hace unos años se cuentan ahora entre sus mayores detractores, pero en lo que a mí respecta ni he sido un incondicional en los primeros tiempos ni tampoco ahora echo pestes de lo que pudo ser y no ha sido. Cuando uno se mete en el fango de la política, enfrentándose a cuestiones prácticas, se ve obligado a aceptar compromisos e incurre en contradicciones de todo tipo. En el caso de Podemos, tal vez el escollo más importante al que se ha enfrentado durante la última legislatura haya sido la dificultad de conjugar su representación en el Congreso con su naturaleza originaria de movimiento extraparlamentario, aunque incluso en este aspecto el balance ha sido positivo. La coalición Unidos Podemos no solamente ha traído a la Cámara nuevos aires y discursos, además de perfiles más coloridos y distintos de lo habitual, sino que también ha llevado a cabo una intensa actividad parlamentaria, transmitida en el mejor de los casos con gran discreción por la mayor parte de los medios, y parcialmente frustrada por el propio funcionamiento del Congreso. Junto a numerosas iniciativas que no lograron prosperar, sus dos éxitos más señalados son sin duda la histórica subida del salario mínimo, cuyo cuantía final cabe atribuir más a Podemos que al PSOE, y los malogrados Presupuestos Generales pactados para 2019, los más sociales de toda la historia de la democracia en España, que habrían sido refrendados si no fuera porque ERC decidió que su afán independentista primaba sobre cualquier otra consideración estratégica o ideológica. Estos dos hitos son buena muestra de lo que ha podido conseguir una fuerza progresista tratando con un PSOE sin mayoría absoluta que no pudo permitirse, como en otras ocasiones no muy lejanas, olvidar lo prometido a las bases y los votantes durante la campaña electoral para dejarse guiar por la cúpula del partido, visiblemente más afín a las directrices de los consejos de administración.

Las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina son singulares porque han dejado al descubierto, por primera vez en mucho tiempo, dos opciones políticas claramente diferenciadas, una de tendencia progresista, más social y dialogante, y otra reaccionaria, de corte neoliberal y autoritario. Las tres derechas de Colón, además de compartir su uso de la bandera para tapar todos los problemas de desigualdad, el desmantelamiento del Estado de bienestar y los servicios públicos y el retroceso progresivo de derechos sociales y libertades individuales, coinciden en apuntar, con buenas palabras y apelando al optimismo, hacia un futuro que enfrente a los pobres con los muy pobres y favorezca únicamente a quienes ya obtienen los máximos beneficios del modelo social predominante. Pero lo más preocupante probablemente sea la aceptación pública del discurso de la más reciente y extrema de esas tres fuerzas, que no es muy distinto del que era hegemónico antes de la implantación del actual régimen democrático. El ideario franquista sobrevivió a la Transición y siempre ha estado ahí, escondido en los recovecos más discretos que le reservaba el Partido Popular, pero en el momento en que la escalada nacionalista se ha vuelto bilateral ha salido a la luz sin disfraces ni medias tintas, en una escalada vertiginosa que se ha convertido en una de las dinámicas más relevantes de la precampaña. A mi modo de ver, la táctica de centrarse en lo disparatado, extremista o intolerable de las propuestas y los exabruptos de Vox es un error, porque lleva a regalar a dicha formación un espacio mediático y una iniciativa que no merecen ni les corresponde. La mejor manera de combatir su aparente auge es contraponer su programa, atávico en lo social y ultraliberal en lo económico, con las medidas enunciadas en el programa electoral elaborado por Podemos, que no solamente incluye medidas sociales, fiscales y educativas de signo claramente progresista, junto a puntos fundamentales que nadie más recoge, como la devolución del rescate bancario, sino también interesantes propuestas económicas relativas a energías renovables, innovación y desarrollo a través de un impulso al sector público y los pequeños emprendedores, que resultarían muy beneficiosas en un país que cada vez se va polarizando más hacia un panorama con un puñado de grandes empresas con beneficios multimillonarios que pagan cada vez menos impuestos y una masa de trabajadores precarios cada vez más empobrecidos. La peor opción para los próximos cuatro años en España sería un gobierno de las tres derechas en coalición, como el que recientemente se hizo con la Junta de Andalucía, donde con el menor número de votos la extrema derecha parece dictar en muchos aspectos la política a seguir, ante la connivencia de las otras dos. La opción que los medios y las grandes empresas defienden como “sensata”, la suma de PSOE y Ciudadanos, tampoco sería deseable por la mencionada tendencia socialista a alejarse de sus posturas de izquierda en cuanto tienen el poder bien asido, por no hablar de los postulados profundamente neoliberales en lo económico y absolutamente difusos en lo social de la formación naranja. Si algo ha demostrado esta última y breve legislatura es que en la coyuntura actual es necesario un gobierno progresista que recupere los años perdidos en políticas de austeridad contraproducentes, ponga coto a los excesos más salvajes del capital y permita a la gente humilde ganarse la vida dignamente y prosperar para beneficio del bien común, y un gobierno así solamente se conseguirá si en él figura Unidas Podemos.

