Viaje a Roma (21 a 25 de enero de 2019)

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Con este breve viaje a la capital de Italia concluimos el pequeño ciclo de visitas a lugares de la Antigüedad que siempre nos habían fascinado y todavía no nos habíamos atrevido a descubrir, que comenzó en octubre en Grecia y terminó tan sólo tres meses más tarde a orillas del Tíber. Aprovechamos que la coyuntura económica y temporal nos fue favorable, después de muchos meses de desequilibrios financieros, y nos lanzamos en sendas expediciones con la sospecha de que probablemente sean las últimas a escala internacional durante una temporada, hasta que consigamos atesorar esos ansiados ahorros que son la panacea soñada de cualquier autónomo. Pero esto no significa que a partir de ahora vayamos a quedarnos en casa todos los fines de semana y fiestas de guardar. De hecho, hace ya tiempo que estamos aprovechando nuestra posición central en la Península Ibérica para ir conociendo no pocos lugares de nuestro propio país que nunca antes habíamos pisado, tras muchos años deambulando por el extranjero.

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Foros Imperiales

Para quien ama la Historia, Roma es uno de esos lugares apasionantes en los que se gestó el Mundo Antiguo tal y como lo conocemos hoy. La concentración de lugares de gran importancia histórica, como la Colina del Capitolio, el Mausoleo de Augusto o el Coliseo, retrotrae al visitante hasta épocas pasadas de enorme relevancia para el futuro de la Humanidad y que siguen ejerciendo una inmensa fascinación después de muchos siglos. Pese al aspecto ruinoso y desolado de muchos de estos enclaves, todos ellos poseen una fuerza evocadora que, aliada al conocimiento histórico de que disponemos a día de hoy, logra que sigamos apreciando su majestuosidad a pesar de su estado deteriorado y fragmentario. Paseando por los antiguos Foros romanos, por ejemplo, uno se sumerge de lleno en lo que pudo ser la bulliciosa vida de la capital del mayor imperio que haya conocido Occidente. Al contemplar el Panteón desde fuera y sobre todo por dentro, el viajero se maravilla ante la solidez y firmeza de una construcción que parece haber soportado casi intacta el inclemente paso del tiempo. Cuando se descubre el Ara Pacis, un monumento menor cuya importancia ha sido sabiamente realzada gracias a un museo llamativo y muy didáctico articulado en torno a la modesta estructura, es imposible no rendirse a la evidencia de que hasta los restos en apariencia más discretos están repletos de interés e información cuando se abordan con la metodología adecuada. Todo esto hace de la actual capital italiana un museo a cielo abierto o, mejor aún, una puerta para descubrir los cimientos de la civilización que consideramos propia.

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Laocoonte y sus hijos

Otro aspecto muy destacable y sin duda indisociable del anterior es la faceta artística de la ciudad del Tíber. A la riqueza incalculable de los Museos Vaticanos, que engloban obras maestras de todas las épocas y estilos (Pinacoteca, Museo de estatuas, Estancias de Rafael, Capilla Sixtina), se suman las colecciones no menos impresionantes de los Museos Capitolinos, repletos de arte clásico (escultura sobre todo), además de lienzos renacentistas y barrocos, y la Villa Borghèse, con cuadros (Caravaggio) y esculturas (Bernini) de primer nivel. La profusión de obras de categoría y fama internacional llega casi a abrumar, cuando uno se percata de que los numerosos museos de Roma albergan en conjunto una parte importante de las piezas más célebres de la Historia del Arte. También resulta curioso constatar que la mayoría de ellos no se limita a ningún siglo o corriente, sino que mezcla alegremente escuelas y formatos de distintas épocas sin que la perspectiva global se vea menoscabada. Al contrario, la contraposición de obras dispares que no obstante se inscriben claramente en una misma evolución del arte occidental permite observar las influencias y diferencias a lo largo de los siglos y apreciar la particularidad de cada movimiento dentro de un contexto de amplísimo alcance. Pero las instituciones museísticas no tienen el monopolio del arte, ya que las innumerables iglesias de la capital a menudo alojan piezas no menos valiosas y reseñables, accesibles no sólo a la fe del creyente, sino también a la curiosidad del turista. La propia estructura y el aspecto de estos templos da forma a la imagen arquitectónica de la ciudad, pero el arte puro también tiene su sitio en el espacio urbano, ya que a través de las incontables fuentes, estatuas y monumentos en exteriores, las artes plásticas de todas las épocas son omnipresentes en las calles, plazas y recovecos del paisaje romano.