Las encuestas y los pronósticos pintan bastante negros de cara a la inminente cita electoral, ¿pero cuándo han sido realmente positivos? No tiene ningún misterio que Podemos, independiente desde un principio gracias a la autonomía que le otorga el hecho de financiarse a través de microcréditos y préstamos de pequeñas cantidades (sistema de cuya efectividad un servidor puede dar fe personalmente), y que sacó a la izquierda combativa del cómodo e inofensivo margen inferior al 10% en el que llevaba décadas recluida, haya sido y siga siendo blanco de todas las iras de las altas esferas mediáticas, políticas y económicas. Se remueve cielo y tierra para atacar a la formación morada y a sus aliados de todas las formas imaginables, mediante mentiras y manipulaciones de las que hemos tenido constancia a cuentagotas, principalmente a través de las revelaciones acerca del funcionamiento de las cloacas del Estado, de cuya gravedad no somos ni remotamente conscientes. Pero si nos olvidamos de toda esa ponzoña que se trata de verter sobre ellos y acudimos directamente a sus fuentes y propuestas, lo que queda es un partido-movimiento que trata de aplicar políticas de izquierda y progresistas en un contexto europeo y global que cada vez gira más hacia la derecha, en el que cada cita electoral de calado se ilustra mediante la falsa dicotomía entre la vieja socialdemocracia vendida al neoliberalismo y el austericidio pero aún “civilizada” y la nueva extrema derecha cuyo auge augura futuras guerras y desastres. Esta disyuntiva es falsa, ya que existe otro camino distinto que pasa por poner a las personas, los servicios públicos y los cuidados en el centro y orientar hacia ellos las políticas de los Estados. Esta perspectiva podría parecer utópica, pero a la luz de lo acontecido durante la última legislatura, está más al alcance que nunca. Ya no se trata de que Unidas Podemos se haga con la mayoría en el Congreso como en los primeros tiempos, ni tampoco de que logre el tan ansiado sorpasso al PSOE en las elecciones. Vistos los precedentes, basta con que tengan un margen suficiente dentro de un gobierno de coalición para poder ejercer una influencia progresista y marcar el rumbo de la política nacional. Que lleguen a poner en práctica tan sólo una pequeña parte de lo expuesto en su programa electoral ya sería una buena noticia para quienes tratamos de medrar careciendo de los apellidos adecuados o de determinados padrinos en las esferas más altas. En ese sentido, no hay mejor voto útil que el que se destine a Unidas Podemos, y conviene recordar que, como suele suceder, la abstención beneficiará únicamente a la derecha y a sus planes inmovilistas y reaccionarios. Con el fragmentado panorama actual, por primera vez en muchos años unos pocos miles de votos pueden decidir mucho, así que es hora de animarse, movilizarse y contribuir a que las cosas cambien para el bien de la mayoría, porque, a diferencia de numerosas citas electorales no muy lejanas, esta vez sí hay alternativa.