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Interior de la Basílica de San Pedro

La historia y el arte son dos constantes que en Roma están firmemente imbricadas con otra cuya importancia no es menos destacada: la religión. Como en todo el Occidente cristiano, las iglesias jalonan en gran medida el trazado urbano, pero en pocas urbes gozan del esplendor que aquí poseen. Además de las enormes basílicas, como San Juan de Letrán, las pequeñas iglesias con su tesoro artístico correspondiente, tales como Santa María del Popolo, o los templos sui generis al estilo de Santa María in Trastévere, la gigantesca mole de San Pedro domina la ciudad entera desde la otra orilla del río, atrayendo a cientos de miles de peregrinos que acuden a ver la que ha sido sede del Papado desde hace cientos de años. Al recorrer la descomunal amplitud y riquísima decoración de la mayor basílica de la Cristiandad, uno piensa en la fascinación que tanta magnificencia ha suscitado en la imaginación de generaciones enteras de creyentes, pero también en la grotesca ostentación de poder y riqueza terrenal que provocó la justa indignación de muchos, empezando por Lutero. Las tiendas modernas de suvenires han tomado el relevo de las antiguas ventas de indulgencias, y en los alrededores del Vaticano es posible encontrar una abigarrada concentración de comercios que venden todo tipo de objetos que apelan al bolsillo de los visitantes, y sin duda serían blanco de la ira del Jesucristo bíblico si regresara para comprobar en qué se ha convertido el mayor de los monumentos teóricamente erigidos para honrar su palabra. No obstante, esta comercialización masiva de los atributos de Roma no es exclusiva de los puntos clave del turismo religioso, sino que abarca la ciudad entera. Probablemente el destino más visitado de Europa, con permiso de la no menos icónica capital de Francia, aquí la huella foránea se hace notar en la profusión de tiendas, restaurantes y reclamos turísticos, así como en los precios de los mismos, por no hablar de las aglomeraciones de grupos y turoperadores. La ventaja de haber escogido el primer mes del año para el viaje, a pesar del frío y la lluvia que ello conllevaba, es que las calles estaban bastante vacías, pero aun así encontramos una nutrida afluencia al adentrarnos en cualquier emplazamiento de renombre, por lo que temblamos imaginando cómo debe de ser la urbe en temporada estival.

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Monumento a Vittorio Emanuele II o Altare della Patria

Indiscutiblemente lo que más nos atraía de Roma es todo lo relativo a su historia y riqueza artística, pero al igual que en Grecia y otros de nuestros destinos anteriores, también teníamos curiosidad por conocer cómo es y funciona la ciudad moderna y cómo viven sus habitantes. Lo cierto es que, como ocurre en París, al pasear por las zonas más céntricas uno se codea casi exclusivamente con extranjeros, y los únicos nativos con los que entabla contacto son aquellos que se dedican al sector servicios. Precisamente fue con estos últimos con quienes pudimos charlar un poco y sacar el máximo partido a nuestros pobres conocimientos de italiano que, como cualquier español puede comprobar, ganan mucho si se parla con confianza y esforzándose por imitar bien el acento. Por lo general la gente fue bastante simpática, sobre todo para una ciudad tan literalmente inundada por los turistas. Bastaba con preguntar cómo se decía tal o cual cosa para iniciar una conversación, aunque lo más parecido a una interacción natural con la población local fue cuando un miembro de la comunidad de San Egidio nos invitó a visitar Santa María in Trastévere y tomar parte en su celebración, cosa que hicimos, además de por no contrariar su amable ofrecimiento, para poder contemplar con tranquilidad los espléndidos mosaicos de inspiración bizantina que coronan el retablo principal. Por lo demás, imagino que para hacerse una idea más cercana de lo que puede ser la vida en Roma para la gente de allí habría que moverse por los barrios periféricos o en compañía de cicerones autóctonos, lo cual lamentablemente no fue nuestro caso.

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Tiramisú casero

Pensándolo bien, nuestro contacto más intenso con la Roma “viva” fue a través de la gastronomía. Gracias a nuestro fiel Guide du Routard encontramos multitud de bares, restaurantes y bistrots donde poder degustar todo tipo de platos típicos italianos, bastante distintos de las variedades que se venden como tal en España. Al cabo de un par de días comprendimos hasta qué punto la comida es algo de enorme importancia en la cultura del país, donde cada tipo de pasta tiene su propio acompañamiento predilecto, una modificación de un solo ingrediente en una salsa (como el ragù) determina distintas variaciones regionales de la misma receta, y los platos tradicionales remiten directamente a regiones o ciudades concretas, como es el caso de la saltimbocca, eminentemente romana. En general, tanto primeros y segundos como vinos, postres o licores exhiben la misma riqueza y variedad que en España, y se veneran y disfrutan con un placer muy mediterráneo con el que nos sentimos totalmente identificados. No es difícil entender por qué los habitantes del Norte de Europa pasan siempre que pueden sus vacaciones en el Sur: clima, gastronomía y dolce vita son reclamos irresistibles para los acostumbrados al frío y la aspereza tanto en el entorno como en las propias relaciones humanas. Yo soy el primero en disfrutar de los contrastes y curiosidades que se descubren al visitar un país muy distinto al de uno, como me ocurrió en Finlandia, pero cuando viajo al extranjero y veo que la gente se reúne en familia, habla a gritos, hace ruido y aspavientos por la calle y no se toma nada demasiado en serio, es imposible evitar sentirse como en casa, y la sensación es infinitamente agradable.

Escuchando: Cruel – 2013 – Witches Danze to Me, Come to Die

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Viaje a Grecia (23 de octubre a 1 de noviembre de 2018)

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Viajar a Grecia no solamente es descubrir los famosos enclaves de la Antigüedad que uno conoce a través de los libros de Historia, también es sumergirse en una cultura mediterránea tan calurosa y acogedora como la nuestra y, cosa no menos importante, acercarse a una gastronomía que comparte muchos de sus ingredientes con la ibérica, pero preparados de formas distintas y originales. Pese a la gran expectación previa, procuramos ir sin ninguna idea preconcebida y dejarnos sorprender por lo que encontraríamos sobre el terreno.

Lo que más nos agradó probablemente fue la simpatía de la gente, que no por estar acostumbrada a ver turistas recorriendo sus playas y ciudades deja de ser extremadamente amable y servicial. Como en muchas otras zonas del planeta, los españoles caemos muy bien, tal vez por solidaridad sureuropea, por la empatía que genera la relevancia de nuestro fútbol y demás clichés nacionales o incluso porque somos de los pocos países europeos que llevan un par de siglos sin invadir a sus vecinos, vaya usted a saber. El caso es que nos sentimos muy acogidos, y eso hizo que nuestro deambular por tierras helénicas fuera aún más agradable si cabe.

En esta primera aproximación, exploramos las dos ciudades principales, Atenas y Tesalónica, y pudimos hacer una excursión de un día al yacimiento de Delfos, a casi doscientos kilómetros de la capital. Lo que viene a continuación es un resumen de mis impresiones en cada uno de esos lugares.

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Atenas (Αθήνα)

La mayor ciudad de Grecia es una capital atípica, ya que a principios del siglo XIX era un municipio provinciano de menos de 50.000 residentes y hoy en día engloba a la tercera parte de los casi 11 millones de habitantes del país. Las ruinas de la época clásica son lo más vistoso y sin duda el reclamo principal, junto con los impresionantes museos que albergan valiosas piezas, conocidas por cualquier aficionado al arte y la historia. Uno no puede evitar quedar sobrecogido al contemplar en persona lugares tan señalados, cargados del peso majestuoso de los siglos. No obstante, para quien suscribe, la visita a la urbe quedaría incompleta si no incluyera largos paseos por los barrios más modernos y populares, donde circulan, trabajan y se divierten los nativos, esas zonas en las que es posible hacerse una vaga idea de cómo es vivir allí, plagadas todas ellas por centenares de gatos y con la omnipresencia invariable de los popes ortodoxos.

Sin esa contraposición entre lo típico y lo trivial no hay posibilidad de atisbar, lejanamente al menos, la verdadera realidad de un país. Además de subir a la Acrópolis, a la colina de Likavetto y de recorrer a fondo las salas del Museo Arqueológico, la plaza Sintagma o las calles pintorescas del barrio de Plaka, nos gustó tanto o más explorar el barrio anarquista de Exarjía, la zona de fiesta juvenil de Gazí o las variopintas callejuelas de Keramikós. Muchos de estos últimos lugares no son realmente bonitos ni turísticos, pero presentan un indudable interés para quien quiera ver también cómo es el país real, más allá de los monumentos. Gracias a la gran cantidad de recomendaciones que llevábamos apuntadas, cada día pudimos descubrir varios sitios fabulosos para comer o tomar algo, lo cual además de ofrecer un merecido descanso contribuyó a hacer más disfrutable la experiencia.

Naturalmente, nos quedaron muchas cosas por visitar o volver a examinar en detalle, aunque somos de la opinión de que cuanto más se deje uno por ver, más motivos tendrá para regresar, y eso es siempre algo positivo. Nos marchamos de allí con pena, porque a pesar de los problemas que atraviesa el país desde hace varios años, y cuyas secuelas resultan visibles hasta para el viajero de paso, la vida en Atenas, y en Grecia en general, es tranquila y amena, y ni tan siquiera las peores perspectivas de presente y futuro son capaces de amedrentar a un pueblo que sabe disfrutar del buen tiempo y los placeres de la vida cotidiana.