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Escuchando: Форум – 1984 – Белая ночь

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Aviador Dro Concierto 40 Aniversario @ Sala Changó, Madrid, 23.03.2019

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En mi círculo de conocidos me he encontrado ya con varias personas que, al surgir en una conversación el nombre de Aviador Dro, se referían a ellos como “uno de esos grupos de pop ñoños de los ochenta”. Semejante afirmación demuestra, por un lado, que el nombre sí suena familiar pero, por otro, que muchos ignoran por completo la verdadera naturaleza de su música. La entidad conocida bajo ese nombre, lejos de ser un grupo ñoño o uno de tantos, es tal vez una de las mejores cosas que dio el panorama musical nacional durante la década de los ochenta. A medio camino entre la solemnidad neoclasicista de Kraftwerk y el brillo festivo y pegadizo de Gary Numan, el Aviador abrió su propio camino explotando el dinamismo bailable del electropop sin renunciar a la profundidad conceptual de la electrónica más seria, con una estética visual sencilla y casera pero no exenta de imaginación. Su obra mezcla futurismo mecánico, utopía política revolucionaria, pesimismo irónico y genuino romanticismo de la era industrial en canciones tan llenas de ritmo como de contenido. Su producción musical se extiende hasta nuestros días, aunque después de una fructífera época de éxito durante su primera década, su actividad creativa fue ralentizándose paulatinamente. Además de por su estilo original, Aviador Dro destacaron por su decidida autonomía al crear una discográfica propia con un nombre que no daba lugar a confusión (Dro), ante la negativa a publicar su música por parte de los sellos establecidos. La iniciativa fue tan próspera que se les fue de las manos, convirtiéndose pronto en un gigante de la música independiente, y sus fundadores se bajaron pronto del carro para desarrollar otros proyectos empresariales no menos exitosos, como las populares cadenas de tiendas de cómics y juegos Arte 9 y, después, Generación X.

Tras muchos años disfrutando de la música de Aviador Dro he podido por fin asistir a uno de sus conciertos, nada menos que al que celebró sus cuarenta años de actividad. La señalada efeméride hizo que participaran distintos artistas amigos del grupo, turnándose sobre el escenario en una serie de duetos que se sumaron a un nutrido setlist con temas de todas las épocas, desde éxitos indiscutibles como “Nuclear sí” o “La chica de Plexiglás” hasta títulos más recientes como “Aracne”, pasando por una de las canciones pop más bonitas que se han escrito en castellano como es “Selector de frecuencias” o la favorita de un servidor, “Vórtex”. Dejó algo que desear el sonido de la sala, una de esas discotecas cuya acústica deficiente no las exime de acaparar la mayoría de los conciertos de la capital, o tal vez la culpa la tuvo la gran afluencia de público (sold out en toda regla), que hizo que servidor y consorte tuvieran que posicionarse bastante lejos del escenario. Los graves de la percusión sonaron casi siempre mucho más fuertes que los teclados, aunque no sabría decir si eso se debía a una mala ecualización o a una decisión consciente del técnico y el grupo de ofrecer un sonido más tecno y modernizado. En todo caso, fue interesante comprobar cómo ninguno de los temas sonó exactamente igual que en las grabaciones originales, lo cual es testimonio del afán de los músicos por renovarse constantemente. Para mí supuso sumar una nueva dimensión a una formación que siempre me ha gustado y por la que siento gran respeto y admiración, y que cuatro décadas después sigue sabiendo cómo deleitar a su público.

Escuchando: Aaranith – 2001 – Dekapitation of the Lamb (Demo)

Tiempo después (José Luis Cuerda, 2018)

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Había oído críticas bastante desfavorables de esta película, pero aun así me animé a verla, convencido de que algo positivo se podría sacar. Ahora puedo decir que muchos de aquellos comentarios probablemente provenían de personas que, o bien no habían visto las obras de la trilogía clásica de Cuerda, o sí las vieron pero nunca llegaron a entenderlas y/o apreciarlas. El inicio del filme presenta un mundo futurista que bien podría confundirse con el universo de Amanece que no es poco o Así en el cielo como en la tierra, si no fuera porque, aunque las formas y la narración sean similares, el tono es marcadamente distinto. Mientras aquellas películas eran de un costumbrismo alegre y surrealista, esta tiende a una visión pesimista más cercana a la crudeza del esperpento que a los experimentos derivados del movimiento dadá. Tiempo después también es una historia política, no sólo en su enfoque descarnado de una rígida sociedad de estamentos, sino también en su voluntad de contar lo que no es otra cosa que una fábula social de tintes desenfadados pero final amargo.