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Delfos (Δελφοί)

Nuestra única excursión fuera de los grandes núcleos de población fue al antiguo santuario de Apolo en Delfos, situado a casi tres horas de autobús de la capital del país. Al llegar allí, el paisaje sorprende y asombra por sí solo: un escarpado valle que desciende lentamente, en un despliegue de verdor, hasta el horizonte plateado de la costa, bajo el sol fastuoso del suave otoño mediterráneo. No es de extrañar que fuera en una de las laderas más elevadas, con vistas al mar, donde se erigió el lugar sagrado más importante de la Hélade, el “ombligo del mundo”. De aquello tan sólo quedan ruinas, bien cuidadas, eso sí, y como es práctica habitual, parcialmente reconstruidas para dar una idea de su antiguo esplendor, aunque la información y las piezas atesoradas en el museo de interpretación contiguo permiten imaginar con profusión de detalles la opulencia de aquel sitio durante la Antigüedad. Nuestra visita fue breve pero intensa, y nos llevamos un recuerdo mágico impregnado de sensaciones de atemporalidad.

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Tesalónica (Θεσσαλονίκη)

La segunda ciudad de Grecia en población e importancia no tiene grandes monumentos que destaquen por encima de un urbanismo gravemente maltratado durante su historia más reciente, sino que sus encantos deben buscarse en sus antiquísimas iglesias de tamaño generalmente muy modesto, ocultas y cercadas por edificios de viviendas de construcción más reciente y por el bullicio de la vida diaria. Enclave portuario desde la Antigüedad, el contraste no podría ser mayor entre el concurrido paseo marítimo de la ciudad baja, lleno de bares y animación, y los serenos barrios tradicionales de las zonas más viejas, en torno a la antigua fortaleza que desde una colina situada al norte domina el resto de la urbe. El ambiente es mucho más relajado que en la capital, y sus habitantes parecen acostumbrados a un modo de vida donde el estrés y el mal humor tienen menos cabida, lo que por allí se denomina jalará.

La antigua Salónica turca, que todavía conserva algunas mezquitas como muestra de su pasado musulmán, es a día de hoy una ciudad de estudiantes, cuya presencia dinamiza lo que sin ellos quizá sería una población grande pero provinciana. Existe también cierta conciencia de su estatus como capital del norte, dentro de la región que antaño fue la poderosa Macedonia, conquistadora de imperios, y actual vía de acceso a los países balcánicos del norte, con los que Grecia siempre ha tenido una estrecha vinculación histórica. Asimismo es patente el vínculo cultural con Oriente, más intenso que en el resto de Grecia debido al hecho de haber permanecido más tiempo bajo dominio otomano, y que se manifiesta, entre otras cosas, en la presencia de platos turcos entre las especialidades locales, como el fabuloso hünkâr beğendi. Ciudad de contrastes, por tanto, y también ciudad gastronómica y oasis de (relativa) tranquilidad, aunque todo esto bien podría aplicarse a casi cualquier punto de la geografía griega, que volveremos a explorar con gusto en cuanto tengamos ocasión.

Escuchando: Cosmic Atrophy – 2018 – The Void Engineers

Primer aliento

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Queda inaugurado este espacio, continuación de aquel en el que he escrito durante nada menos que trece años, y que por múltiples motivos se ha quedado demasiado limitado. Esto es un blog personal, en el que se tratarán los temas dispares e inconexos que conforman los principales intereses de su autor. Tendrán preeminencia los artículos sobre (heavy) metal con enlaces a la web a la que dedico buena parte de mi actividad de escribiente (elnegrometal.es), los libros que voy leyendo y me gustan y los viajes que emprendo. También se abordarán en menor medida ámbitos como el cine, la política nacional o internacional y los idiomas. Sin más preámbulos, aquí va el poema que dio origen y explica el nombre de este blog.

Ya puedes ver el trágico escenario
y cada cosa en el lugar debido;
la espada y la ceniza para Dido
y la moneda para Belisario.

¿A qué sigues buscando en el brumoso
bronce de los hexámetros la guerra
si están aquí los siete pies de tierra,
la brusca sangre y el abierto foso?

Aquí te acecha el insondable espejo
que soñará y olvidará el reflejo
de tus postrimerías y agonías.

Ya te cerca lo último. Es la casa
donde tu lenta y breve tarde pasa
y la calle que ves todos los días.

Jorge Luis Borges: “A quien ya no es joven“, en El otro, el mismo (1964)

Escuchando: Vital Remains – 1992 – Let Us Pray