Al elenco clásico se suman caras nuevas que en nada desmerecen a las conocidas, y abundan los diálogos de un glorioso absurdo, de amplia carga cultural específicamente ibérica y a la altura de las mejores expectativas, con una tendencia quizá excesivamente marcada hacia el chiste verde que tal vez quepa atribuir a la venerable edad del director. No obstante, esto último no empaña la importancia y gravedad del mensaje que Cuerda reviste de risas y deformaciones para que pueda calar más hondo, y que también puede encontrarse en sus títulos más serios, como La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos: la dignidad del oprimido subsiste, a pesar de que este sea irremediablemente derrotado una y otra vez por el poderoso. En este último punto, antes que en los chistes logrados o las delirantes puestas en escena, que justifican por sí solas el visionado, es donde radica la magia y la fuerza de esta película, a través de la cual el cineasta expresa de una forma tan sencilla como impactante sus sombrías reflexiones sobre las derivas negativas de la humanidad, articuladas también de manera más concreta en distintas entrevistas recientes (como por ejemplo esta). Con ello, da una vuelta de tuerca al concepto del “surruralismo”, que se ve enriquecido y complementado y vuelve a cobrar vigencia, mucho tiempo después.

Escuchando: Fela Kuti – 1972 – Shakara – London Scene

El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018)

No es lo mismo leer a diario noticias de casos de corrupción con nombres, lugares y cantidades diversas e intercambiables que meterse dentro de uno de esos casos y experimentar directamente, a través de la dramatización, el proceso subyacente a esas realidades que aparentemente nos resultan tan familiares. Creemos que lo sabemos todo sobre los individuos que nos roban cuando deberían estar velando por lo público, pero en general es muy poco lo que conocemos sobre sus motivaciones y su forma de ver el mundo, más allá del manifiesto desprecio por quienes están situados más abajo en la escala de poder. El recientemente elegido Presidente de México, López Obrador, decía hace poco que la corrupción no es un fenómeno cultural, sino el resultado de un régimen político en decadencia. No es que los españoles sean ladrones en potencia, es que el sistema se ha configurado de tal forma que desde una posición de poder es posible mangonear sin que haya consecuencias y, de hecho, nadie dentro del sistema se plantea que la política pueda hacerse de otra forma, o al menos así era hasta que algunos hicieron de la dignidad y la transparencia una bandera distintiva.

Esta película, que cuenta con un elenco de actores todos ellos sobresalientes y un guion trepidante, tiene la virtud de no inventarse nada: todo lo que se ve en ella es real y ha sucedido en alguna de las numerosísimas tramas de las que hemos tenido conocimiento en los últimos años. Sin embargo, cuando se ordenan las piezas y se cuenta la historia desde dentro, esta adquiere una nueva dimensión al ofrecer un retrato vivo y preciso de cómo pueden pensar y funcionar determinados individuos, más allá de los actos que conocemos vagamente a través de fuentes de información siempre incompletas. No sé cómo una película de estas características ha podido salir adelante en un país en el que se secuestran libros por mencionar casos probados de ilegalidades, donde quienes denuncian casos de corrupción sufren una indefensión absoluta y un partido con 1.000 imputados en sus filas sigue siendo la fuerza más votada, pero en mi opinión es algo que demuestra que, de unos años para acá, algo ha cambiado, y España ha pasado de reírle las gracias a los corruptos como en la época de Jesús Gil a intentar no solamente poner coto a sus prácticas ilícitas sino también entender cómo y por qué se producen, para poder limitar su aparición. Por su claridad, concisión y credibilidad, me parece que esta es una obra esencial para cualquier persona que quiera entender el fenómeno de la corrupción sin perderse en el laberinto de noticias, casos y sentencias con el que estamos acostumbrados a convivir, aunque por fortuna cada vez nos resulte menos tolerable.

Escuchando: The KLF – 1991 – The White Room (UK Ed.)